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Crónica

Una memorable celebración de la vida

Por Juan G. Andrés - Viernes, 23 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Muguruza, rodeado de los músicos de la big band, al fondo del patio de butacas, minutos antes de finalizar el concierto.

Muguruza, rodeado de los músicos de la big band, al fondo del patio de butacas, minutos antes de finalizar el concierto. (Juan G. Andrés)

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Muguruza, rodeado de los músicos de la big band, al fondo del patio de butacas, minutos antes de finalizar el concierto.

En la nota de urgencia publicada ayer ya hicimos alusión a los pitidos con que parte del público recibió al alcalde Eneko Goia y al discurso de agradecimiento de Fermin Muguruza, que al recoger el Adarra Saria se acordó de los gaztetxes -en especial del derribado Kortxoenea- y de la sala de conciertos Le Bukowski. Por tanto, en esta crónica más reposada procuraremos centrarnos en el detalle musical de un concierto que mezcló reivindicación, infinidad de agradecimientos y ritmos tan variados como el jazz, el ska, el reggae, el rock, el soul y el rhythm &blues.

Compareció Fermin en un Victoria Eugenia abarrotado hasta el gallinero junto a la Micaela Chalmeta Big Band, surgida del Taller de Músics de Barcelona y que hizo auténticas virguerías con el cancionero del irundarra. Al más puro estilo años 60, la velada del miércoles (Día de la Música) comenzó con una introducción prácticamente instrumental de Esan ozenki en la que sólo se escuchó el estribillo en boca de las geniales coristas: “Euskalduna naiz eta harro nago!” El homenajeado, enemigo declarado de la nostalgia, no intervino hasta In-komunikazioa, que marcó la pauta de un repertorio mayoritariamente compuesto de temas de su carrera en solitario. Tras recordar al “supertótem” Mikel Laboa, dedicó Balazalak a quienes en el pasado lucharon por la música y la cultura de Euskal Herria.

Los arreglos de viento sonaron épicos y huracanados durante toda la velada, especialmente en Lucrezia, que Fermin aprovechó para recordar a tres arietes de la cultura vasca fallecidos recientemente: Ion Arretxe, Hasier Etxeberria y Juanba Berasategi. La bailonga versión del Mess Around de Ray Charles fue un auténtico pepinazo de R&B ofrendado a su compañera e hijos, presentes en la sala junto a una inmensa cantidad de amigos y colaboradores: el músico preparó con mimo cada uno de los agradecimientos que iba lanzando entre canción y canción e incluso pedía a los aludidos que levantaran la mano para ver dónde estaban sentados.

Las recientes Black is Beltza y Pantera Beltza dejaron claro que Muguruza mira más al futuro que al pasado en vísperas de sumergirse ya de lleno en la película de animación que espera estrenar, según avanzó, en el Zinemaldia del próximo año, con exposición en San Telmo incluida. La primera concesióna Kortatu fue After-boltxebike, en la que recordó que en 2017 se cumple el centenario de la Revolución Rusa, mientras que Oasiko erregina sirvió de homenaje a varios mártires de bandas como RIP, Eskorbuto o Vómito Social y, sobre todo, a un viejo amigo, Pedrolas, que murió sin cumplir su sueño de ver a Patti Smith. En esta canción contó con la colaboración de la cantante Sorkun y el guitarrista Oskar Benas, jóvenes pero veteranos colaboradores que confirman el indiscutible papel de eslabón que Muguruza juega en la música vasca.

Con un arranque gospel maravilloso, When I Die -versión de Kermit Ruffins, otro ilustre vecino de Nueva Orleans como Ray Charles- fue la excusa perfecta para saludar al inefable Angel Katarain, que lleva toda una vida tras la mesa de sonido de Fermin. Otro de los muchos recuerdos emocionantes de la noche fue para la desaparecida Amaia Apaolaza, su antigua manager y figura clave en su carrera. “Este premio debería haber sido para ella”, aseguró el de Irun antes de buscar a su hermano Jabier entre el público, acordarse del aita y dedicar Etxerat a los presos vascos.

Pese al tono ligeramente luctuoso derivado de tanto homenaje, Muguruza quiso transformar la cita donostiarra en una “celebración de la vida”. Así, en el último tramo la luminosidad se impuso gracias a composiciones como Euskal Herria Jamaika Clash, Yalah, yalah Ramallah y Dub Manifest, que llegaron tras una refrescante pausa con las rimas improvisadas a capella por La Basu y Odei Barroso, bertsolari y rapero, es decir, el glorioso colmo de la improvisación. Antes de acometer Kolore bizia, de Negu Gorriak, el director y trompetista David Pastor presentó a la big band: un guitarrista y él eran los únicos infiltrados masculinos en un supercombo integrado por una veintena de mujeres jóvenes y tremendamente talentosas.

A sus 54 años, Fermin vive más distanciado de la música y centrado en su faceta de cineasta, pero tan pronto salta a las tablas se hace evidente que conserva intacta su marca de animal escénico. Llevaba más de media hora pidiendo al patio de butacas que se pusiera en pie, pero no lo consiguió ni en la parte más rockera del bolo, la explosiva versión del Killing In The Name de Rage Against The Machine, que contó con Niña Coyote eta Chico Tornado para dar mayor crudeza al conjunto. Cosas del carácter donostiarra/guipuzcoano... Si el Adarra Saria lo entregara el Ayuntamiento de Bilbao y el concierto hubiera sido en el Arriaga, seguramente la audiencia no habría esperado a levantar sus posaderas hasta el primer bis con Gora Herria.

El himno de Negu Gorriak -uno de tantos- convocó al núcleo duro de la influyente banda: Iñigo Muguruza, Kaki Arkarazo, Mikel Anestesia y Mikel BAP. Un lujo amplificado por la presencia de Ines Osinaga (Gose), que suplió la ausencia del trikitilari Xabi Solano, y la tempestuosa sección de vientos que suele acompañar a Muguruza: Jontron, Fino y Lonbi. Los abrazos y el cariño volaban junto a las notas musicales… Al percibir tanta energía flotando en el aire, el arriba firmante pensó que es triste que sólo haya otra oportunidad de disfrutar de esta función el 15 de julio en Barcelona;una propuesta tan ecléctica y apasionada encajaría a la perfección, por ejemplo, en el Escenario Verde de la Zurriola durante el Jazzaldia.

La segunda y última propina, Sarri Sarri, convirtió en una caldera el Victoria Eugenia, cuyo público bailó, ya desinhibido, el ska más célebre de la música euskaldun. Al terminar, todos los miembros de la banda bajaron del escenario con sus instrumentos y se dirigieron hacia el fondo del patio tocando, de nuevo, el contagioso riffde Dub Manifest. Concluían así dos horas largas de actuación memorable. Fue una celebración de la amistad, la música y la vida;tres regalos que, por si alguien albergaba la más mínima duda, son prácticamente la misma cosa para Fermin Muguruza.


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