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El beaterio

Beverly Hills

Por Iñaki de Mujika - Lunes, 15 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Mikel González posa junto al equipo titular minutos antes del partido de ayer en Anoeta.

Mikel González posa junto al equipo titular minutos antes del partido de ayer en Anoeta. (Ruben Plaza)

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Mikel González posa junto al equipo titular minutos antes del partido de ayer en Anoeta.El beaterio - IDM

No hace muchos días, con motivo del encuentro de Champions entre los dos equipos madrileños, el capitán madridista se refirió a la humildad, a los orígenes de cada uno de ellos, a las dificultades del camino, para concluir que no han nacido en Beverly Hills. Reconozco que la ocurrencia me hizo gracia por inesperada, porque podía haber puesto ejemplos más cercanos a su día a día. Es aquella una zona ricachona, abarrotada de casoplones y propietarios que pugnan entre sí para ver quién la tiene más grande (la casa). Estos días he estado hurgando a través de los buscadores para encontrar unos edificios inmensos a los que solo les falta hablar. ¡Una pasada!

Fisgué hasta en las inmobiliarias. Hay edificios de 100 millones de dólares que traducidos a euros supondrían el presupuesto de muchos clubes de nuestro entorno durante un siglo. ¡O más! Es obvio que los compradores disponen de mucha tela para adquirir esas mansiones. Los nombres de Tom Cruise, Beyoncé, Lady Gaga, Brad Pitt, Steven Spielberg, Sylvester Stallone, Travolta o Rihanna se mueven por aquellos lares cercanos a la playa de Santa Monica en cuyos paisajes se grabaron numerosas escenas de películas y series de televisión que seguro habéis visto.

Aquí somos más modestitos. A lo más, la zona de Ondarreta, próxima a la arena y a las olas, en donde se mezclan algunos chalets o pisos en donde han vivido futbolistas, técnicos y otras gentes del mundo del fútbol. Otros prefieren permanecer fieles a sus orígenes y se aferran a los pueblos que mejor conocen. Allí donde nacieron, crecieron, fueron a la ikastola, a los frailes o a las monjas, y dieron las primeras patadas al balón.

Uno de esos prototipos se llama Mikel y le acaban de decir que en la Real no sigue como futbolista. Siempre se refiere a Mondra, a sus gentes, amigos, familia, recuerdos y experiencias. Esa es una de las muchas cosas que he aprendido de él en el camino. Persona de ideas y principios, con un gusto particular por una música nada parecida a la portuguesa de Salvador Sobral que hemos oído muchas veces en las últimas horas. Sencillo donde los haya y profesional hasta las cachas. Cuando nos recuerdan que disputó 300 partidos defendiendo la camiseta que más amó, debes ponerte de pie, hacer la ola y aplaudir. Es cercano, entrañable y humilde. No esperes de él una alharaca. Por ahí, nunca le vas a encontrar.

Un día, una portería inesperada, caída del cielo, se cruzó en su camino y desde ese momento las cosas no fueron tan redondas como hasta entonces, porque debió permanecer un tiempo de baja y en la profesión de futbolista la competencia es brutal y se pasa del anonimato al estrellato, y viceversa, en un santiamén. Basta fijarse en Álvaro Odriozola para entenderlo. Hace unos meses jugaba amistosos con el filial. Por ejemplo, en Soria ante el Numancia. Hoy es titular indiscutible y se ha hecho el dueño de la banda derecha, que utiliza para correrías, algaradas, enredos y fechorías que tanto estrago causan a los rivales. El fútbol y las oportunidades se alinean en una dirección y solo saben seguir un camino. Ciertamente, el papel del entrenador es decisivo porque, si no cuentas con su apoyo y confianza, tienes fiesta.

Ante esa realidad toca decidir. Seguro que Mikel escuchó una sentencia que no le sorprendió, porque es frío, inteligente y calculador. ¿Para qué prolongar una situación poco agradable? Plena confianza en sus posibilidades y futuro por delante con un cheque al portador que corresponde al fervor del público, de su gente, que no escatimó una sentida ovación cuando le entregaron la insignia de la impecable trayectoria. Eskerrik asko, Mikel!, como rezaba la camiseta que lucieron sus compañeros en la foto de familia.

Aparcados los festejos, las miles de banderolas, los castillos hinchables, los paquetes de pipas, los bocadillos de mortadela, tocaba partido. ¡Y qué partido! Ganar y ganar y ganar. No cabía otra, aun sabiendo que el rival estaba (y sigue) en una racha formidable de juego y resultados. Sin nada que perder, vino a divertirse y a comportarse como lo que es hoy, un equipo trabajado que sorprendió en la estrategia del primer empate al borde del descanso.

La Real para entonces llevaba ventaja con el penalti transformado por Xabi Prieto, pero fue incapaz de defender el córner como debía. Gol psicológico que dejaba las cosas como estaban. Después un carrusel de oportunidades falladas en las inmediaciones de Kameni, palos incluidos, y pérdidas de balón que cuestan caras. El golazo de Recio dejó las gradas más frías que un paquete de congelados, porque aparecieron los viejos fantasmas, tenerlo en la mano y perderlo.

Aprendí siempre que el fútbol es de los extremos, de los centros desde las bandas y de los rematadores. A la vieja usanza, llegó el empate de Bautista. Un punto que deja las cosas como estaban antes de empezar, porque los directos rivales hicieron lo mismo, empatar ante sus aficionados. Queda un partido y cualquier cosa puede suceder. Otra vez Vigo, esperamos que con distinta suerte y luego esperar para no depender de la final de Copa. No quiero pensar en un verano con previas, sin playa, ni chalets. No quiero quedarme sin un Beverly Hills costero, de sombrilla y chancleta.


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