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William Finnegan | Periodista y Surfista, premio pulitzer de biografía

“Siento un miedo y excitación similar ante una gran ola y ante un reportaje peligroso”

El Gremio de Libreros de Gipuzkoa entregará hoy el Premio Euskadi de Plata 2017 al reportero y surfista William Finnegan por ‘Años salvajes’ (Libros del Asteroide)

Juan G. Andrés - Viernes, 26 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:18h

El periodista y surfista William Finnegan recibirá hoy el premio del Gremio de Libreros de Gipuzkoa.

El periodista y surfista William Finnegan recibirá hoy el premio del Gremio de Libreros de Gipuzkoa. (Javi Colmenero)

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El periodista y surfista William Finnegan recibirá hoy el premio del Gremio de Libreros de Gipuzkoa.

Donostia- Descalzo sobre la abrasadora arena de la Zurriola, William Finnegan (Nueva York, 1953) posa ante una nube de cámaras y fotógrafos. En la mano derecha sujeta una tabla de surf, y en la izquierda, Años salvajes, la obra que le valió el Premio Pulitzer de Biografía 2016. En sus tres décadas como reportero del semanario The New Yorker, el estadounidense ha escrito sobre el apartheid, la política latinoamericana, la pobreza en EEUU, la guerra de los Balcanes y todo tipo de conflictos. Sin embargo, las 600 páginas de este volumen relatan medio siglo de emocionante aventura surfista y vital salpicada de olas asesinas, roces familiares, viajes a paraísos perdidos, tiburones, percances acuáticos, amistades inquebrantables y buen periodismo.

“Cuando uno surfea tiene que vivir y respirar entre las olas. Si es necesario, dejas de ir a la universidad, pierdes el trabajo, pierdes a tus novias”. Así pensaba usted de joven: el surf le ha dado cantidad de cosas pero también le ha quitado mucho...

-Sí, ha jugado diferentes papeles a lo largo de mi vida. A los doce o trece años ya me tomaba muy serio el surf en Hawai, donde hay olas grandes y me pasaba mucho tiempo en el agua. Después llegaron los viajes por todo el mundo y una serie de experiencias muy intensas de miedo y de retos personales que no podía explicar a mi familia porque no los habrían entendido. Eso hizo que me separara de ellos quizá más pronto de lo normal...

A cambio, le ayudó a forjar amistades muy fuertes...

-Sí, todas ellas masculinas. Había mujeres en el surf, claro, pero los amigos que he hecho en este mundo han sido todos hombres. El libro revela también una evolución de esas amistades, que en la juventud eran más intensas e incluso competitivas pero que ahora son más maduras y dan más pie al reconocimiento del otro.

En varias ocasiones se define a sí mismo como “egoísta”. ¿Es el surf más propenso al egoísmo que otros deportes?

-No es un deporte de equipo, por lo que no tiene ese sentido social, pero como decía, en mi caso ha sido la base de grandes amistades. Es cierto que el surf es un modo completamente inútil, improductivo y ridículo de perder tu tiempo, es imposible de justificar socialmente. Puede ser terrible y desastroso para la vida familiar, laboral y de pareja. Conozco a cierta gente obsesionada con la montaña o con un equipo de fútbol de maneras que también pueden resultar destructivas. Este deporte es quizá único en su sinsentido porque es algo que haces una y otra vez sin motivo aparente. Y no hablo de las competiciones organizadas, que no tienen nada que ver con la vida de la mayor parte de los surfistas, que más bien buscan un momento de trascendencia o magnificencia.

En el libro aparecen adictos al surf que no ven un riesgo real de muerte ni en las olas más peligrosas. La suya es una obsesión enfermiza...

-Las personas que conozco que han llevado la obsesión del surf al límite han terminado convirtiéndose en gente triste, y no sólo por las consecuencias físicas: el surf puede destruir tu cuerpo, tu piel tus ojos, tus oídos... -yo tengo todos esos problemas y conozco a gente que incluso ha sufrido cáncer de piel-. Si es la única cosa que haces -y sé de gente de mi edad que sólo se dedica a surfear- se convierte en algo triste. Aunque pueda tener un punto artístico, esa obsesión te vuelve antisocial, te impide tener una vida plena. Por eso, esa gente me provoca más pena que admiración y cuando alguna madre me pide consejo sobre sus hijos obsesionados con el surf, siempre les digo lo mismo: “Que vayan al colegio, a la universidad y cultiven otros ámbitos de su vida”.

Honolua, Kirra, Nias, Tavarua, Jeffrey’s... Ninguna era la ola perfecta porque, según sostiene en el libro, no existe tal ola.

-Exacto, no existe, pero todas esas olas son muy grandes, mejores que buenas. Algunas ya no existen porque han sido destruidas por la mano del hombre, pero me siento afortunado por haberlas podido surfear o por haberlas disfrutado cuando nadie las conocía: hoy en día están masificadas, llenas de jóvenes y agresivos surfistas que hacen que ya no sea divertido.

Si no existe la ola perfecta, ¿qué fue a buscar en esa apasionante “cacería de olas sin fecha final” que duró tres años y le llevó a Samoa, Indonesia, Fiyi, Java, Australia...?

-Cazar olas es una experiencia de belleza que yo equiparo a la belleza en el arte: no estás buscando la pintura perfecta, sino una gran pintura. En el surf es igual. Para mí, hay buenos sitio de grandes olas que son como una obra de Rembrandt, de Beethoven o de Bach. Cuando estoy dentro de ella, aunque lo que hago es algo atlético, procuro llegar a lo más profundo de la ola para empaparme de su increíble belleza.

Y es entonces, confiesa en ‘Años salvajes’, cuando se siente inmortal...

-(Sonríe ampliamente) En ese momento sí.

¿El surf le ha enseñado también a lidiar con la frustración?

-Sí, sí... Porque esos momentos de belleza de los que hablaba no son nada habituales, ocurren muy pocas veces, una vez cada cinco años o así... La mayor parte de las veces vas a un sitio y es frustrante porque las olas no son como quieres, el viento sopla en otra dirección... Como aquí. (Se refiere a la playa de la Zurriola, donde reina la calma chicha)

¿Cómo vive el surf a sus 64 años?

-De joven el surf era algo más inconsciente y más central en mi vida, y ahora es más consciente y menos central. De todos modos, vivo en Nueva York y cuando en algún pico cercano hay olas y no surfeo, me siento fatal y pienso: “¿Por qué no estoy allí? ¿Por qué no he cambiado mi agenda?” Luego algunos de mis amigos que no dejan escapar ninguna buena jornada de surf, me atormentan con las olas tan magníficas que han pillado. (Risas)

¿Qué ocurrirá, si llega, el día que no pueda subirse a la tabla?

-No sé... (Pensativo) Conozco a tipos de ochenta y tantos años que siguen surfeando, siempre con longboards (tablas más grandes y estables), que por otra parte son las únicas que existían en los años 60, cuando empecé en esto. Luego apareció la tabla corta y todos cambiamos: empezamos a surfear de otra manera. De momento, me resisto a cambiar de tipo de tabla, es por una especie de orgullo estúpido, pero lo cierto es que a mi edad cada vez resulta más difícil utilizar la tabla corta.

Pero a juzgar por el hermoso y crepuscular final del libro, no tiene ninguna intención de dejar de surfear, aunque tenga que hacerlo con ayuda de gente más joven o, dentro de poco, quizá, con una tabla larga...

-(Risas) Sí, sí, creo que debería ser realista y comprarme una longboard. ¡Sería un síntoma de madurez por mi parte! (Risas) Tengo que hacerlo. ¡El año que viene! (Habla en castellano)

Salgamos del agua y hablemos de su profesión. Periodísticamente, ¿cuáles son las ‘olas’ más peligrosas que ha surfeado? ¿Qué trabajos serían equiparables a las “olas asesinas” de, por ejemplo, Madeira?

-Uno de los lugares más peligrosos ha sido Somalia, especialmente por el riesgo de secuestro y por la paranoia de mucha de la gente con la que quería hablar... También he estado varias veces en México, en zonas bajo el control de los cárteles... Desde fuera no parece tan arriesgado y aparentemente hay menos violencia que en otros lugares del país. Pero en realidad, las mafias lo controlan todo y han suplantado al Estado. Los criminales son la autoridad, la gente de a pie les prefiere al Estado o al Ejército, y recurre a ellos para todo, incluso para pedir justicia. Es tremendo.

En esos reportajes peligrosos, como en el surf, ¿es necesario saber cuándo parar?

-Sí, claro. En un país como Somalia, donde aún hoy no hay gobierno, a cada paso encuentras controles de carretera vigilados por chicos jóvenes armados hasta los dientes. Conviene saber a qué señor de la guerra sirven y en la medida de lo posible -no es fácil controlar mucho esas cosas-, has de saber con quién estás y con quién te vas a encontrar, y también cuándo parar y cuándo quedarte en la habitación del hotel.

¿El surf y ese tipo de trabajos arriesgados pueden provocar subidones de adrenalina parecidos?

-A veces sí. En septiembre estuve en Venezuela para cubrir un día de fuertes protestas contra el gobierno. También tenía que visitar barrios muy peligrosos en los que son frecuentes los secuestros... No llevé cartera ni nada que me identificara, sólo un papel en el bolsillo con algunos nombres y unos números de teléfono de personas de EEUU que hablan español;en caso de ser capturado, el secuestrador podría llamar allí y hablar con gente que sabe qué hacer y cómo se negocia en esos casos. Como reportero, cuando te preparas para un día así los sentimientos son similares a los que tienes cuando te levantas un día y ves que hay grandes olas. Por un lado, mientras le das parafina a la tabla estás excitado, pero por otro, sientes un poco de miedo por lo que pueda llegar a pasar.

¿Qué temas ha escrito últimamente para ‘The New Yorker’?

-La semana pasada se publicó una gran historia que me ha llevado un año. Es sobre Zainab Ahmad, una fiscal federal, musulmana de origen paquistaní, que lleva casos de terrorismo. Empecé a preparar su perfil cuando Donald Trump, antes de ser elegido presidente, no dejaba de decir cosas increíbles contra los musulmanes, a quienes quería impedir la entrada en el país. Me interesaba la figura de esta mujer cuyo trabajo es ayudar a crear una alternativa a la infame cárcel de Guantánamo. Ella ha luchado increíblemente para intentar que los temas de terrorismo se resuelvan en la justicia ordinaria y no en lugares como Guantánamo, pero tras la elección de Trump sus aspiraciones se han frustrado porque el presidente y el fiscal general de los EEUU, Jeff Sessions, quieren potenciar Guantánamo e incluso invertir más dinero allí.

El miércoles ese mismo presidente se reunió con el Papa Francisco y le regaló varios libros de Martin Luther King. Parece una broma...

-Sí, una broma muy pesada. Trump no ha leído ni un libro en su vida, no puede leer. Tal vez podría intentarlo con algo de esta extensión (señala las cuatro primeras preguntas del cuestionario de la entrevista) pero no más. Conozco a varios negrosque han escrito los libros que llevan su firma y todos dicen que no puede leer: ni siquiera ha leído sus propios libros porque no puede concentrarse: se informa exclusivamente a través de la televisión.

¿Y sobre qué tema de la era Trump le gustaría escribir? ¿Sobre el muro que quiere construir México?

-He escrito mucho sobre inmigración y a menudo firmo columnas breves de opinión sobre política en las que aparece Trump. A veces digo que me gustaría investigar sobre los escándalos y las crisis diarias de Washington, pero ya hay muchos reporteros trabajando en ello, así que no es la mejor idea. Por eso prefiero que mis proyectos más largos estén protagonizados por gente como la fiscal musulmana, que intenta cosas importantes contra las ideas y las políticas de Trump.


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