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Buscar una Colonia

Por Jurdan Arretxe - Martes, 13 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:12h

la Copa del Rey pasó por León sin pena ni gloria. Solo el bombazo de la eliminación del Ademar a manos de Anaitasuna el primer día le dio algo de color a una fase en la que casi todo fue gris tanto dentro como fuera de la pista.

La meritoria supremacía hegemónica del FC Barcelona, que se localiza al sur de los Pirineos, pasa factura. Ganó la Copa quien desde septiembre se sabía que ganaría, pero a diferencia de otras épocas del balonmano y de otros deportes en los que también vence quien parte como máximo favorito, y no hay ningún problema en ello, lo hace sin margen para nada ni para nadie. Ni para soñar. Y no porque Bada Huesca, Granollers y Naturhouse La Rioja -que estuvo cerca- no lo intentaron, pero...

Excepción hecha de la inédita final entre barceloneses y logroñeses, que en el entreacto tenía las opciones abiertas (14-14), El Partido de la fase final de la Copa ya lo habíamos visto. El que se saldó con el KO del equipo organizador el primer día. El pinchazo de un globo llamado a pelear la final.

Algunas conversaciones centraban el quid de la cuestión a la salida de aquel encuentro. “La Copa ha saltado por los aires”. Los más atrevidos, entre ellos, algún dirigente de la organización en el hall de un hotel próximo al río Bernesga, cambiaron el sujeto de la frase, absolvieron de la culpa de su derrota al Ademar y se la imputaron a una pareja arbitral que con aciertos y errores no sucumbió a la presión en los minutos finales.

Un planteamiento falso que, sin embargo, guarda una verdad. “La eliminación del equipo leonés convertirá la Copa del Rey en un cementerio”, anticipó Diario de Leónel día siguiente de la victoria de Anaitasuna. Ni en la final del domingo, ni en las semifinales del sábado ni en ese estelar de los cuartos el viernes superó el Palacio leonés, con 5.100 localidades, la media entrada.

La Copa ha cogido un vuelo más que interesante al reservar fines de semana para rondas previas, pero la gestión de la fase final ha ido en la dirección contraria

Si al escaso atractivo deportivo de estas competiciones se le suma que fuera de la cancha apenas se genera una Copa de eventos, planes y ocio que atraiga a aficionados al balonmano incluso sin que juegue su equipo, el hipotético mazazo deportivo del club organizador de turno -y no olvidemos, esto es deporte- lo revienta todo.

La comparación con la final four de la Champions -que tiene tal atractivo deportivo que sin todo lo que la rodea se vendería sola- es odiosa y abrasaría a aquellos responsables de Asobal y Federación Española que se nieguen a diagnosticar estas debilidades y a trabajar para encontrar la Colonia de la Copa del Rey. Dos semanas después de acabar la edición de 2017, se han vendido cerca de 9.000 abonos para la final continental de 2018.

Frente a esto, el año en el que ha vuelto a un formato de ocho equipos en su final -pero sin día de descanso como antaño-, a la Copa se le han saltado algunas costuras. El torneo ha cogido un vuelo más que interesante al abrirse a los equipos de Plata e incluso reservar fines de semana para las rondas previas, pero la gestión de la fase final ha ido en la dirección contraria. Con cuatro equipos clasificados ya desde junio de 2016 (FC Barcelona, Naturhouse, Ademar y Granollers) y los otros cuatro desde el 18 de marzo, hubo que esperar semanas de idas y venidas en la tramoya hasta conocer la sede el 10 de mayo.

Cuatro semanas para encontrar alojamiento -y en qué fechas- para ocho equipos profesionales, otros tantos cadetes, sus cuerpos técnicos, directivas, parejas arbitrales y cargos de Asobal y Federación. Sin contar con unas aficiones con ganas de pasar un gran fin de semana en las que ciudades, vuelvo al ejemplo máximo, como Colonia ven un filón.

Otra costura, la propia fecha. Lo reconocen jugadores y técnicos. Juntar ocho equipos -y sus aficiones- en una fase de este tipo tiene ingredientes para ser algo bonito, pero en pleno junio, durante tres días consecutivos -¿tiene usted plantilla buena y larga?-, con varios a los que ya la Liga que concluyó hace dos semanas se les hizo larga y con un margen para la sorpresa que tiende infinitamente a cero, lo lógico es que, calor y abanicos aparte, pase lo que sucedió en León.

Una Copa que, salvo por momentos de la final y por un puñado de seguidores riojanos y guipuzcoanos, se quedó desteñida ya la primera de las tres tardes dentro y fuera de la cancha. Cuando el equipo local cayó a las primeras de cambio. Cuando la Copa que eligió León como sede solo un mes antes se quedó en casi nada.


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