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la retirada de martínez de irujo

El peor rival, el mejor compañero

Después de casi 14 años en la pelota a mano profesional, Juan Martínez de Irujo, el gran revolucionario, se retira como una leyenda de la historia del deporte

Un reportaje de Igor G. Vico - Jueves, 25 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:56h

Irujo y Aimar marcaron una época.

Irujo y Aimar marcaron una época. (J.M.M.)

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Irujo y Aimar marcaron una época.

El 9 de abril de 2016 se le paró el reloj competitivo a Juan Martínez de Irujo (Ibero, 4/11/1981) y, mientras tanto, por el retrovisor observaba un tráiler de txapelas: cinco del Manomanista, tres del Cuatro y Medio y otras cinco del Parejas, con cuatro zagueros distintos. Aquel día, en una final, la del Parejas, se le fracturó el dedo corazón de la mano derecha por tres sitios. El dolor inicial fue una tortura que le provocó una reacción volcánica: irse de la cancha a todo correr, con una patada a la puerta del frontón. La vibración le entró hasta el codo. El mal golpe dio al traste aquella final, que jugó con Beñat Rezusta, el último compañero en ver al navarro vestido de blanco. Después de aquella rotura, Martínez de Irujo, siempre bravo, volvió a salir, se probó y jugó unos tantos más. El umbral del dolor, más alto que el Burj Khalifa de Dubai, una mole de más de 800 metros. Irujo dijo que no podía seguir. Pulsó el stopcon el 16-10. Lógico. La mano derecha era un avispero. Después, llegó lo del corazón.

Casualmente, aquel encuentro lo disputó frente a Aimar Olaizola, el adversario con el que ha marcado una época en la mano profesional. Ante el pelotari de Goizueta, Irujo disputó 13 de las 23 finales en las que tomó parte -ocho del Manomanista y del Cuatro y Medio y siete del Parejas-. En ese mismo número de ocasiones, 13, salió campeón -cinco del Manomanista (2004, 2006, 2009, 2010 y 2014), tres del Cuatro y Medio (2006, 2010 y 2014) y cinco del Parejas (2005, 2006, 2009, 2013 y 2014)-. Poseedor de la Triple Corona y único manista capaz de conseguirlo dos veces en un solo año (2006 y 2014), su pose eléctrica fue una revolución para la pelota. Desgrana Abel Barriola, compañero con el que levantó uno de sus últimos cetros, el del Parejas de 2014, que “es el pelotari más espectacular que he conocido”.

Y es que, la ferocidad de su juego fue lo que caracterizó cada asalto al frontón. Martínez de Irujo, el del umbral kilométrico, era potencia e imaginación: músculos de haltera y cerebro de artista circense. El más difícil todavía era solo una estación más para el iberoarra, escapista en situaciones de riesgo, obrero de la construcción en el mano a mano, escultor de obras de arte efímeras, que duran un segundo. Un parpadeo. Y nada. Tac. Efímero. Se acabó. Un segundo de arte en un gancho desde el cuatro y medio. Revela Jokin Etxaniz, su técnico y su amigo, que era “imprevisible”, pero, si hacía algo, era “porque él lo veía así y podía”. “Muchas veces tratábamos de trazar la estrategia, pero luego todo cambiaba porque Juan veía las cosas de modo natural en la cancha”, agrega.

Martínez de Irujo debutó más tarde de lo habitual con las empresas profesionales, que ya empezaban a gestar la política de reclutar a chavales que apenas rondaban la veintena. El delantero de Ibero se estrenó el 6 de junio de 2003 en el frontón Labrit de Pamplona con Aspe y quiso firmar un contrato corto porque, si veía que no servía, podía meterse a otra cosa. Sí valía. El navarro, al que en aficionados no se le puso el cartel de estrella a pesar de pelearlo todos los días, casi provoca que coloquen un desfibrilador en La Bombonera. En su debut, tras un 21 iguales, restó el último saque de aire. ¡Sacrilegio! ¡Locura! “Tiene una cabeza privilegiada”, remacha Etxaniz. Aquel día se inició una leyenda. Ganó el partido. Bendita locura.

Tal fue la expectación que generó que en invierno fue de la partida en el Parejas de Primera junto a Oskar Lasa. En unos meses pasó de neófito a estelarista. Y cumplió hasta la final, que no ganó. El borrón de un escribano. Pero se guardaba la mejor carta para después. Con la llegada del Manomanista de 2004, Aspe le dejó un hueco y su padre, Juan Ángel, y Jokin Etxaniz le sugirieron que no participara, pero Juan quiso probarse. La rebelión del individual llegó entonces. Con una gripe de espanto, sufrió ante Agirre en Barakaldo en primera ronda, pero supo reponerse. Ganó la txapela en su primer campeonato, cuestión que igualó Iker Irribarria en 2016, quien espeta que “se va un ídolo que representa mucho para la pelota”. Su modo de entrar al saque, el sotamano, el frenetismo absoluto de su propuesta, una pegada descomunal, el besagain de zurda y el remate le granjearon la txapela.

Después de aquel primer año, el delantero navarro no bajó el pie del acelerador. Continuó con su modo de juego e hizo daño a todos. La pelota, incluido el material, cambió a su son. El carisma, la manera de transmitir, cautivó a un nuevo pelotazale más moderno. “Es el gran revolucionario”, le dicen sus compañeros. Con él se empezó a evitar el juego a bote y todos los que no se adaptaron fueron perdiendo su sitio.

Martínez de Irujo encontró la horma de su zapato en Olaizola II, contra el que protagonizó un enfrentamiento en la cancha que trascenderá a los libros de historia. Llenaron frontones hasta la bandera y provocaron que las entradas para las finales volaran en un solo día. Eso, ahora mismo, parece algo del pasado.

Juan, de físico privilegiado, también es trabajo. Consiguió apartar los problemas de manos e, incluso, sobreponerse a ellos: en 2014, por ejemplo, ganó el Parejas y el Manomanista con la zurda “más que tocada”. “Juan es el mejor compañero, pero el peor rival”, espetan. Martínez de Irujo, el imprevisible. Martínez de Irujo, el campeón. Martínez de Irujo, rumbo a la historia.


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