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“Un uomo solo è al comando”

El Giro de Italia no se puede entender sin la impronta de Fausto Coppi, el hombre más celebrado en las cien ediciones de una carrera que solo pudo amputar la guerra

Un reportaje de César Ortuzar - Jueves, 4 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:12h

Gino Bartali y Fausto Coppi en dos imágenes del archivo del Giro de Italia.

Gino Bartali y Fausto Coppi en dos imágenes del archivo del Giro de Italia.

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Gino Bartali y Fausto Coppi en dos imágenes del archivo del Giro de Italia.Fausto Coppi, durante el Trofeo Baracchi, una prueba contrarreloj por parejas. Fotos: N.G.

antes fue Binda. Luego Bartali. Después fue todo. La enajenación, el éxtasis, la sublimación absoluta. Fausto Coppi. Il Campionissimo, el campeón más celebrado en la historia de la religiosa Italia. Dios pagano, el hombre que construyó con las piernas largas y el tronco corto, la nariz aguileña, el rostro hambriento y la valentía de los elegidos el mayor mito en la leyenda del Giro, la carrera que venera en los altares del ciclismo a las montañas y a los ciclistas. Nació el Giro y su legado sin fin de la rotativa de La Gazzetta dello Sport. Era 13 de mayo de 1909. En Milán partía una carrera a dos tintas: rosa y negra. Una odisea para locos aventureros, el mejor humus posible para la imprenta, que solo las dentelladas de la guerra, la metralla de la sinrazón, pudieron amputar. Se cortó el metraje del Giro entre 1915 y 1918 primero y entre 1941 y 1945 más tarde. El mundo estaba en la trinchera y en la barbarie. Sobrevivió el Giro, la carrera del pueblo, vehículo de la unión del país que mira dos lados, atada por el entusiasmo de la cuneta. Porque el Giro son los ciclistas, héroes como Binda, Bartali, Coppi, Merckx, Anquetil, Hinault o Indurain, que elevaron su estatura en la escultórica Italia. Pero el Giro no solo cuelga de los imperdibles de los dorsales, la carrera está profundamente enraizada en la majestuosidad de sus montañas, en el día de fiesta de los pueblos que engalanados saludan la carrera a su paso y en el furor de sus gentes. Italia en rosa.

En el inicio del siglo pasado, cuando al charleston y los locos años veinte les restaba una década, Alfredo Binda hizo feliz a Italia. Binda, apodado La Gioconda por su perenne sonrisa no dejó de sonreír. Campeón en 1925, 1927, 1928, 1929 y 1933. La Gioconda ganaba tanto que la organización del Giro le sepultó con dinero. 22.500 liras le sacaron de la edición de 1930. Binda cobró más por no participar que si hubiere ganado el Giro. Sin suspense ni trama en la lucha, la venta de periódicos era más complicada. La emoción no tiene precio debieron pensar. Ese sentimiento epidérmico anidó en la Italia anterior a la II Guerra Mundial con Gino Bartali, un toscano gentil y humorado al que admiraba sin rubor el Duce, Benito Mussolini. El dictador italiano nunca supo que su corredor favorito, el que tocó la gloria en 1936, 1937 y 1946 formó parte de una red creada por Giorgio Nissim, un contable que salvó a muchos judíos de una muerte segura en la fascista Italia. Bartali utilizaba el salvoconducto que le procuraba su fama como ciclista para cruzar los controles y moverse con libertad para trasportar escondidos en el cuadro de su bicicleta documentos necesarios para falsificar identidades. Se calcula que aquella red salvó a 800 judíos del Holocausto.

Concluida la II Guerra Mundial, el Giro se rehabilitó como pudo entre las cenizas, la heridas de guerra y el hambre de una Italia hecha jirones. Emergió en todo su apogeo la rivalidad entre el viejo Bartali, adorado por los católicos y la Democracia Cristiana, al que llamaban El Monje, y el intrépido Coppi y su aspecto melancólico, la bandera de los laicos y de la izquierda. Italia respiraba y exhalaba al ritmo del boxeo de Coppi y Bartali, que siempre se respetaron. Fausto había sido ganador contra todo pronóstico del Giro de antes de la Guerra, cuando era gregario de Bartali en el invencible Legnano. Un día después de su coronación como el campeón más joven, apenas tenía 20 años, Mussolini anunció al país la entrada de Italia en II Guerra Mundial. Tras el cruento paréntesis bélico, Gino respondió arrebatándole la gloria en 1946 en el denominado Giro del Renacimiento por unos exiguos 47 segundos. Apenas un suspiro. El agujero negro de la guerra alejó a Coppi de ser aún más grande y a Bartali del dulce paladar de los mejores años como ciclista. La estrella de ambos fue un sol para Italia.

la obra maestraLa obra maestra Nadie pudo con Coppi. Solo las balas le pararon. Ganador en 1940, 1947, 1949, 1952 y 1953. Ciclista alado. La garza. Contrarrelojista y escalador. Espigado, enjuto, huidizo, a Coppi le encantaba correr en solitario, como si se escapara de una angustia vital. Un hombre solo pedaleando sobre su obsesión. Huir, cuanto más lejos mejor. El epítome de sus tremendas cabalgadas, que se contabilizan en 3.000 kilómetros, alcanzó el éxtasis en 1949 entre Cuneo y Pinerolo. La etapa pivotaba en los Alpes, entre Francia e Italia. Ambas localidades apenas están separadas por 60 kilómetros, pero el Giro montó una etapa abrumadora: 254 kilómetros y las ascensiones de la Madelaine, el Vars, el Izoard, Montgenèvre y Sestrieres. Aquel día Coppi llegó hasta los confines del ser humano. “Coppi atacará en el primer puerto, me sacará ventaja en el segundo y el tercero, le cogeré en el cuarto y le dejaré derrengado en el quinto”, avisó Bartali, que sabía de la querencia de Coppi, que por aquel entonces se había separado de la maglia del Legnano y lucía los míticos colores de Bianchi, el único fabricante de bicicletas que quedó en pie en la destrozada Italia.

En ese escenario para los gigantes, Volpi quiso curiosear en la Madelaine y Coppi se fue con él a trastear y voltear para siempre el ciclismo y su memoria. Fue el inicio de una gesta para los arcanos, un relato prodigioso. La mayor aventura jamás contada. Coppi, la fe inquebrantable, el talento inigualable, se fue camino de la historia a través de una fuga de 192 kilómetros pedaleando, impasible, en el límite, a un palmo del abismo de sí mismo entre las majestuosas montañas que cobijaban una leyenda a pedales. La radio era el hilo de voz que le quedaba a la Italia de posguerra. La hazaña de Coppi, que pedaleaba con la elegancia fanática de los invencibles, la contó a través de la RAI la voz de Mario Ferreti, que abrió la crónica del día paralizando el reloj de Italia. Ferreti dejó una frase para el infinito, un relato que retumba aún en todos los rincones de un país con tendencia para la teatralidad y la grandilocuencia. El enunciado de Ferreti es, sin embargo, denso, significativo y esclarecedor como un telegrama. “Un uomo solo è al comando, la sua maglia è biancoceleste, il suo nome è Fausto Coppi”.

En la Italia del hambre, aquellas palabras sobrias sobre el mejor ciclista que nunca vieron alimentaron los sueños, las ilusiones y las esperanzas de muchos, que se asomaron a la carretera para alcanzar una pizca de sosiego y distracción, dejando el tajo y las penurias para animar el hombre que perseguía aquella quimera. Recuerdan las crónicas de entonces que hubo aficionados que emplearon sus chaquetas para arrancarle el polvo a las carreteras para que Coppi deslizara el perfil de su Bianchi sin más trabas que la de la esgrima con el destino y el tiempo. Dueño de su sombra, Bartali quedaba a un mundo del Campionissimo, -a doce minutos- Coppi, se reflejaba en el espejo de la eternidad vestido de rosa. “Un uomo solo è al comando, la sua maglia è biancoceleste, il suo nome è Fausto Coppi”.


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