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De desayunos

Por Jorge Nagore - Sábado, 24 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

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una de las últimas veces que hablé con mi tío Nicolás fue en agosto de 2002. Le llamé a casa, a Ibero, donde había nacido, como mi abuela y mi madre, para avisarle de que estaban dando por televisión el partido de semifinales de trinquete entre Loquillo y Juanito del Mundial de Pelota de Pamplona, una retransmisión de última hora que no quería que se perdiese. Loquillo era un mexicano pequeño con muy mala hostia y muy bueno, y Juanito un chaval de 21 años del pueblo, flaco y también con mucho nervio, que vivía 200 metros más adelante de donde vivía mi tío. Juanito, así le llamábamos todos, aún era hijo y sobrino de pelotaris, uno de ellos, Javier, también conocido como Karranklas, fallecido pocos años antes, y todavía no pasaba de ser un buen jugador aficionado, al que habían designado para jugar en trinquete en detrimento de Oinatz Bengoetxea, que jugó y ganó en frontón largo. Juanito perdió aquella semifinal, Loquillo cayó ante un cubano en la final y Juanito en la lucha por el bronce ante un francés. Y la vida siguió normal por las calles de Ibero, con el frontón justo delante de la casa que más de 20 años antes habían alquilado mis padres, pegada a la casa de la familia de Juan, desde donde justo enfrente unas pequeñas escaleras de piedra daban acceso a la plaza donde estaba la enorme pared blanca en la que jugaba todo el pueblo y en la que Garriz secaba las alubias y le ayudábamos a abrirlas pasando por encima con las bicis, con su pared lateral a la izquierda y a la derecha las escaleras que daban acceso a los jardines de Isterria, con sus chavales y chavalas especiales con los que a veces jugábamos a fútbol o a pelota si les dejaban un rato libre. Algunos de aquellos chavales tenían una fuerza descomunal. Un año más tarde de aquello, Juanito pasó a profesionales y en apenas uno más jugó la final del Parejas y ganó la final del Manomanista. El pueblo, lógicamente, se volvió loco. Y mi tío Nicolás y algunos más del pueblo llegaron a tiempo para verlo. Nunca he visto jugar un partido en directo a Juan, aunque por casualidades me lo he encontrado un par de veces de marcha cuando yo iba a desayunar y él seguía celebrando alguna victoria de las muchas que ha conseguido. Creo que ha seguido siendo siempre muy parecido al chaval que era de pequeño, con las obligaciones y las presiones que nos caen cuando nos hacemos mayores, pero en el fondo con una manera de ser muy similar: sano, alegre, nervioso y con muy buen corazón. Ha sido el orgullo de todo un pueblo y de la zona entera y, para mí, un regalo. Creo que no he hecho más mala hostia en mi vida que en las finales que jugaba, especialmente contra Olaizola, cuando fallaba alguna pelota y veías que el tanto era suyo, que era superior, pero que estaba metiendo al otro, el que fuera, en el partido. Creo, sinceramente, que ha sido el pelotari más rompedor desde Retegi, por distinto, por cambiar el juego al entrar al aire, por su osadía, por su fuerza, por su manera de jugar. Si Olaizola era y es la casi perfección pero un pelotari más clásico, Irujo era el que nunca sabías por dónde te iba a salir. Podía haber ganado más. Pero también menos. Pero él cambió el modo en el que se juega a pelota. Cuando anunció que lo dejaba por un problema de salud, no pude dejar de acordarme de que a mi madre, a la que nunca le interesó el deporte más que si era para vernos contentos porque había ganado Osasuna o Arroyo o Indurain, o quien fuera, no se le podía llamar si había partido de Irujo. No cogía o, si lo hacía, te despachaba rápido. Los partidos de Juan le acompañaron durante años y años, y cuando el cáncer le comenzó a machacar su vida, fueron una alegría para ella y para mi padre. Seguro que igual que lo fueron para cientos y miles de personas. Gracias por todo eso, Juan, por tantas emociones, tanta mala hostia, tanta alegría y tanta naturalidad. En un mundo en el que parece que hay que interpretar algún papel, tú no lo hacías y, si dabas una patada a una silla, la dabas, aunque estuviese mal. Poder haber jugado a pelota cuando todavía te quedaban tres o cuatro años buenos es importante, pero ver crecer la hierba es mucho mejor. Muchos no pudieron, así que no hay que lamentarse. Es una pena, sí, pero has sido un privilegiado, porque poder hacer feliz a tanta gente que ni siquiera te conoce es un regalo de la vida que pocos reciben. Disfruta y seguro que puedes también con el miedo, un enemigo la mayoría de las veces mucho peor que la salud y que el mejor de los rivales. Gracias de nuevo, Juan. Ánimo y nos vemos de desayunos.


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