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Último trabajo de la irlandesa

La nueva Imelda May, a corazón abierto

Un reportaje de Andrés Portero - Lunes, 5 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

May era una referencia del rockabilly desde que debutó hace una década con ‘Love Tatoo’. Fotos: Universal

May era una referencia del rockabilly desde que debutó hace una década con ‘Love Tatoo’. Fotos: Universal

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May era una referencia del rockabilly desde que debutó hace una década con ‘Love Tatoo’. Fotos: Universal

Por el BIME del BEC pasó hace años con su estética y sonido rockabilly, y anteayer actuó en Sondika, en el cierre del II BBK Music Legends Fest, con un evidente cambio de imagen y sonido, más cercano al soul e intimista. Así lo evidencia el último disco, Life. Love. Flesh. Blood (Universal), de la irlandesa Imelda May, fruto de su divorcio y con producción del mítico T Bone Burnett. “Ahora soy así”, explica la cantante de Belfast.

May ha sido una gran referencia del rockabilly desde que debutó hace una década con Love tattoo. Y no lo decimos solo nosotros. Bono, cantante de U2, se apunta a las alabanzas de su compatriota. “Adoro a la chica que solía ser, pero creo que me gusta aún más la mujer en la que se ha convertido. Todavía traviesa y juguetona, todavía una sirena, pero con un dolor en la voz que me tiene con la oreja pegada a su pared, escuchando ese mundo suyo en cuya habitación se han instalado los problemas”, indica.

Y no es el único. El mítico productor T Bone Burnette, que ha colaborado con artistas como John Mellencamp, Elvis Costello, Elton John, Willie Nelson, B.B. King o Los Lobos, razona su colaboración con May en el disco. “Cuando la conocí era una cantante punk-rockabilly con una gran banda. Me intrigaba su manera de entender esa forma de arte americano, parte de la cual se había originado en Irlanda”, rememora. “Cuando me la encontré algunos años después, había cambiado y estaba escribiendo y cantando con una intensidad salvaje, a corazón abierto”, apostilla. La mutación sufrida por May resulta evidente. Aunque rescató en Sondika canciones como Johnny got a boom boom, en un concierto emocionante bajo la lluvia, no se siente ya tan representada en ese repertorio. “La vida cambió. Amo los discos que hice en el pasado porque era coherentes y mostraban la persona que era en cada momento -explica-. Pero eso es el pasado... ahora no soy así”.

Divorcio ¿Y quién es Imelda May en 2017? Pues una mujer madura, valiente y renovada física (ni rastro de su tupé y faldas rockabilly) y estilísticamente, como demuestra su último disco, Life. Love. Flesh. Blood, inspirado en el desamor (como el último de Ryan Adams) y fruto de su divorcio del guitarrista Darrel Higham tras 18 años de convivencia. Su ex abandonó la banda para centrarse en su carrera en solitario.

El resultado es un disco más intimista y con canciones de corte autobiográfico sobre el dolor, su aceptación y el renacimiento personal. Y mucho más rico estilísticamente, con un sonido clásico (de barrica de los 50 y 60) aderezado por Burnette y por un grupo de músicos sobresalientes entre los que destacan el guitarrista Marc Ribot, mitos como Jeff Beck y el televisivo Jools Holland.

Planteado como “un diario personal que leería todo el mundo”, el disco evidencia el dolor y las cicatrices de su divorcio. “Si nuestro amor significa algo, llámame, por favor”, implora en la apertura del CD antes de verter “lágrimas negras, una por cada año bueno/ruedan por mi rostro y me muero por dentro”. Pero después llega la recuperación y el renacimiento emocional, como cuando canta “ahora levito hacia ti, vuelve a latir el corazón, es un nuevo comienzo” o “déjame sola, estoy bien”.

Soul May, que dedica la nostálgica y folk The girl I used to be a su familia por ofrecerle “raíces y alas”, que dice transmitirá a su propia hija, le da un corte de mangas al rockabilly y amplía su espectro musical en un disco de esencia soul. Resulta evidente en canciones como Call me y la pop Should’ve been you, con ecos de las epopeyas sinfónicas de Phil Spector y Roy Orbison.

Y aunque Jools Holland aporte sus teclado al blues-gospel When it’s my time y el tema titular suene entre el swing y el reggae, su pasión por el rock clásico de los 50 sobrevive entre tiempos medios y baladas con ecos vocales de Chrissie Hynde, como demuestra el aire fronterizo y lánguido de How bad can a good girl be, muy a lo Chris Isaak, como Bad habit, o en Sixth sense, con un solo de Ribot sobrio pero impresionante. “La vida es dura;y el amor, también”, canta la superviviente May.


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