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Opinión

Emigrante: ¡Necesitamos tu rasmia!

Por Patxi Sanjuán - Domingo, 18 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

¿cómo describir, cómo recoger los relatos y pasarlos a papel cuando estos relatos son tan impresionantes? ¿Cómo conseguir comunicar lo que estos chavales llevan en sus corazones y han compartido conmigo? Tanto y tan denso recorrido, tantas ilusiones en camino…

Pasos entrañables, reflexiones y tropezones entre los mil verdes bajo azul y blanco del País del Bidasoa. ¿Qué decir de la acogida y cena que nos dieron en Uretamendi tres chavales africanos? Nosotros, acogidos por emigrantes en su casa, cuánto cariño, ¡Tanto que agradecer!

Tengo el privilegio de compartir con gente extraordinaria kilómetros y cansancios y acogidas en la travesía Transpirenaica Social Solidaria. Desde la recepción de los alcaldes de Donostia y Hondarribia, del cariño del concejal de Deportes (Kalixa) de este pueblo, hasta la acogida de las mujeres de Emeki, Klink Elkartea y la Universidad de Deusto… Nélida, la ya vieja amiga y profesora. La acogida se ha vuelto cultura.

El rumor de los pasos hace coro a los relatos compartidos de vidas tan vividas. Aquellos sueños infantiles previos al refugio tan dudoso en España, lechos bajo cajas de camiones huyendo de ladridos y controlando miedos incontrolables… “Tenía 15 años”. Seguir, seguir, seguir, valentía en la acción y miedo profundo en corazones adolescentes. ¿Qué será de mí? Saber de qué se huye e intuir un futuro mejor sin saber, solo presentir, qué va a ocurrir… y a pesar de todo, adelante, adelante, adelante…

Y pasaron el Estrecho y salieron del fondo del camión… y buscaron, perdidos, por calles de países desconocidos, un lugar en el que ser, solamente reconocidos y acogidos, un lugar en el mundo. “Llevaba cuatro días sin comer, ya no podía más y pedí comida a un policía que me indicó dónde estaba el restaurante”. Y por fin llegó a un centro de menores: “Allí pasé unos meses, sabía que ya no me echarían de allí mientras fuera menor, pero todavía me sentía perdido, no sabía qué hacer… Éramos muchos allí, y no cabíamos”. Así, este joven amigo comenzó un nuevo camino, hoy todavía sin cerrar, empezó a estudiar, a aprender español y también catalán “y sacó mejores notas que los nacidos aquí y mis profesores me felicitaban y animaban. Y empiezan a mirarme a los ojos y me siento alguien y me reconocen. Qué buena gente mis profesores, no sé qué haría sin su consejo”. Y mientras lo cuentan, una necesidad imperiosa brota desde lo más profundo y surge el abrazo, un abrazo en camino, un abrazo montañero, tan fraterno… y nos miramos y nos reconocemos en lo profundo como dos seres humanos tan iguales en lo importante. Solo ya nos separa la edad porque, en recorridos, en vidas vividas, no hay diferencias y si las hubiera sería porque su sabiduría es mayor que la mía…

Se anegan sus ojos cuando habla de su madre, de sus hermanos, sus hermanas: “Ya han crecido y no puedo ir a verlos. Algún día nos veremos. Mi madre es impresionante, no puedes ni imaginar cómo vive, trabaja y nos protege”. Y yo imagino montañas, cultivos y tierras de las que sacar frutos a dentelladas y una mujer tan sabia como su hijo

Y por aquí andan, entre nosotros, buscando sus nuevas pertenencias sociales, sus círculos, su nueva gente, su nuevo mundo de relación. “Pero no os fiais de nosotros”, me dicen, “nos miráis con desconfianza. Es tan importante que nos conozcáis para que nos queráis” y descubro una sombra en mi mirada, y veo que tiene razón, que tengo un punto de reparo, ese punto de prevención y también ese punto de paternalismo que tanto me separa de la igualdad, y entonces siento tanta vergüenza… Y pienso lo difícil que tiene que ser edificar un mundo de relaciones desde cero cuando nadie se fía de uno. Y pienso que piensa y siente ¿cómo edificar esa estructura cuando las personas que me rodean me juzgan tomando como base estereotipos que nada tienen que ver conmigo, y sin conocerme ni reconocerme, me juzgan y condenan o, simplemente, desde su paternalismo indecente, me tratan desde una superioridad aterrada?

Pero el viernes, en Hondarribia, gentes de bien les bailaron el aurresku, les hicieron entrar en los locales de Klink Elkartea bajo el arco de la gente importantey les cantaron el Agur Jaunak. La cultura se hizo acogida. Ongi etorriak, esaten zenuten, gutakoak zarete! (Bienvenidos, decían, sois de los nuestros) No tenéis ni idea chavales transpirenaicos de cuánto tengo ya que agradeceros tras haber compartido solo un poco con vosotros. Sois gente con posibilidades, os necesitamos entre nosotros, necesitamos de vuestra cosmovisión y lucha, necesitamos vuestra rasmia. Gracias, gracias, gracias. Buen camino.


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