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Tribuna abierta

Desconcierto británico

Por Antoni Segura i Mas - Sábado, 1 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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Estos días puede verse en YouTube cómo Matthew Goodwin, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Kent, se come página a página el libro Brexit. Why Britain voted to leave the European Union(Cambridge, 2017), que escribió con Paul Whiteley (Universidad de Essex) y Harold D. Clarke (Universidad de Texas). No es un libro de oportunidad hecho para aprovechar el tirón comercial del referéndum sobre el brexitdel 23 de junio de 2016. Por el contrario, es un análisis sobre los resultados y el comportamiento electoral entre 2004 y 2016, “cuando el país estaba experimentando un gran cambio económico y social y una gran agitación política”. Goodwin pronosticó en un tuit el pasado 27 de mayo que no creía que el partido laborista pudiera llegar al 38% de los votos (en 2015 obtuvo el 30,4%). “Si lo hacen, me comeré felizmente mi nuevo libro sobre el brexit”. Pues bien, el 7 de junio, el Labour obtuvo el 40% de los votos y 262 escaños (30 más que en las elecciones de 2015) por el 42,4% de los conservadores y 318 escaños (trece menos);los Liberal-demócratas, el 7,4% de los votos y doce escaños;el Partido Nacionalista Escocés (SNP), el 3% y 35;el Partido Demócrata Unionista, el 0,9% y diez;el Sinn Féin, el 0,7% y siete;el Plaid Cymru (Gales), el 0,5% y cuatro;y los Verdes, el 1,6% y uno. El Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), que fue fundamental en la movilización a favor del brexit, solo tuvo el 1,8% de los votos (BBC).

El error de pronóstico de un afamado analista británico no pasaría de la anécdota si no fuera por la situación de desconcierto en que se ha situado la política británica en los últimos años y que presenta paralelismos con situaciones similares en otros países europeos -como muestra las presidenciales y las legislativas francesas- y, con matices muy distintos, en Estados Unidos. ¿Es la crisis del sistema y de los partidos tradicionales? ¿Es el empoderamiento político de una ciudadanía castigada por la crisis? ¿Es el retorno del populismo alimentado también por la crisis? ¿Es un poco todo eso más el sosiego de un mundo europeo donde ya no caben los sueños, pero si la incertidumbre del mañana?

El caso del Reino Unido resulta de lo más interesante. En 2010, el líder del Partido Conservador de David Cameron obtuvo 306 escaños (a veinte de la mayoría absoluta), pero pudo formar Gobierno con los Liberaldemócratas (57 escaños), poniendo así fin a trece años (1997-2010) de gobiernos laboristas. En 2015, Cameron consigue una mayoría absoluta (330 escaños) frente a un Partido Laborista en descenso electoral (2010, 258 escaños;2015, 232), un SNP con los mejores resultados de su historia (2010, seis escaños;2015, 56) y unos Liberal-demócratas que pagaban caro su apoyo a Cameron (2010, 57 escaños;2015, ocho).

Y Cameron apuesta fuerte. Por una parte, da curso a la promesa electoral, condicionada por unas encuestas que daban una intención de voto al UKIP del 12,5% (obtuvo el 12,6% y un escaño), de celebrar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE si tenía mayoría. Por otra, accede a celebrar el referéndum que reclama el líder del SNP, Alex Salmond, que había ganado las elecciones escocesas de mayo de 2011 (69 escaños), sobre la relación de Escocia con el Reino Unido. Dos apuestas arriesgadas, pero de profundo calado democrático.

La pregunta del referéndum de Escocia, celebrado el 18 de septiembre de 2014, fue clara y contundente: “¿Debería ser Escocia un país independiente?”. “Sí” o “No”. No fallaron del todo las 17 encuestas realizadas durante el mes de septiembre que, excepto en dos casos, pronosticaban una victoria del No con un margen medio de 4,2 puntos. Finalmente, el resultado fue mucho menos ajustado y el No cosechó el 55,4% de los sufragios. Salmond dimitió. Sin duda, las promesas de última hora de conservadores y laboristas tuvieron efecto en los indecisos (un 9% de media según las encuestas), pero las palabras se las lleva el viento y casi tres años después la mayoría de las promesas no se han cumplido. El pasado 16 de junio, el Parlamento escocés pedía un nuevo referéndum para 2018 o principios de 2019.

La pregunta sobre la permanencia del Reino Unido en la UE también fue clara y contundente: “¿Debe el Reino Unido continuar siendo miembro de la Unión Europea o debe dejar la Unión Europea?”. Las posiciones de los partidos políticos parecían a favor del remain (permanencia): los conservadores, divididos entre euroescépticos y proeuropeístas, se decidieron por la neutralidad (Cameron pugnó por la permanencia en Europa), mientras que los laboristas, los liberales demócratas y los partidos nacionalistas apostaban por permanecer en Europa. En contra, el UKIP y pequeños partidos sin representación parlamentaria. Hasta los últimos días, las encuestas daban un resultado muy ajustado con una ligera ventaja para el remain. Con una participación del 72%, los británicos optaron por el brexit con un 51,9% de los votos. El brexit se había impuesto entre los votantes de 50 y más años de edad, entre los de menor nivel educativo y en las regiones industriales más castigadas por la crisis económica;el remainobtenía sus mejores resultados en el Gran Londres, en las ciudades universitarias, en Escocia y en Irlanda del Norte. David Cameron dimitió y los resultados auguran problemas con Escocia e Irlanda del Norte.

Y en eso llegó Theresa May que intentó una jugada ganadora: aumentar la mayoría absoluta conservadora en Westminster para poder negociar con la UE un brexitfavorable a los intereses británicos. El 29 de marzo notificó a Bruselas la activación del artículo 50 del Tratado de la Unión que abría el proceso de desconexión. Paralelamente, inició su campaña electoral bajo el lema Stronger and stable, es decir, un Gobierno “más fuerte y estable” para poder tener las manos libres para negociar un brexitduro. Pero su campaña se vio distorsionada por los atentados de Manchester (22 de mayo) y Londres (3 de junio) que rápidamente se encargó de reivindicar el Estado Islámico. Era previsible porque el EI ya había hecho acto de presencia en las recientes elecciones presidenciales francesas. Pero la presunta dureza de May para negociar con la UE tenía los pies de barro en política interior, ya que durante sus seis años como ministra de Interior (2010-2016) disminuyó los efectivos de las fuerzas de seguridad en 20.000 miembros, cosa que no dejarían de pasar por alto sus oponentes. Además, una discutida medida para reducir los gastos de la seguridad social (proponer el copago de la sanidad a los jubilados propietarios de vivienda) todavía debilitó más sus posibilidades. Tampoco se preveía el buen papel del laborista Jeremy Corbyn en la campaña electoral. El resultado, ni stronger, ni stable, todo lo contrario, pérdida de la mayoría absoluta y la necesidad de pactar con los unionistas de Irlanda del Norte, lo que provoca malestar incluso entre algunos de los líderes conservadores.

Las incógnitas que se abren son muchas y dos cuestiones sobresalen en la opinión pública británica: ¿Cómo podrá negociar ahora May con la UE un brexit fuerte cuando su mayoría parlamentaria se ha debilitado e incluso su figura está en cuestión (algunos líderes conservadores ya han insinuado que debería dimitir) y cada vez surgen más dudas sobre las ventajas del brexit? ¿Qué tiempo de vigencia tiene el nuevo Gobierno de May en esas circunstancias? ¿Habrá nuevas elecciones en seis meses?

¿Cómo podrá negociar

ahora May con la UE un ‘brexit’ fuerte cuando su mayoría parlamentaria se ha debilitado e incluso su figura está en cuestión y cada vez surgen más dudas sobre las ventajas del ‘brexit’?


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