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Tribuna abierta

Rajoy: cuestión de confianza o dimisión

Por Josu Montalbán - Martes, 13 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Bien: España ha aprobado los presupuestos del año 2017 cuando ya se han cumplido cinco de los meses de dicho año. La noticia no es mala del todo, porque un gobierno debe contar con unos presupuestos actualizados que respondan al tiempo en que van a ser ejecutados. En aras a la estabilidad, la noticia no es tan mala, si bien se produce en medio de una amalgama de estridencias en las que la corrupción impera no solo en las filas del PP sino en otras instituciones que constituyen el alma del sistema democrático. Es esta degradación del propio sistema la que favorece que los populismos de nuevo cuño extiendan una pátina de miseria moral y ética que no acaba en un golpe de estado “salvador y redentor” porque pasaron los tiempos del ya viejo Régimen. Pero el problema no es tan reciente. En el año 2013, Pablo Iglesias (Turrión, que no Posse) dijo que “es tiempo de que salte por los aires la putrefacta institucionalidad del régimen”. Decía entonces que “no son tiempos de regeneración” y, de paso, la emprendía contra sus competidores de entonces (Ciudadanos) con una advertencia: “Pero cuidado, porque a veces el fascismo se viste color magenta”, que era entonces uno de los nuevos colores identificadores de las nuevas fuerzas políticas surgidas a la luz del oportunismo.

Cuando surgió el libro que contiene tales pronunciamientos, el 15-M estaba reciente y había colmado las ansias y esperanzas de tantos descontentos por las crisis sucesivas, en buena medida inducidas por el capital para enrarecer el ambiente social. La Puerta del Sol había sido un grito de rabia, un vocerío espontáneo y compartido al que se habían adherido todas las formaciones políticas, sindicales y sociales, a excepción del PP. Pero a algunos les entró una prisa por usar las protestas en su provecho y comenzaron a gestar proyectos y más proyectos cuyo fin común no era otro que alcanzar el poder lo antes posible. De ese modo surgieron procesos de enaltecimiento de liderazgos personales. Por ejemplo, los sindicatos empezaron a ser un obstáculo para el líder de Podemos: “La propuesta de Pacto de Estado de CCOO y UGT es un balón de oxígeno para el Gobierno (22/5/2013)”. A cambio, usaron una propaganda puntual en cada conflicto: “Nuestra solidaridad con los trabajadores y trabajadoras de Panrico” (Monedero, 14/2/2014).

Aquel globo inflado por frases grandilocuentes, eslóganes sonoros y consignas espectaculares se ha venido desinflando conforme cada cual ha ido asumiendo responsabilidades, conforme cada cual se ha visto entronizado en la durísima realidad. A mediados del año 2017 en que estamos, no basta con provocar titulares ni con jugar al “yo no he sido”, porque los ciudadanos no solo reclaman sentirse halagados por las palabras de los líderes y pensadores, sino que quieren soluciones que arreglen sus desequilibrios laborales, económicos y familiares.

Volvamos al punto de partida. No insistiré más: España cuenta con unos presupuestos conseguidos mientras el gobierno se tambaleaba en una cuerda tan floja que casi pone en el suelo al funámbulo Rajoy. Nadie ha querido negociar de igual a igual con Rajoy porque la corrupción que afecta al PP imposibilita los contactos. Ved, queridos amigos, los aliados del PP en este trance: “Ciudadanos”, claro está, los propios aliados UPN y Foro Asturias, por otra parte sucursales del PP camufladas de diferentes, y tres grupos nacionalistas (PNV, CC y NC) que han hecho gala de haber esquilmado las arcas del Estado antes de dar el sí definitivo. Resultado: 176 a 174, en el último minuto, con un enceste difuso que provocó un insulso e improcedente aplauso de los diputados del PP dirigido a un Montoro que alargaba su pulgar en un alarde de insustancialidad aunque posiblemente ya supiera o intuyera lo que le vendría encima días después.

Casi al mismo tiempo, la opinión pública estaba inmersa en otros asuntos (problemas) de mucha mayor envergadura, como ha sido la dimisión a destiempo del fiscal anticorrupción, Manuel Moix, por tener bienes en paraísos fiscales. Moix ha salido ensalzado por su jefe superior, el fiscal general José Manuel Maza, quien no solo se ha apresurado a encubrir posibles ilegalidades de Moix sino también ilegitimidades y posibles comportamientos inaceptables para alguien encomendado a luchar contra la corrupción. Y todo esto se ha producido mientras el mismísimo Rajoy pretendía camuflarse tras una pantalla de plasma para declarar como testigo principal en el caso Gürtel, que tiene en candelero a más de medio PP. En ese ambiente general se ha desenvuelto la negociación presupuestaria que ha permitido contar con unas cuentas públicas -¡bien!- en medio de un ambiente político y social crispado, inestable e inseguro, amenazado por una moción de censura inviable de Podemos, que es fruto de la impaciencia de quienes buscan el poder para ejercer el gobierno en lugar de alcanzar el gobierno para administrar racionalmente el poder.

¿Qué podemos hacer ahora? Son varias las opciones, aunque todas ellas pasan por calibrar con minuciosidad si lo que deseamos conseguir merece extremar los medios que usemos para lograrlo. Ni la cachaza excesiva ni la locura desatada son buenos métodos para alcanzar la meta. Por otra parte, en democracia, los métodos están periclitados porque la vieja revolución no está a nuestro alcance. Hay revolucionarios de pacotilla que aspiran a ser los burgueses que siempre han estado al frente de las revoluciones clásicas, pero cualquier revuelta social, en nuestra Europa, suele resolverse en los Parlamentos o, como mucho, en las urnas y citas electorales. Sin que sirva de precedente, intentaré aconsejar al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ahora que vive un tiempo de respiro tras la aprobación del presupuesto y está debidamente pertrechado por los suyos ante su declaración judicial por el caso Gürtel.

Por si fuera poco la primera página de los diarios del viernes daba la siguiente noticia:El Constitucional anula la amnistía fiscal de Montoro aunque avala sus efectos. Según reza la sentencia, el decreto ley aprobado en el año 2012 “legitima la conducta de los evasores fiscales”. La evasión fiscal es uno de los delitos más aborrecibles que existen porque avala un comportamiento insolidario y favorece a quienes incumplieron sus obligaciones sociales. Es verdad que en el País Vasco tal amnistía no se llegó a aplicar, pero la noticia constituye una prueba más para pedir la dimisión del ministro Montoro. Más aún, para pedir al presidente Rajoy que renueve la confianza parlamentaria antes de seguir su andadura o convoque unas nuevas plecciones, porque no le asiste la legitimidad suficiente para seguir siendo presidente en las condiciones actuales.

Rajoy debe aceptar públicamente que vivimos tiempos difíciles, que la corrupción le tiene cercado y desarmado y que los españoles deseamos que retornen la cordura y la decencia, que no queremos un presidente atribulado por las indecencias de sus compañeros políticos, y que debemos recuperar la democracia como un sistema participativo que involucra a todos. Rajoy deberá protegerse a sí mismo de quienes, haciéndose pasar por sus colaboradores, actúan como detractores. Es verdad que ha dado muestras, siempre, de dominar las situaciones, pero ya no puede más y, por otra parte, le atacan por todos los costados, incluso le atacan sus propios cómplices. De modo que solo le quedan dos posibilidades: o moción (cuestión) de confianza o convocatoria de nuevas elecciones.

Veamos, “cuestión de confianza” mediante la cual Rajoy pida el respaldo a la política errática que viene desarrollando. Dicha “confianza”, en caso de que no obtuviera suficientes apoyos, llevaría aparejada la dimisión, la suya, y por ende la caída del gobierno del PP. Si esto no fuera posible, cabe que fueran convocadas unas nuevas elecciones. La “cuestión de confianza” dejaría toda la responsabilidad en esa institución representativa que es el Congreso de los Diputados. Sin embargo, unas nuevas elecciones depositarían su responsabilidad en los ciudadanos españoles, que están hasta el gorro de estupideces.

¿Se atreve Mariano Rajoy a asumir este riesgo? ¡Debería asumirlo!


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