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Tribuna abierta

La historia no tiene tiempo para ser justa

“La historia no tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista, no toma en cuenta más que los resultados” (‘Castellio contra Calvino’, Stefan Zweig)

Por Txema. Montero - Viernes, 12 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Se equivocaron quienes hace veinte, quince, diez o cinco años hicieron prospecciones de futuro. Creían que se podía leer el futuro como si se tratara de un libro abierto, creían que se podía escribir en él como si fuera una página en blanco. Hechos imprevisibles como el ataque a las Torres Gemelas, la invasión de Irak, las consecuencias de la primavera árabe, la crisis de Lehman Brothers y las hipotecas subprime, las migraciones a Europa, el Brexit o el auge de los populismos de derechas descalificaron teorías y augurios hasta hacernos decir: “El futuro no es lo que era”. Sin embargo, alguna parte del futuro estaba ya presente en el pasado. La codicia financiera estaba a la vista con su obscena ostentación y desmedido consumo;el ocaso de la clase trabajadora tradicional se intuía tras las sucesivas reconversiones y globalización, con China y los emergentes como talleres del mundo;al igual que el desfallecimiento de la clase media ante la computarización de los servicios, máquinas que sustituyen a empleados. Del mismo modo, alguna parte del pasado está ya presente en el futuro: el reforzamiento de los Estados-nación;el levantamiento de muros para frenar las invasiones o la ampliación del existente entre EEUU y México;la fortaleza Europa de las alambradas de concertinas, todo un hallazgo porque, a la manera del acordeón del que toman su nombre, se expanden y contraen, como la propia política europea en materia de inmigración;el auge de la xenofobia y la desaparición del uso de la palabra antónima, la xenofilia, el amor al extraño;la sospecha generalizada de corrupción política y la comprobación en tantos casos de lo verdadero de tal sospecha... El proceso evolutivo no era, pues, un movimiento en línea recta, sino lleno de vueltas y revueltas, de falsos comienzos, de exploraciones tangenciales y retiradas estratégicas. Visto lo visto, el filósofo de la ciencia, historiador y sociólogo norteamericano Lewis Mumford llega a la conclusión de que ni el más estudioso pensador social puede predecir la naturaleza de la sociedad que puede emerger en nuestra época y, en esa emergencia, alterar nuestros valores y costumbres actuales. Por lo tanto, si el futuro es tan volátil, hemos de contar con las continuidades institucionales que por un lado restringen nuestra creatividad y por el otro tienden a limitar la posibilidad del caos. Por eso, debemos combinar el doble ejercicio de la anticipación y de la memoria.

La vida social no puede ser una imitación de la vida física, un mero aguantar. Al hombre no le basta con vivir en un sentido puramente fisiológico;tiene que vivir la vida buena, la plenitud de su humanidad, la posibilidad de desarrollar sus proyectos y cumplir sus anhelos. Este desarrollo vital a menudo se encuentra en conflicto tanto con la seguridad inmediata, física, como con la cultural, aquello que da forma a la personalidad humana, lengua, ética, religión, educación, artes, que hoy día se han vuelto inoperantes o contribuyen a agrandar la desintegración social. Identificar los peligros existenciales se ha convertido en tarea trascendental para cualquier sociedad que quiera mantener su pervivencia, cohesión y desarrollo. Sin embargo, la estabilidad de la vida, la seguridad, sólo se consigue con el cambio constante, con la constante disposición a asumir riegos.

“La historia no tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista, no toma en cuenta más que los resultados” (‘Castellio contra Calvino’, Stefan Zweig)

En los sistemas físicos se producen, en intervalos poco frecuentes e impredecibles, momentos en los que una fuerza infinitesimalmente pequeña, por su carácter y su posición en la constelación de acontecimientos, es capaz de producir una gran transformación. Con milagro no nos referimos a algo fuera del orden natural, sino a algo tan infrecuente y que provoca un cambio tan radical que nadie podría incluirlo en una predicción estadística. También en las sociedades humanas ocurre que individuos lo bastante alerta para intervenir en el momento adecuado y con el propósito adecuado pueden vencer la inercia de instituciones formidables. A esa fenomenal irrupción de la persona adecuada en el momento necesario le llamamos liderazgo. Liderazgo ha sido una palabra en desuso en nuestro país, que si tiene un rasgo social característico es el de ser mesocrático, de gobierno de los operadores políticos de las clases medias.

Pero ya hemos dicho que estas clases medias están desfalleciendo en un mundo cambiante en el que crece la distancia entre quienes disfrutan de la prosperidad y quienes carecen de medios económicos o de otros medios de subsistencia;en el que al progresivo desmantelamiento del estado de bienestar se aúna el implacable ascenso de la derecha, tanto en EEUU como en algunos estados europeos. El pasado, el gran nacionalismo de los estados, se hace nuevamente presente y augura un futuro comprometido para las naciones que no tenemos estado propio. ¿Es esto imposible de refrenar? No, ya lo hemos dicho, el futuro no es un libro abierto. Pero para poder escribir en sus páginas primero tenemos que identificar los peligros existenciales del presente y liderar un proyecto para el éxito que, salvaguardando los derechos sociales, mantenga la cohesión nacional, sea transparente, impida o reprima eficazmente la corrupción y posea basamento democrático. La demostración práctica del discurso “esto es lo mejor para nuestro país” es la clave del éxito del proceso de construcción nacional. Nuestra idea del futuro probable para Euskadi debería dejar espacio para las improbabilidades e incluso para ciertos cambios que ahora son fantasías en las mentes de algunos.

Nos encontramos en un periodo de transición. La demografía de Euskadi es negativa, ya no renueva su población. Las personas maduras cargan con el lastre de los viejos y entre ambos sostienen económicamente a los jóvenes. La pirámide se ha invertido, pues en nuestra juventud debería sustentarse nuestra fuerza y su inexperiencia, encontrar solución en nuestro decurso vital. La Euskadi en España es pequeña, el 5% de la población, el 2% del territorio, el 7% del PIB. Ello no hace inviable la independencia;de hecho, un tercio de los países del mundo tiene menos población, entre ellos cinco estados miembros de la Unión Europea (Chipre, Eslovenia, Estonia, Luxemburgo y Malta). La mayor consecuencia estratégica de nuestro pequeño tamaño es que los políticos vascos, incluidos los que no desean la independencia, no pueden aspirar a intervenir con gran influencia en la gobernación del Estado español y tienen poca fuerza negociadora con el Gobierno central salvo cuando éste se encuentra en franca minoría. La heterogeneidad de la sociedad vasca, que trasciende incluso a su pluralidad política, debilita aún más el proyecto de construcción nacional. Esas son nuestras limitaciones objetivas. Identificadas, podemos proceder a poner en valor nuestras ventajas. En primer lugar, el bilingüismo, una de las dos lenguas oficiales vascas resulta ser el español, la tercera lengua franca mundial;y el acceso al conocimiento satisfactorio de la tercera lengua, la primera franca mundial, como es el inglés, debería ser objetivo prioritario para 2020. En segundo lugar, la flexibilidad política que hemos desarrolladoa pesar de los pesares y que tenemos que reforzar frente al principio de dominación;tal y como dejó dicho Ignacio de Loiola: “Pues es justo ceder ante las necesidades y circunstancias del momento y no considerar meramente lo que es más perfecto en términos absolutos”. Tercero, la colaboración y encaje de nuestro proyecto nacional en la refundación del proyecto europeo. ¿Tiene Europa algún modelo renovado que proponer? Parecería difícil, pues es enorme el peso de su pasado y aparenta disminuido el de su futuro. La fuerza de Europa está en sus reservas democráticas. En la medida en que no ceda a las presiones internas autoritarias, como en el pasado, encontrará el camino para preservarse de las tensiones que pretenden ahogarla o reducir su potencial, procedentes de países que combinan economías abiertas con sistemas políticos cerrados. En esa Europa encontraría Euskadi su plenitud, fortaleciendo su autogobierno. En una reformulación de Europa que nos hiciera un hueco para cooperar y coparticipar tendríamos posibilidad de éxito en nuestro proyecto de construcción nacional. No es una receta nueva. Se ha intentado antes sin éxito: la colaboración con los aliados, luego atlantistas;la participación en la democracia cristiana europea;la simpatía activa con pueblos en lucha (irlandeses, corsos, bretones), los intentos de internacionalización de la causa vasca a través de la Iglesia católica;el seguimiento de los procesos escocés, flamenco, irlandés y catalán. “Hay que fracasar mejor”, dijo Samuel Beckett. Debemos de aplicarnos más y obtener las debidas enseñanzas de los fracasos. Porque si la vasquidad no se expande, la expansión del mundo nos contraerá. Y siempre con todas las precauciones, con un ojo puesto en la trampa fatal que pone fin al cuento de hadas, como le sucede a Gilgamesh en la epopeya babilonia a la que da nombre, considerada la obra literaria más antigua del mundo, cuando una serpiente le roba la planta que habría de otorgarle la inmortalidad. Porque la historia, al final, no toma en cuenta más que los resultados.


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