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Tribuna abierta

El PSOE en su recta final

Por José Luis Úriz Iglesias - Martes, 2 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:10h

PSOE candidatos

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El 18 de abril se daba el pistoletazo al tramo final de una larguísima campaña en el seno del PSOE, aunque realmente habría que remontarse al 1 de octubre de 2016 para buscar el inicio real de la misma. Justo en el instante en el que Susana Díaz y sus seguidores, animados por los poderes fácticos mediáticos y financieros, perpetraban lo que se denominó como golpe de estado interno a su por entonces secretario general, Pedro Sánchez.

Pero ese terrible día que figurará con letras negras en la historia del socialismo español sólo fue la culminación de un larguísimo proceso de acoso y derribo. Una operación que se empezó a gestar justo el día en el que Sánchez se rebeló ante el intento de ser controlado, manipulado, dirigido, por esos poderes fácticos y emprendió un camino para el que no estaba autorizado: el del “No es no” a Mariano Rajoy y el PP.

Eso ya es un pasado suficientemente analizado y diseccionado. Ahora estamos en esa recta final en la que a veces se decide, como en el ciclismo, la victoria final. Después de kilómetros de larga andadura ya no valen todos los puertos subidos o bajados porque justo ahí, en ese esprint, se juega uno la victoria y la gloria.

Tras la recogida de avales, primer pulso entre los dos candidatos con oportunidades reales de disputarse la victoria, el tercero, Patxi López, a lo más a lo que puede aspirar es a lanzar ese esprint a quien considere que está más cualificado para ganar. Es lo que se llama gregario, en este caso de lujo... y según todos los indicios de Susana Díaz.

Patxi López se presentó con la vana esperanza de que si Pedro Sánchez, que por entonces se encontraba deshojando la margarita cual Hamlet socialista, decidía no hacerlo, cubrir su espacio o, en el peor de los casos, si Susana Díaz decidía continuar en sus cuarteles de invierno andaluces en espera de tiempos mejores, cubrir entonces el suyo. Lamentablemente, ninguno se achantó y ahora el pobre se encuentra en tierra de nadie, esperando que un milagro (o alguna ayudita sureña) le permita reunir los avales suficientes para poder al menos competir y sacar un resultado digno que le permita negociar con el ganador o ganadora.

Así que los dos modelos están representados por Susana Díaz y Pedro Sánchez. Ellos y sus correspondientes apoyos. En el caso de la primera, muy poderosos dentro y fuera del partido. En el del segundo, las bases en rebelión constante por la rendición que supuso la abstención a Rajoy para consentir que siguiera en el poder. Rebelión que se nutre de energía cada vez que en el seno del PP surgen nuevos casos de corrupción.

Ahora comienza esa recta final para la que esos primeros metros son fundamentales. De los avales que cada uno de ellos pueda conseguir depende su futuro. Ya hemos visto el caso de Patxi López, pero entre los otros dos se reparte el resto, con la sensación de que la reina del sur pretende apabullar desde el primer instante.

De que el anterior líder consiga un resultado digno dependerá en gran media que se mantenga con vida. Sabe que no es lo mismo firmar un aval con nombre y apellido, que condiciona el devenir no sólo político sino incluso profesional de quien lo hace, que depositar después el voto secreto en la urna el próximo día 21. ¿Puede afectar un aval profesionalmente a quien lo firma? Por supuesto. Especialmente en un partido acostumbrado durante años a que cada puesto de trabajo interno, o institucional fruto del poder que se tiene en esas instituciones, se haga depender de una lealtad ciega llevada a la máxima expresión.

“Quien se mueve no sale en la foto”, decía Alfonso Guerra, y esa máxima escrita a fuego en cada sede socialista se lleva a rajatabla. Hasta las últimas consecuencias. Existen centenares, quizás miles, de puestos controlados por los apoyos de la reina de sur. Desde peonadas a subsidios, desde trabajo en las sedes a los gobiernos de Andalucía, Cartil. Y todos ellos la firmarán su aval sin rechistar. Otra cosa después será su voto.

Ya ocurrió en la competición entre Almunia y Borrell, en la que el primero le arrasó, aunque por entonces los avales fueran sólo de los miembros del Comité Federal. Entonces fui testigo directo de las presiones intolerables que se ejercieron para evitar que Borrell consiguiera los suyos y después la militancia puso a cada cual en su lugar, aunque luego los poderes fácticos se encargaron de situar el tema, de nuevo, en lo políticamente correcto.

Poderes fácticos que también ahora van a intentar intervenir. O sería más correcto decir que llevan ya meses interviniendo, especialmente desde que supieron las intenciones del por entonces líder de no permitir, como era su deseo, la investidura de Rajoy y su intención de sopesar la posibilidad de un gobierno alternativo con Podemos y los nacionalistas vascos y catalanes. Ha habido mucha literatura sobre esta parte de la historia, probablemente mucha de ella falsa e interesada, pero resulta evidente que los números daban, aunque probablemente sin el peaje que perversamente se ha filtrado posteriormente.

Ese mismo temor, ese vértigo que sintieron entonces lo experimentan ahora al escuchar el cambio de mensaje, incluso de lenguaje, de un Pedro Sánchez transformado. Que hable en sus mítines de llevar al PSOE, sí, sí a ese PSOE que creían domesticado, por la ruta del descontrol, de la izquierda pura y dura, les aterroriza. Que hable de abrir un proceso constituyente que aborde la solución definitiva de las tensiones centro-periferia, incluso de banca pública, que al finalizar sus actos cante de nuevo puño en alto La Internacional o que se rodee de peligrosos viejos rojos como Tapias, Perelló, Manu Escudero, o Tezanos y aparezcan nuevos como Susana Sumelzo, Adriana Lastra, Zaida Canteras, o José Luis Ávalos, les abre las carnes. Según ellos, peligrosos y lo que es peor incontrolados. Porque observan un PSOE incontrolado en el que todo es posible, incluso la victoria del que se sitúa frente al todopoderoso aparato. Incontrolado, pero al mismo tiempo ilusionado, porque esa verdadera revolución interna origina un entusiasmo contagioso -como en los viejos tiempos- que se observa en la cara de veteranos y nuevos militantes.

Esa operación contaría con las mentes más importantes de esa izquierda necesitada de ideólogos e ideología. Una nueva izquierda realmente emergente, alejada del pactismo con la derecha de unos o el populismo estéril de otros. Una izquierda seria, coherente, sensata, honesta, que volviera a ilusionar a millones de votantes hoy desencantados.

Quizás el día 21 cualquier resultado sea positivo para esa izquierda de futuro.


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