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Cabreado

ha llegado el momento de convertir el malestar del sector primario con el desdén del mundo urbano en motor de cambio de esa situación

Por Xabier Iraola - Domingo, 21 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:13h

Xabier Iraola

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Xabier Iraola

vuelvo mosqueado de una reunión en la que los ponentes afirman que los vascos bebemos una media de tres litros de sidra al año. Particularmente me mosqueo porque, la verdad sea dicha, no me cuadran los números y menos aún si tengo en cuenta que en la cena semanal de mi cuadrilla nos bebemos una botellita por cabeza. Comento el dato entre mi sanedrín científico y acabamos en uno de nuestros debates pospostre, cómo no, en la conclusión científicamente inapelable de que la sociedad actual, la que llamo del pichiglás, anda algo más que despistada y sin saber apreciar lo verdaderamente bueno que nos ofrece nuestra tierra. Por cierto, hablando de cosas sabrosas, el postre de esta semana era una tarta de tiramisú de la pastelería Aizpurua, elaborada por el venezolano vascoparlante Horacio, con la que alcanzamos a tocar con los dedos el mismísimo cielo. ¡O sea, ya saben!

Igualmente mosqueada, quizás debiera decir cabreada, anda la gente del campo con el tratamiento que recibe de los urbanitas que se acercan al territorio agrícola con esas mismas gafas con las que observa la realidad urbana y que juzgan ciertos hábitos de trabajo y maneras de gestionar sus rebaños y tratar los animales, siempre, bajo sus coordenadas mentales plenamente urbanitas. Pues bien, hace bien poco hemos conocido el caso de un pastor que acudió acompañado de sus perros en su coche a una finca donde, al parecer, se le habían escapado algunas ovejas al tener caído parte del cierre perimetral y resulta que la tarea se complicó y alargó más de lo esperado. Mientras tanto, unos paseantes que vieron a los perros dentro del coche denunciaron el abandono de dichos perros y así este pastor fue acusado de maltratar a sus perros, por cierto, sus animales de trabajo en su faceta pastoril. Gracias a Dios, o mejor dicho, al sentido común del juez, dicho pastor fue absuelto, pero ello no es óbice para que la alarma generada por dicha denuncia se haya expandido por el sector en su totalidad.

No suficiente con ello, hace unos días la prensa daba cuenta de la denuncia de unos propietarios de perros, cazadores a más señas, cuyos canes andaban sueltos por el monte (no olvidemos que en las coordenadas mentales de esta gente o similares, el monte es de todos) y ahuyentaron el rebaño de un pastor que, encabronado como es lógico, golpeó a dichos perros y ahora se enfrenta a una pena de cárcel de siete meses, de la que se libra al no tener antecedentes, y a la inhabilitación de ejercer su oficio por dos años. Por cierto, penas de cárcel por tres años y multas económicas son también lo que han pedido para unos ganaderos de vacuno de leche por los daños medioambientales ocasionados por la rotura de un conducto subterráneo de la fosa de purines que provocó una fuga que acabó vertiéndose en el río y provocó la muerte de truchas y cangrejos autóctonos.

Exponiendo algunos de los casos que hemos conocido estos últimos tiempos no estoy queriendo amparar ningún comportamiento delictivo ni claramente perjudicial para los animales o para el medio ambiente, pero convendrán conmigo en que es fácilmente comprensible que la gente del campo ande encabronada con dichas actuaciones, tanto de denunciantes como de fiscales o jueces, y con que se pidan penas de cárcel, tan alegremente, para unas explotaciones donde la inhabilitación para ejercer su oficio o el encarcelamiento de sus titulares supone automáticamente el cierre de la explotación familiar.

Soy consciente del malestar general y creciente que existe en el sector primario con el desdén, ninguneo y el tratamiento tan injusto como desproporcionado que reciben del mundo urbano. Ahora bien, creo que ha llegado el momento de reaccionar y convertir ese cabreo en motor de cambio para esta situación inaguantable. Por ello, llegados a este punto, creo que es el momento oportuno de invitar a Euskadi al siempre genial geólogo asturiano Jaime Izquierdo a que presente su nuevo libro“La gestión creativa del cabreo. Creo que Jaime, buen conocedor de la realidad rural vasca y experto en desarrollo rural, además de un magnífico escritor, puede ser un guía útil y válido para alumbrarnos en la espesa niebla en que vivimos y mostrarnos la forma de convertir la energía del cabreo en una energía para el cambio.

Poco les puedo decir del libro, puesto que aún no me ha llegado a pesar de haberlo solicitado, pero por lo poco que he podido leer sobre él, Jaime nos relata que muchos de los grandes genios que tuvieron ideas revolucionarias o protagonizaron descubrimientos trascendentes fueron en principio, y antes de pasar a la historia por sus aportaciones, personajes cabreados que tuvieron que luchar contra lo establecido y que sus avances no hubieran sido posibles sin, primero, haberse cabreado y, segundo, haber controlado esa energía cabreante, domándola, depurándola y utilizándola como combustible para demostrar el acierto de sus postulados.

Por ello, ante tanto trato vejatorio, desdén, incomprensión, ninguneo, burla, etc., señores del rural (expresión que me suena arcaica pero ciertamente preciosa), señores y señoras baserritarras, dejen de rumiar la ingente cantidad de cabreo que albergan en su interior y, una vez superada la fase del lamento (lamerse las heridas), pónganse manos a la obra para transformar esa energía del cabreo en energía del cambio de la situación. Ya lo decía aquel: “La energía ni se crea ni se destruye, se transforma”. ¡Saquen conclusiones!


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