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Tribuna abierta

Desmemoriados con causa

Por José Félix Azurmendi - Lunes, 8 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:12h

Ciudad tras un bombardeo.

Ciudad tras un bombardeo.

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Ciudad tras un bombardeo.

Manuel Ángel, que era como le llamábamos en el pueblo, inició su fructífera vida de periodista el mismo año en el que a Jabi y a mí, que éramos de su edad y de su ocasional cuadrilla, nos vino a detener la Policía franquista. Habían capturado en Bilbao a un par de compañeros de pintadas y regadas de propaganda subversiva, nos habían concedido estos el suficiente tiempo para escondernos antes de cantarnos y, por añadidura, la pensión en la que nos hacían no era legal y a la txakurrada le llevó más tiempo del habitual dar con ella: en definitiva, que no nos pillaron. La mayor parte de las pintadas las hacíamos nosotros en bici: Jabi llaneaba bien, yo era mejor subiendo. A la hora de pasear y soñar, frecuentábamos Arratzu y Munitibar hacia Bolibar por una carretera llena de baches entonces en la que te podías tropezar con el repartidor de vinos y gaseosas, algún viejo GMC con pinos y poco más. Nos deteníamos en la romántica presa del Golako, cerca de la ferrería abandonada y el viejo puente, y soñábamos con irnos a vivir por allí cuando le diéramos la vuelta a aquello, que permitía entre otras arbitrariedades una que nos incomodaba especialmente: el acotado de pesca al servicio de los Leguineche y sus amigos;y de los Gandarias, por supuesto, que eran los amos de todo.

No sé lo que debió sentir Manuel Ángel cuando vio en El Correo Español-El Pueblo Vasco, en el que publicaba sus trabajos, aquella terrible biografía de Jabi, peligrosísimo terrorista según el diario que dirigía Anton Barrena, siempre a las órdenes de la oligarquía negurítica y los consejos morales de Javier Ibarra;no sé lo que debió sentir cuando vio el rostro amoratado de nuestro amigo, con sus tempranas gafas fuera de sitio, con las huellas de haber sufrido toda suerte de torturas y espantos. Era marzo de 1968 y ETA no había disparado todavía un tiro, aunque algunos de sus liberados sí portasen armas. Primero habían detenido en Gasteiz a Sabin Arana, a él sí entre tiros cruzados;luego a Jabi y, en Iruña, al hermano del Eskubi más buscado del régimen;y en derredor de ellos, por colaboradores, a algún benedictino de Estibaliz y a un par de jesuitas de Iruña. Estoy seguro de que a Manuel Ángel, director entonces de una agencia de noticias de El Correo y sus extensiones, no le pasó desapercibido aquello y le debió provocar, a él que ya entonces sabía lo que pasaba en el mundo y lo que se avecinaba, además de vergüenza, profundas reflexiones y ganas añadidas para seguir trabajando el mundo ancho y ajeno.


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