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Guns N’ Roses resucitan al mito

Casi 40.000 fans vibraron el martes en Bilbao con un sueño rockero de casi tres horas en el que hubo altibajos y Axl Rose se mostró justo de voz

Un reportaje de Andrés Portero Fotografía Juan Lazkano - Jueves, 1 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:14h

Un entregado Axl Rose, al inicio del concierto que el martes ofreció en Bilbao al frente de los reunificados Guns N’ Roses.

Un entregado Axl Rose, al inicio del concierto que el martes ofreció en Bilbao al frente de los reunificados Guns N’ Roses.

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Un entregado Axl Rose, al inicio del concierto que el martes ofreció en Bilbao al frente de los reunificados Guns N’ Roses.

Pistolas y rosas, hard rock mastodóntico impulsado por el poder del mercado, en una simbiosis soñada durante dos décadas y convertida en real al ritmo de las eternas Sweet Child O’ Mine y November Rain. Así discurrió el martes en Bilbao el concierto de los reunificados Guns N’Roses, casi los originales, con Axl Rose justo de voz y un Slash siempre efectivo ante 40.000 seguidores entregados durante casi tres horas en un típico concierto de estadio, con un sonido apabullante pero espeso, proyecciones y pirotecnia.

Axl Rose dio nombre a esta gira de regreso de la banda original, Not In This Lifetime, cuando dijo que el grupo no se reunificaría jamás en esta vida. La deriva artística de Axl y el apetito por la pasta -el éxito del reencuentro está generando ingresos astronómicos- hizo que el trío actual, con Slash a la guitarra y Duff McKagan al bajo, hiciera realidad el sueño de cientos de fans de edades diversas.

Ahora, la máquina se muestra engrasada y no hay retrasos. El grupo apareció a las 21.30 horas en un San Mamés expectante tras la descarga de Tyler Bryant &The Shakedown y de Mark Lanegan. El deseo de volver a escuchar, juntas, la voz chillona de Axl y la sucia guitarra de Slash se cumplió tras una introducción instrumental con Looney Tunes y la banda sonora de The Equalizer, al tiempo que que las pistolas del logo del grupo escupían varios fogonazos.

Por fin, allí estaban ellos, empequeñecidos en el enorme escenario y ante la ruidosa bienvenida de los fans. Axl, con el pelo suelto y camisa a la cintura;y Slash, con su cabellera rizada negra tocada con su sempiterno sombrero, sacando chispas a It’s So Easy, canción de su insuperado debut, Appetite for Destruction, que forjó a fuego su fama pendenciera y que repasaron casi en su integridad.

Las cartas marcadas dieron resultado también con Mr. Brownstone y un Welcome to the Jungle de hard rock eléctrico y poderoso que puso al estadio patas arriba, colándose entre ambos Chinese Democracy, aperitivo de un escaso repaso a un disco que nadie habría echado en falta. Vocalista y guitarrista se mostraron activos y en forma física, si exceptuamos el sobrepeso de Axl, que explotó su característico baile de caderas -con desplazamientos laterales y patadas al suelo- y se hizo varios kilómetros por el amplio escenario.

Apoyados visualmente en una gran pantalla de vídeo en la trasera del escenario, y otras dos laterales y en vertical que alternaban imágenes del grupo y de esqueletos, mujeres sexis, figuras o tanques, la banda se volcó en el repaso de su debut y del doble Use Your Illusion, entre un sonido potente pero apelmazado -al menos en el graderío- y unos efectos luminotécnicos efectistas.

San Mamés se rindió a la evidencia. El trío ha fichado bien a sus lugartenientes, un cuarteto formado por el guitarrista Richard Fortus, que no es Izzy Stradlin pero imprimió fuerza al repertorio;el batería Frank Ferrer, que hizo olvidar a los fans la pegada de Steven Adler;y los teclistas Dizzy Reed y Melissa Reese, la chica del pelo azul, que ayudaron -y mucho- vocalmente a Axl, que se mostró muy justo de voz, especialmente en el arranque del recital, y confirmó la imposibilidad de llegar a algunos de sus juveniles agudos, ahora ya imposibles.

La garganta de Axl solo recordó en ocasiones al joven impetuoso de hace 25 años en Estranged o My Michelle, mientras que Slash se mostró convincente e inspirado, especialmente en temas como Civil War, con guitarra de mástil doble. Solo se vio lastrado en ocasiones por la excesiva duración de sus solos e intros, como la de Rocket Queen, trufada de efectos. ¿Y Duff McKagan? En Bilbao demostró que sigue siendo un seguro de vida con su bajo palpitante y una presencia escénica que acaparó los focos del líder cuando se hizo con el micrófono y sonó realmente punk.

A lo largo de casi tres horas, el grupo alternó fogonazos eléctricos (You Could Be Mine) que recordaron sus inicios peligrosos con otros espacios en los que las caídas de ritmo resultaron evidentes, especialmente con Better o This I love. Pese a ello, la audiencia levitó cuando Axl se encaró con sus míticas baladas, especialmente, con November Rain, con el vocalista al piano, y la inevitable Sweet Child O’ Mine, que provocó un terremoto vocal en pista y gradas desde que se adivinó su riff.

El público se rindió a los guiños ajenos como Voodoo Child de Jimi Hendrix,Wish You Were Here de Pink Floyd y el tributo al fallecido Chris Cornell (Soundgarden) con Black Hole Sun. También se entregó a sus versiones de Live and Let Die y Knockin’ on Heaven’s Door, hasta que la banda se despidió con otro caballo ganador: Nightrain. Pero no era todavía de coger el último metro, no. Quedaba tiempo para el bis, en el que se colaron Don’t You Cry, la versión de The Seeker (The Who) y el mítico Paradise city. Bilbao lo fue, el paraíso, para casi 40.000 fans a pesar de la voz de Axl y lo irregular del repertorio.


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