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Miguel Okina, la imaginación al poder

Por Juan Luis Bikuña - Viernes, 23 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Miguel Okina, junto a uno de sus cuadros.

Miguel Okina, junto a uno de sus cuadros. (Anabel Domínguez)

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Miguel Okina, junto a uno de sus cuadros.

el inigualable pintor Miguel Okina recibió el pasado domingo un bonito homenaje en su pueblo natal, Bergara. Resulta difícil describir en dos pinceladas la personalidad de Miguel Okina. Quizás se podría resumir en una frase que él repite, o mejor, repetía en muchas ocasiones: la imaginación al poder.

Okina es bergarés por encima de todo, pintor del siglo XXI madurado y forjado en el XX y, hasta hace bien poco, tenía una “edad indefinida”. Pero, ¡ay Miguel¡, el tiempo es traidor y nos come a todos con la edad. ¡Qué caray!, el tiempo es el tiempo y nos engulle sin piedad. En fin, “a lo hecho, pecho” y ahora toca hacer frente a la vida con algo de humor. Miguel, qué suerte tienes, pero ten en cuenta que, aunque seas un chavalde 93 años, tendrás que torear algunas cosillas. Pero, ¡bah!... en peores plazas habrás toreado, ¿no? ¡Qué suerte tienes! Zorionak!

Miguel vivió la Guerra Civil en esa imprecisa etapa de adolescente juventud, confusa e indefinible, y a la que sus impulsos le llevaron a mirar horizontes que guardan experiencias indescifrables. Estaba, simplemente, condenado a ser platónico y bohemio. Afirmaba Platón, el filósofo griego seguidor de Sócrates, que “si en algún momento la vida merece la pena, es cuando el hombre contempla la belleza en sí”.

Miguel Okina nació en el año 1924 en la calle Barrenkale de Bergara, en el seno de una familia modesta que supo educar a sus hijos en la ilusión de distintas áreas artísticas: la música, el canto, el dibujo, la talla, la pintura… Miguel, en un abrir y cerrar de ojos, se decantó por la pintura que, ciertamente, se le daba muy bien. Así que, como la “bohemia” estaba de moda, agarró el caballete, el pincel y las pinturas… y, en un abrir y cerrar de ojos, se plantó en el mismísimo París. El río Sena, al parecer, “molaba” mucho, como dicen ahora los jóvenes, y allá comenzó, casi casi un idilio con el propio río... ¡y sus puentes! Sus puentes quedaron plasmados en los primeros cuadros a la vera del río. Los puentes de París, de los que tanto había oído hablar, los tenía a sus pies. Otros dos pintores, Ignacio Zuloaga y Pablo Uranga, se decantaron por los toros, que era una manera de sacar algunos francos, y ahí fueron, el uno de “picador” y el otro de banderillero.

retratosMiguel, sin embargo, poco ducho en el arte de Cúchares, toreaba con paleta y pincel bajo los puentes de París para sacar unos cuantos francos de los retratos, bodegones o paisajes que pintaba y malvendía en los mentideros pictóricos parisinos.

Al tiempo, Miguel volvió tras haber pasado por Madrid, Catalunya… como el bardo Iparragirre, a su Euskadi natal, en plena madurez pictórica y platónica. A partir de ese momento, Bergara, su pueblo, sería, o mejor, ha sido fortín y estudio de su profesión. Es difícil, o por lo menos no es muy habitual en este mundo de artistas, que una persona que ha llegado, que ha alcanzado, determinadas cotas, importantes alturas, pueda lucir su madurez artística y sea reconocida en el mundo pictórico y que conserve intacta su personalidad, su sencillez y modestia de pueblo. Pero Miguel, hombre desprendido, abierto y humilde en su trato, tenaz e inteligente en su trabajo, con esa mirada que cuando te encuentras frente a frente parece que te taladra, te escudriña y analiza hasta los huesos buscando tu perfil, ha sabido conservar esos sabios dones y valores que le han llevado a granjearse la amistad de cuantos han tratado con él.

Miguel Okina y Bergara, un pueblo al que “utiliza” y disfruta en toda su extensión, con sus paseos con su prima Maritxu, que le cuida con mimo, sus conversaciones con todo el mundo, ¡ah!, y su vinito y jamoncito. En sus paseos por el pueblo no olvida dar un vistazo a la sociedad Umore Ona, donde tiene colgados varios cuadros excelentes de Silvestre Ariznabarreta Zaldibia Txibisto, Frantxulet, un personaje callejero, “zurrutero”, de los denominados “xelebres”, al que Miguel logró sentar en su estudio. Cuando acabó de pintarlo, Miguel quedó encantado del retrato y exclamó: “Hemen títulua bakarrik falta dok” (A esto solo le falta el título). A lo que Frantxulet, raudo, respondió: “Neuk ipinikojotzat” (Yo le pondré)… Pescador de merluza en seco. Y así quedó. En fin, como decía Marcelino Descarga, aquel “baratero” del frontón bergarés que, con sus ojillos chispeantes cantaba “Beste bat artian…”. (Hasta otra).


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