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Y tiro porque me toca

La cacería

Por Miguel. Sánchez-Ostiz - Domingo, 30 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:13h

adesfachatez no hay quien les gane. El número 2 de Interior acusa a la prensa y a los diputados de la oposición de salir de cacería tanto contra él, por su inexplicada reunión con un hoy encarcelado, como contra su partido, sacudido por la actividad judicial. Eso es negar la evidencia, aunque como le sucedió a su ministro, le traicione el subconsciente al hablar de cacería porque ahora mismo eso es poco menos que remitirse de frente a una de las monterías de Escopeta Nacionalllena de gandules, parásitos y ladrones: lo que en realidad hay aupado al carro del oro de las instituciones. Cacería pues al descubierto para indignación y asombro de esa parte de la ciudadanía que se niega a aplaudir.

La torpe acusación del cargo público es como si el espoliado que se atreve a gritar ¡Al ladrón!” se viese perseguido de inmediato por difamación y acoso. Da la impresión de que confunden el ejercicio del cargo público con la obtención de la Carta de Marca que habilitaba a los corsarios, y que les ofende que se la quiten.

Es de no creer que la gravedad de lo sucedido se tome no en sí misma, sino como un numerito de oportunismo político por parte de la oposición. Hay que rebajar el tono “a como sea”, esperar que amaine el clamor acusatorio, y no encarar lo que Martín Pallín y muchos otros señalan como un “Estado fallido”.

Hasta los propios fiscales (progresistas) acaban de descubrir el Mediterráneo y dicen que “en los dos últimos meses” la ciudadanía ha perdido confianza en la institución. ¿En los dos últimos meses? Ay, me temo que no hay dos Españas, sino dos mundos<

El presidente del Gobierno, como toda respuesta a la avalancha de podre que se le ha venido encima, habla nada menos de que en su partido no hay nadie que se porte mal. ¿Portarse mal? ¿Portarse bien? Rajoy parece olvidar que al menos en los escenarios le tratan como a un hombre de Estado y que no es una madre superiora de las de antes más a cargo de un internado o de un reformatorio. No se trata de portarse bien o mal, sino de no ser un delincuente cualificado, que es la especie que ha venido brotando a su alrededor y ha generado una cosecha no de cuernas y navajas de montería, sino de imputados que supera las 800 cabezas, 800, que se dice pronto. Se ve que sin él advertirlo tiene la corralada llena de desobedientes, díscolos, revoltosos y asociales. Cero en conducta, pues;pero no se trata de eso, sino de mucha y eficaz instrucción judicial.

El número 2 dichoso obvia, lo mismo que el caradura de Marhuenda, que las denuncias de corrupción se remontan a años atrás y que a pesar de haberlas tapado todo lo que han podido ha habido condenas, políticos que están en la cárcel o que deberían estarlo. Pero eso sí, con o sin denuncias, en las trastiendas se han corrido una farra de aúpa, una auténtica montería de golfos legitimada por las urnas, ese gran equívoco que aúpa al poder a una minoría que habla en falso de hacerlo en nombre de la mayoría y se convierte de inmediato en un cotarro blindado reacio a cualquier cambio de fondo, empezando por su propia condición. Los votantes deben hacerse con el control eficaz de su voto hecho mandato.

Estamos tan atrapados en el día a día del ruido que cuesta pensar en el después. Resulta intolerable que esto solo sea un suma y sigue cuando de lejos se ve que las instituciones están extenuadas y se sostienen por la fuerza. Hasta los propios fiscales (progresistas) acaban de descubrir el Mediterráneo y dicen que “en los dos últimos meses” la ciudadanía ha perdido confianza en la institución. ¿En los dos últimos meses? Ay, me temo que no hay dos Españas, sino dos mundos casi del todo invisibles el uno para el otro.

Da vértigo preguntarse “¿Hasta cuándo va a durar esto?”, cuando se ve que fuerzas políticas como el PSOE no están por el cambio, sino por la continuidad del sistema -tienen pavor a enfrentarse de verdad a la corrupción del partido en el Gobierno-, y que es dudoso que los resultados electorales que puedan darse en el futuro ofrezcan en la práctica ocasión real de reformas políticas radicales. Resulta lastimoso ver cómo el Gobierno central torpedea las iniciativas de cambios políticos y sociales emprendidas por los parlamentos autonómicos en cumplimiento de programas electorales, reduciendo las autonomías a niveles de representación. Toda una prueba del sistema democrático en el que creen. Hablar de régimen malsano es poco.


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