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Las agresiones de hijos a padres aumentan con una veintena de casos graves este año en Gipuzkoa

La Diputación constata las crecientes dificultades de los progenitores para manejar la conducta de los adolescentes
La inadaptación a las rutinas y la intolerancia a la frustración preludian una violencia que estalla cuando dejan de ser niños

Jorge Napal Ruben Plaza - Domingo, 28 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:13h

Gipuzkoa ha registrado en lo que va de año una veintena de agresiones de carácter grave por parte de adolescentes a sus padres.

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Gipuzkoa ha registrado en lo que va de año una veintena de agresiones de carácter grave por parte de adolescentes a sus padres.

donostia- Los graves conflictos en el seno familiar aumentan en Gipuzkoa y en lo que va de año se ha registrado una veintena de casos de adolescentes -“ellos y ellas”- que no quieren saber nada de horarios ni de normas de convivencia, que no saben manejar la frustración y acaban agrediendo a sus padres, lo que exige una intervención de urgencia.

De las 87 notificaciones de desprotección infantil que han llegado a la Diputación durante los cuatro primeros meses del año, el 21% de las valoraciones realizadas responde a una incapacidad parental para el manejo de la conducta de sus hijos, según la información facilitada a este periódico por el Ejecutivo foral.

Detrás de ese porcentaje hay gritos, broncas, agresiones físicas e insultos que generan un monumental desconcierto en el hogar y “un muy mal manejo de la situación por parte de los padres”.

Un repaso a la serie histórica de las situaciones en las que ha tenido que intervenir el servicio foral permite constatar el paulatino incremento de esa violencia que torna imposible la convivencia en el hogar. Según datos forales, las dificultades de los padres para contener tanta agresividad apenas representaba un 7% de las notificaciones de desprotección hace una década. En 2013 ese porcentaje ya se había duplicado, pasando al 16% en 2015 y el 18% en 2016 hasta alcanzar el 21% actual.

El resumen a día de hoy es que “prácticamente nos llega un caso de urgencia a la semana”, revela Patxi Agiriano, jefe de Servicio de Protección a la Infancia y a la Adolescencia de la Diputación.

Son casos excepcionales teniendo en cuenta el conjunto de la sociedad gipuzcoana, pero llegan a ser muy dramáticos. Resulta habitual que sea la madre quien se pone en contacto telefónico con la policía porque en esos momentos su hijo o hija le está intentado pegar. Tampoco es extraño que el propio adolescente se persone en la comisaría para comunicar a los agentes que no quiere seguir viviendo con sus padres, a los que insulta reiteradamente cuando estos se personan.

La Ertzaintza, cuando la situación es grave, traslada a ese menor a un centro de la Diputación -al que llaman centro 0- y comienza a partir de ahí el estudio de una circunstancia que siempre es compleja.

La violencia intrafamiliar es una de las tipologías que establece el instrumento Balora, el decreto del Gobierno Vasco utilizado para determinar la urgencia.

Las situaciones de maltrato se categorizan en tres niveles: leves, moderadas o graves. Las dos primeras son competencia de los Ayuntamientos, que trasladan a la Diputación Foral de Gipuzkoa las relaciones familiares más complejas. “El primer paso es pedirles calma, ver qué posibilidades hay de trabajar la convivencia y tratar de esclarecer si se han agotado todas las vías. Se les pregunta si han hecho terapia o han contado con ayuda profesional que les haya podido ayudar a sobrellevar las dificultades”, explica Agiriano.

entorno familiarSi el menor se puede mantener en el entorno familiar, la Diputación activa el programa Bideratu y se pone en marcha una intervención, normalmente mediante un terapeuta que puede estar apoyado por un educador social. El objetivo de este planteamiento es conseguir que esos factores de tensión, conflicto y mala crianza se puedan revertir de tal manera que los padres adquieran las habilidades necesarias.

Son programas de intervención con una duración de seis meses prorrogables hasta los 24. Por lo general, no se suele agotar ese plazo, aunque hay situaciones que se enquistan. “Tiene que haber una colaboración. Hay padres que te dicen que están dispuestos a hacer lo que sea, pero a la hora de abordar el conflicto latente no están por la labor de afrontar la potentísima crisis de pareja que ha provocado el resto”, observa el jefe de Servicio.

Igor Santamaría es el director del programa Bideratu, de intervención psicosocial de la Diputación que atiende los casos más graves. El psicólogo explica que cada vez atienden más episodios de “maltrato psíquico por triangulación”, de padres inmersos en un contencioso de separación con hijos de por medio. Estos menores, que en un principio no son agresores, acaban devolviendo a sus progenitores toda la violencia que han vivido desde la infancia una vez que llegan a la adolescencia.

Es una agresividad que no surge de la nada. Muchos menores son manipulados psicológicamente durante largos litigios de separación. Cuando la situación se hace ingobernable es cuando el caso llega a la Diputación. “Cualquiera se puede imaginar el recorrido que han realizado estos menores. Durante muchos años sus padres han estado muy mal hasta que deciden separarse, y para cuando llegan aquí lo hacen en una situación de maltrato psicológico que se ha ido agudizando”, detalla el psicólogo.

Así, alcanzados los 16 años no solo pasan de sus padres sino que estos adolescentes se enfrentan a ellos “porque han conocido la agresividad en casa como una herramienta habitual en la relación”, añade Agiriano.

Surge entonces una “sintomatología externalizante”, con conductas agresivas y delincuentes. Parte de estos chavales vienen del fracaso escolar y comienzan con pequeños escarceos de consumos inhabilitantes. Casi todos cuentan con expedientes de reforma juvenil. En el caso de las chicas, según indican desde la Diputación, suele ser más habitual la respuesta hacia adentro: quejas somáticas, ansiedad, depresión o aislamiento.

“Toda esa tensión en casa les ha ido generando mucho malestar, y es muy importante ayudarles a poner palabras a lo que les ocurre, porque ese malestar lo llevan al acto. Se sienten mal, no saben por qué, y lo acaban exteriorizando pegándose con otros jóvenes o con sus propios padres. Es una constante en los chavales que atendemos. Nuestro trabajo fundamental es intentar ayudarles a dar ese paso previo de manera que puedan verbalizar qué les ocurre. Y en la medida que lo entienden, no se ven obligados a actuar tan violentamente”, dice Santamaría.


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