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Crónica

Desempolvar la Zarzuela

Por Juan G. Andrés - Martes, 27 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Ángela Molina y Rafael Berrio, como los antiguos amantes Trini y Ramón, protagonistas de la zarzuela ‘Adiós a la bohemia’, con varios figurantes al fondo. Fotos: Juan G. Andrés

Ángela Molina y Rafael Berrio, como los antiguos amantes Trini y Ramón, protagonistas de la zarzuela ‘Adiós a la bohemia’, con varios figurantes al fondo. Fotos: Juan G. Andrés

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Ángela Molina y Rafael Berrio, como los antiguos amantes Trini y Ramón, protagonistas de la zarzuela ‘Adiós a la bohemia’, con varios figurantes al fondo. Fotos: Juan G. Andrés

Dos músicos con larga experiencia en el pop adaptan a su lenguaje Adiós a la bohemia, la única zarzuela que escribió Baroja y que musicó Pablo Sorozábal. Sobre el papel, difícilmente podía parecer más loca e inconsciente una idea que incluso rozaba la astracanada. Sin embargo, Joserra Senperena y Rafael Berrio hicieron caso a su instinto y se enrolaron en un proyecto estrenado con éxito el domingo en el Victoria Eugenia, a escasos metros de la casa que vio nacer a Don Pío.

Vaya por delante que quien suscribe jamás había presenciado una ópera chica, seguramente igual que el 96% del público que acudió al teatro. Es por ello que las siguientes líneas no deberían ser tomadas como la opinión de un experto avezado en la materia, sino más bien como la humilde crónica de alguien que disfrutó de una velada refrescante y, ante todo, divertida. A juzgar por los comentarios posteriores, ésa fue también la sensación mayoritaria entre la audiencia, compuesta por un gran número de jóvenes que suelen brillar por su ausencia en los espectáculos de zarzuela convencional.

Pese a su vocación heterodoxa, esta “versión libre” de Adiós a la bohemia respeta en su literalidad el acerado libreto de Baroja. La novedad es que Senperena, que al inicio ofreció un delicioso recital de temas propios interpretados en solitario, ha destilado la música del maestro Sorozábal en expresivas melodías de piano, el único instrumento de la función. A ello se suma que los protagonistas no son cantantes líricos, sino actores o vocalistas de otros géneros, lo que otorga un aire amateur pero menos rígido al conjunto.

Ambientada en un café madrileño de principios de siglo XX, la obra narra el reencuentro y “la confabulación lamentable del artista que fracasa y de la mujer que se malogra”. El propio Berrio encarna a Ramón, el pintor, y Ángela Molina, a su antigua modelo y amante, ahora dedicada a la prostitución. Entre ambos se produjo una química especial gracias, en parte, al arte incontestable y al aura de diva de la Molina, cuya aparición en escena resultó arrebatadora. Pero también el donostiarra estuvo espléndido y logró convencer en su rol de bohemio, tanto en las partes cantadas como en las habladas, en las que sacó punta a su personal manera de declamar.

Sorprendió también cómo el aire crepuscular y el humor sardónico trufado de puyas encontraron un eco más que obvio en la reciente trayectoria musical de Berrio, a la que recordaron números como Yo, poeta fracasado (“¡Realismo! ¡Realismo! Cosa amarga, triste. ¡Vale más vivir en el sueño! ¡En el sueño”) o ¡Absurdo! ¡Absurdo! Ambos fueron cantados por el vagabundo al que dio vida Antonio Bartrina, del grupo Malevaje, que aportó un encantador tono arrabalero y que era otro de los protagonistas junto al actor Josean Bengoetxea, el señor que lee el Heraldo. El tango, la copla, el cabaret, el pasodoble y otras músicas populares inspiraron el repertorio de una zarzuela que habla del fracaso en el arte y el amor, y también de la pérdida de la juventud. Destacaron piezas como El Greco, Velázquez, Goya, con Petti y Rafa Rueda como coro de pintores;la bellísima ¡Noche! ¡Noche triste y enlutada!, con Alondra Bentley y Miren Iza convertidas en busconas, y Ni tú ni yo podemos ser amantes, la conmovedora despedida de Trini y Ramón.

Mención aparte merece la puesta en escena, sobria pero eficaz: los intérpretes aguardaban su turno sentados en la penumbra y se levantaban para intervenir en una liturgia que recordaba a la de los bertsolaris. Cabe citar también al cuadro de figurantes que a la derecha del escenario hicieron de parroquianos del café: como si de un espejo de la realidad se tratara, casi todos eran músicos (Paul San Martín), artistas (Detritus, Diego Matxinbarrena...) y filósofos (Javier Aguirre), algunos de ellos amigos con los que Berrio y Senperena suelen coincidir en la denominada Tertulia Errante, donde departen de lo divino y de lo humano, jugando en cierto modo a ser bohemios del siglo XXI.

Probablemente, no había un afán didáctico ni evangelizador en la génesis de este montaje que, sin quererlo, ha conseguido desempolvar la ópera chica, desmontar algunos prejuicios en torno a la zarzuela y que el público no interesado se acerque a ella con curiosidad;quién sabe si Adiós a la bohemia podría ser la puerta del neófito a propuestas más ortodoxas… De momento, no hay más funciones programadas pero al menos la experiencia ha quedado registrada en un disco no apto para puristas recalcitrantes y sí muy recomendable para melómanos ávidos de ensanchar horizontes musicales.


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