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RESACA

Una celebración de campeonato

| El gol de Juanmi no valió un título ni un pasaporte para la Champions League, pero provocó un estallido de alegría en su afición a la altura de muy pocos tantos

Mikel Recalde - Martes, 23 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:14h

Illarra, al igual que otros jugadores realistas, firmó autógrafos a la salida de Balaídos.

Illarra, al igual que otros jugadores realistas, firmó autógrafos a la salida de Balaídos. (Foto: N.G.)

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Illarra, al igual que otros jugadores realistas, firmó autógrafos a la salida de Balaídos.Los seguidores realistas animaron al equipo durante todo el día en Vigo.La plantilla de la Real posó, al final del partido contra el Celta, sobre el césped de Balaídos, con la afición txuri-urdin en la grada al fondo.

vigo- No fue el gol de Zamora ni valió la Liga, pero sonó y se celebró casi como si lo fuese. Tampoco creo que sea bueno ni acertado compararlos ni relacionarlos en exceso, porque lo de Gijón resultó simplemente inigualable. Sin duda, el momento histórico del club. El gol de todos los realistas. Tampoco me parece correcto ponerlo a la misma altura de los que pudieron llegar en 2003 cuando los de Denoueix se jugaban sellar su tercer título de Liga. Los dos que anotó Nihat solo sirvieron para recortar diferencias en plena agonía. No es lo mismo, no.

Esto no quita para que Gipuzkoa entera festejase y gritase a lo grande el cabezazo de Juanmi. Marcar un gol en la prolongación del último encuentro de Liga tiene un solo nombre, es hacerlo a lo Zamora. Vamos a ver si hablamos con propiedad y nos dejamos de comparaciones modernas con Sergio Ramos. Y aunque las generaciones actuales no lo hayan vivido, seguro que sus aitas y aitonas les han contado que aquel disparo del 10 del equipo de oro fue simplemente un instante único e irrepetible. Supongo que porque nada sabe mejor que el primer título, sobre todo si lo logras de esta factura.

Vayamos al momento. La Real y los 300 héroes que habían recorrido los 800 kilómetros que separan Donostia de Vigo lo habían pasado mal en la segunda parte. El Celta estaba siendo superior y los txuri-urdin habían perdonado mucho antes del descanso con cuatro oportunidades que no se pueden dejar escapar en días definitivos. El gol de Mikel Oyarzabal, a falta de ocho minutos para el final, fue tan celebrado que incluso sorprendió a una afición celtiña cuya mayoría, hasta escuchar esos gritos y esos apasionados abrazos, no era consciente de lo que se estaba jugando su visitante.

Los hinchas blanquiazules no tardaron en volver a tener la mosca detrás de la oreja. Sus jugadores comenzaron a perder tiempo deliberadamente con el objetivo de mantener el empate cuando el Athletic solo iba perdiendo 2-1. Los nervios se notaban, tanto en el campo como en la grada, sobre todo con las decisiones de un Sánchez Martínez que tuvo una actitud lamentable con los blanquiazules. A falta de dos minutos para el 90, llegó una gran noticia. ¡Gol del Atlético! 3-1. Y además de Correa, que suena como posible refuerzo txuri-urdin. Cuando todavía no habíamos tenido tiempo para asimilarlo, el danés de nombre impronunciable (Hjulsager), que necesitaba reivindicarse después de haber llegado en diciembre y no haber tenido protagonismo, engatillaba ese disparo que se coló como un obús en el marco realista.

Los guipuzcoanos no se lo podían creer. Las imágenes en la grada eran desalentadoras. Otro mazazo más para la lista negra. Lo cierto es que varios de los blanquiazules reaccionaron de inmediato para intentar sacar con rapidez del centro del campo. Había tiempo. Cuatro minutos de prolongación. Y quien más y quien menos revivió esa inexplicable acción del gol de Zamora, en la que estaban todos desubicados en el campo. Como ante el Málaga, Iñigo, alma y corazón de este equipo, se volvió a disfrazar de extremo para alcanzar la línea de fondo y provocar un córner. El segundo en el descuento. Rulli volvió a pedir que le dejaran subir, pero Juan Carlos Andrés, ayudante de Eusebio, se lo negó de nuevo de forma incomprensible. Canales sirvió un centro perfecto, los defensas se pasaron de frenada y Juanmi, cómo no, el más listo de la clase, anotó de cabeza. El tanto llevó al delirio a los realistas situados en un extremo del Río Norte achicharrados de calor, a los periodistas y los directivos y resto de la plantilla en el mismo palco. No hubo control. Era normal, no siempre sucede algo así y la afición celeste sabe mucho de eso, ya que lloró como ninguna hace una semana porque se le escapó la gloria de alcanzar una final europea de esta manera, en el minuto 96, en el mismísimo Old Trafford. Con lo que hubiese sido eso.

un recordado festejoNo hubo tiempo para más. En cuanto Sánchez Martínez señaló el final, uno de los jefes de prensa de la Real saltó al campo con celeridad para repartir las camisetas de agradecimiento a su hinchada. Las imágenes fueron muy emocionantes y recordaron mucho a las de A Coruña en 2013. La llegada de los suplentes y no convocados y los consiguientes abrazos se convirtieron en otro momento álgido del festejo. Con dos nombres propios, Mikel, en su adiós y, claro está, Agirretxe. Ahí estaba, en el verde, donde todos esperamos verle la temporada que viene. Los gallegos hicieron un corto y sentido homenaje a Berizzo, al que no paró de alentar la que ha sido su parroquia en los últimos tres años, antes de dejar solos a los realistas en el verde. Cuando por fin los nuestros enfilaron el camino a los vestuarios fueron despedidos con una sonora ovación por parte de Balaídos y con gritos de “Real, Real” procedentes no solo de los fondos, donde se ubican los más animosos, sino también desde las tribunas. Tras la fiesta de puertas hacia adentro, en el vestuario, Jokin Aperribay regresó al terreno de juego para hablar por teléfono. Lo hizo solo. Y tuvo que quitarse hasta la corbata. También había sufrido mucho.

La celebración fue espontánea y apasionada, pero los jugadores estaban agotados por el esfuerzo y la tensión. Algunos casi no podían ni moverse. Después de atender a la prensa, se subieron al autobús y fueron reclamados (casi hasta obligados) para que bajaran a saludar a los aficionados presentes. Entre ellos había de todo: aficionados gallegos de la Real, guipuzcoanos que entraban a las 7.00 horas a trabajar y a los que les esperaba un interminable viaje de regreso a casa, seguidores celestes, curiosos... Y familiares, como la madre de Odriozola, que abrazó a su hijo como si hubiese anotado el gol él.

Antes de que salieran corriendo hacia el aeropuerto para regresar y comenzar una noche que debió ser muy larga, un seguidor del Celta se acercó para felicitar a los realistas y, tras un rápido análisis, entendió tanta satisfacción: “Ah claro, vais a Europa directos y encima al que adelantáis es al Athletic”. Elemental. Que no es poco. Todo como muy gallego. Con mucho encanto.


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