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Jose Lainez y Concha Martínez | coreógrafos y bailarines donostiarras

“La necesidad de crear surge de preguntas sin respuesta;todavía no sabemos qué es la danza”

Los “nervios” ante el acto del próximo sábado en Olite están a flor de piel en la primera pareja que se alza con el Premio Príncipe de Viana de la Cultura

Paula Etxeberria - Miércoles, 24 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:14h

Concha Martínez y Jose Lainez, en el puente que conecta el Monasterio Viejo de San Pedro con las huertas de Aranzadi.

Concha Martínez y Jose Lainez, en el puente que conecta el Monasterio Viejo de San Pedro con las huertas de Aranzadi. (UNAI BEROIZ)

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Concha Martínez y Jose Lainez, en el puente que conecta el Monasterio Viejo de San Pedro con las huertas de Aranzadi.

pamplona- Charlar con los Lainez, donostiarras afincados en el valle navarro de Etxauri, es disfrutar de la cercanía y la autenticidad. La misma con la que, en su día, revolucionaron la danza sin proponérselo, derribando las barreras existentes entre el arte y la vida. Y vaya si ha valido la pena. “Volveríamos a hacerlo”, dicen sin pestañear. Y, lo mejor, se han divertido haciéndolo. Sus sonrisas lo reflejan mientras recuerdan aquellos tiempos en los que fueron pioneros, rompedores, vanguardistas. Su pasión y su trabajo disciplinado y honesto, auténtico, les ha hecho merecedores del Premio Príncipe de Viana de la Cultura 2017. Lo recibirán en el Palacio Real de Olite en compañía de sus familias, venidas de Donostia y de Valencia, donde viven los dos hijos de Concha y Jose, David y Alfonso Lainez Martínez, y el único nieto que tienen, de nueve años.

Nunca han sido muy amigos de los protocolos, del hecho de recibir galardones;incluso una vez en Sitges se escabulleron de la entrega de un premio...

-(Ríen) Jose Lainez: Sí, nos escaqueamos, y eso que era un premio importante, el Premio Internacional de Teatro de Sitges, para un montaje que hice con la compañía TEN (Teatro Estable de Navarra). Pero como esos rollos de los premios no me gustan...

¿Cómo se sienten a una semana de recibir el Príncipe de Viana?

-Concha Martínez: Nerviosos.

-J.L.: Sí, seguimos nerviosos, como cuando nos dieron la noticia, pero muy contentos porque es bueno para la danza. A ver si le hacen un poco más de caso de vez en cuando.

¿Saben ya cómo enfocarán su discurso en Olite?

-J.L.: No, porque como nunca hemos hablado en público y no nos gusta nada, y bailar ya no podemos porque estamos viejos... (Ríe) Aparte de los agradecimientos, aún no tenemos claro qué surgirá. Contar otra vez toda nuestra historia es un rollo;nos gustaría enfocarlo en qué va a pasar con nosotros a partir del premio en adelante, porque con la danza en Navarra sabemos que va a ir muy bien.

¿Y con los Lainez?

-J.L.: No lo sé, no sé lo que haremos.

Es la primera vez que el Premio Príncipe de Viana de la Cultura se otorga a dos personas, un tándem indisoluble y perfecto en este caso...

-J.L.: Sí, siempre hemos trabajado juntos, desde que empezamos a hacer danza en la escuela de Uruñuela en Donostia, hace 59 años. (Concha ríe)

¿Qué se han aportado mutuamente en el trabajo con la danza?

-J.L.: Es que nos entendemos de maravilla;ella me mira y ya sabe lo que voy a hacer y lo que ella tiene que trabajar para que lo que he pensado se ponga en marcha, como la maquinaria de un reloj, ajustándose unas piezas con otras. La labor de Concha es mucho más importante de lo que ella cree.

-C.M.: Trabajar con Jose para mí siempre ha sido tan natural, que nunca me ha supuesto ningún esfuerzo. La danza nos unió, cuando éramos unos críos de 16 y 18 años, y ese ha sido nuestro mundo. Sin forzar nada. Simplemente teníamos claro que queríamos bailar, y que íbamos a hacerlo por encima de todo. A partir de ahí todo surgió de una manera natural.

Hablamos de danza, pero en su caso es mucho más que danza, incluso el término teatro se queda limitado. Es riesgo, es arte. Es vida...

-J.L.: Sí, es mi forma de trabajar. Yo no me pongo ninguna cortapisa cuando monto un espectáculo, lo que me viene a la cabeza lo realizo. Si sobra alguna cosa, doña Concha, como digo yo, me dice: “Oye, Jose, me parece que esto es muy largo...” Y me amparo en todo lo necesario para expresar lo que quiero expresar: si tengo que hacer danza clásica en un momento dado, la utilizo;si tengo que hablar, hablo;si tengo que cantar, canto;la pintura siempre aparece por medio, me ayuda mirar los cuadros para fijar el ritmo del espectáculo, y hacer una disección de los trazos, los colores, los contrastes, para aplicarlo luego al movimiento de los bailarines, si es que hay movimiento. Que tampoco me preocupa que un espectáculo tenga mucho o poco movimiento.

La expresión es lo más importante.

-J.L.: Sí, y sobre todo la emoción. Que el público que asista no vea una cosa que le cuentan y en la que le dan ya todo hecho, sino que tenga que pensar él también.

Y que esa expresión resulte creíble en el escenario...

-C.M.: Sí. El movimiento, si es que hay movimiento, tiene que aportar la credibilidad al público. También es importantísimo cómo estén hilvanadas todas las partes de la obra. Y para eso Jose es un mago. Cuando íbamos a ensayar, no entendíamos nada: Jose cogía un trozo de aquí, otro de allá... y de pronto un día decía: hoy voy a unirlo todo. Y veías cómo se entrelazaba todo de una forma natural, con lo complejo que había sido el proceso de creación. Eso es muy difícil de conseguir.

¿Es cuestión de tener un don o es trabajo, trabajo...?

-J.L.: Y trabajo. Desde luego. A veces me decían: “Monta tú esta coreografía que te salen tan fácil...”Y no es así. Cada vez que voy a empezar una coreografía yo paso un miedo terrible, pienso que no voy a hacerla, y cuando estreno un ballet en el escenario, al terminar, siento que me he quedado seco. Pum. Que ya nunca más voy a poder hacer nada.

Pero en el proceso de creación, Jose, siempre ha dicho que se lo pasa muy bien. No será tan tormentoso...

-J.L.: No, es bonito. Y me lo paso muy bien. Primero, cuando creo en mi interior, en casa, siendo yo mismo mi público, con dibujos, escritos y todo esto... creando por fragmentos... Y luego, cuando lo uno todo mentalmente para plasmarlo delante de los bailarines, que son los que lo tienen que hacer. Hay que tener psicología para darle a cada uno la parte que creo que puede hacer. Le digo: “Toma esto, a ver cómo lo haces”. Eso es lo más bonito.

¿La formación clásica tiene que estar en el origen de la danza?

-J.L.: No siempre. En eso hay dudas...

-C.M.: Yo no sé si es necesario que esté, pero sí es muy importante. Porque la danza clásica te crea una autodisciplina muy fuerte, y un esfuerzo, que en la danza es muy importante, y sobre todo crea unas bases físicas importantes para poder hacer luego con el cuerpo lo que quieras hacer...

-J.L.: En una cosa que estoy escribiendo ahora, de la que no sé si saldrá un ballet o un teatro o qué, digo que “la danza clásica para este montaje ya no me sirve”. Pero sí puede ser muy buena para tener una disciplina y una preparación del cuerpo. Aunque luego ves a la gente que hace hip hop y es increíble, y no han hecho barra ni nada... La danza que a mí me interesa es la que sale de las entrañas más profundas del cuerpo y de la mente de uno, esa es la danza de verdad.

Eligieron ser rompedores en la Donostia de los años 70, y más tarde en una Pamplona conservadora... ¿Qué fue lo más difícil?

-C.M.: No elegimos nada. Nunca fue nuestra intención romper ni ser vanguardistas.

-J.L.: Yo no he pensado nunca en todo eso ni me ha importado jamás. Yo hago lo que me da la gana, cuando quiero y como quiero, y el que no quiera no vendrá a verlo o no lo hará.

¿Pero eran conscientes de que estaban siendo rompedores?

-C.M.: Sí, porque el público te decía: “Esto no lo había visto nunca”. Pero nuestra intención nunca fue romper con nada.

-J.L.: En Donostia, en el año 70, yo en mi vida había montado una coreografía... Y un día dije: “Voy a probar a ver qué hago”. Para nosotros ha sido una experimentación constante. Ya de Holanda veníamos con una visión diferente, allí se nos abrieron nuevos caminos, y cuando eso ocurre, te dices: no voy a estar contando historias de príncipes cuando en las calles hay tal cantidad de problemas...

-C.M.: Y porque lo que estás viendo te atrae mucho más que El lago de los cisnes, siendoEl lago una obra maestra, que no le quito nada...

-J.L.: Concha, los dos habremos bailado 150 veces El Lago de los cisnes...

Y es precioso de ver.

-J.L.: Sí, a mí también me gusta verlo, pero bien hecho, ¿eh?

-C.M.: Sí, porque a veces se ve cada cosa que dices: “¿Por qué he venido?” Pero cuando está bien hecho es una maravilla, son piezas únicas.

Para el público es más fácil de ver, de mirar y admirar lo que es bello. Su reto fue precisamente conectar con el público a través de montajes que no eran bellos ni agradables...

-J.L.: Sí, eran todo lo contrario.

-C.M.: En Donostia, con Anexa, fue sorprendente: nunca se había visto una compañía que bailara con música de Bob Dylan o de los Rolling Stones, o con música contemporánea, de Stockhausen... Eso ya sorprendía, pero aparte de sorprender, al parecer, es que les encantaba.

-J.L.: O hacer un ballet de casi media hora sin música, como Volvox-con Anexa-. O un ballet que representara la homosexualidad en aquel momento, con la censura que había...

-C.M.: Jose nunca ha tenido miedo a nada. Hay que ser muy valiente para hacer muchas de las cosas que él ha hecho, y sobre todo en aquel tiempo. Él se lanzaba, decía: “Si les gusta, bien;y si no, pues no pasa nada”.

Sufrieron la censura en varios montajes.

-(Ríen) C.M.: Sí, solíamos engañarla. Con el vestuario, por ejemplo...

-J.L.: Imagínate hace 47 años, en los 70, montar un ballet en el que los bailarines salían solamente con slip, en aquel tiempo... mucha gente iba solamente por ver eso... (Ríen) Pero lo que me influenció mucho a mí fue el teatro independiente, porque en aquel tiempo de ballet había muy poca cosa, pero sí había un movimiento muy fuerte de teatro independiente, por las universidades sobre todo... entonces empezaban Els Joglars, Los Goliardos... y nosotros entramos en esa cadena. Era impresionante. Entonces piensas: “¿Y por qué la danza tiene que estar separada de las otras artes?” Si a mí me apetece hacer danza pero, en parte, quizá no teatro pero sí que el intérprete, en escena, en vez de moverse para expresar algo, lo diga y así se entiende antes...

¿Y hoy siguen viendo a la danza separada?

-J.L.: Sí. Deberían hacer un centro donde estén las artes juntas: teatro, danza y música. Aunque cada una tenga independientemente lo suyo.

Sus montajes con Anexa, Yauzkari y luego con Pie Juntoapie fueron muy críticos y comprometidos...

-J.L.: Reflejaba los problemas que veía que había. Los veía a diario, estaban en la calle. Los años 70 y 80 fueron terribles.

¿Falta hoy espíritu crítico en el arte?

-J.L.: No, yo creo que se ven cosas muy interesantes, se está volviendo mucho a aquella época.

Los problemas son los mismos.

-J.L.: O peores.

La soledad del individuo y su alienación mental y social, la represión del poder y la falta de libertad, la violencia, la agresividad del ser humano, la muerte a veces como única salida... Las cuestiones que planteaban con sus montajes, ¿siguen latentes? ¿Siguen siendo preguntas sin respuestas?

-J.L.: Sí. Preguntas, yo, muchas;si no, no haría nada. Todavía no sé qué es la danza. Yo me pregunto a mí mismo cosas y de ahí parte la necesidad de crear. Luego que los demás no lo entiendan o no, allá cada cual.

En su trayectoria han llevado la danza a sitios muy inusuales: una estación de tren, una playa, un castillo, una iglesia, una galería de arte...

-J.L.: El cuartel de Loyola... Mira, se salvó de la mili uno de los bailarines porque al capitán le cayó bien. (Ríen)

Ahora ya no se ven estas cosas...

-C.M.: Ya. Jose tiene la capacidad de ver eso, cualquier espacio puede hacerlo interesante para la danza... De todas formas, es que entonces no había espacios para la danza, y si querías bailar tenías que hacerlo en cualquier parte. Pero hoy hay muchos escenarios, por eso se buscan menos esos espacios alternativos...

-J.L.: Yo me acuerdo de bailar en Gernika con Anexa descalzos en un frontón de piedra y arenisca, los pies salieron hechos polvo... Es que me gusta mucho todo eso. Voy por la calle y veo un sitio y digo: qué lugar más majo para bailar, yo haría aquí tal o cual cosa... Tener al público cerca es muy bonito y muy inspirador. Porque muchos espacios ya en sí crean una barrera entre el bailarín o intérprete y el público;tú subes al escenario y miras al frente y no ves al público, ves una masa negra, y es como tener a unos jueces enfrente que no sabes si viven, si están muertos, si están en el teatro o están pensando en otra cosa... Hay que romper esa barrera, y a mí eso siempre me ha encantado.

¿Qué necesidades perciben hoy en los bailarines y coreógrafos? En su época de esplendor había una falta total de apoyo oficial...

-J.L.: Ahora hay más apoyo, pero ellos siguen quejándose de que es poco. Hacen falta circuitos de programación, más que subvenciones, para que los montajes lleguen a más gente.

-C.M.: Nosotros fuimos siempre grupos, y hoy en día por lo que parece no pueden trabajar así. Trabajan con dos bailarines como mucho... por las dificultades económicas.

Pero en los 70 y 80 también tenían esas dificultades...

-J.L.: En Anexa estuvimos no sé cuánto tiempo con una peseta en el bolsillo. Siempre he tenido que decirlo: los bailarines también comen.

A veces las cosas más interesantes se crean en esos estados más precarios, menos acomodados.

-J.L.: Sí, porque es cuando la imaginación vuela.

-C.M.: Nosotros hemos tenido la gran suerte, tanto en Anexa como en Yauzkari, de tener gente que lo ha dado todo sin pedir nada. Nadie, nadie ha cobrado nada.

-J.L.: Es que no teníamos.

-C.M.: Y hoy en día mantener grupos así, con esa disciplina diaria y sin unas ayudas que lo sostengan, es impensable. Nosotros lo hicimos, no sé cómo, quizá pudo el entusiasmo.

Fue más fuerte la pasión que la necesidad económica.

-C.M.: Sí. Desde luego, si no pones pasión en lo que haces, ya sea danza o cualquier otra cosa, consigues muy poco.


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