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Tribuna abierta

El incendio del 26 de abril

Por José Félix Azurmendi - Miércoles, 26 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Normal les parecía también que hubiera tanta gente extraña trabajando en la construcción: desconocían que eran presos y que se trataba de reconstruir, pero para qué preguntar. Cuando fueron creciendo, y las ruinas menguando, a algunos se les ocurrió interesarse por el incendio del pueblo que lo había dejado así, que debió ser muy grande, y en casa les dijeron que esas preguntas no se hacen. Aprendieron con las misteriosas no respuestas de sus padres que era peligroso preguntar y como el pueblo estaba quedando tan bien… Debió estar pensando en mi pueblo aquel señor importante que dijo luego, cuando se asentó el siguiente régimen, que aquellos años del anterior régimen se habían vivido por aquí en extrema placidez. La chavalería jugaba cuando llovía en los arkupes supervivientes, en los nuevos arcos que habían levantado los de “regiones devastadas” -¡qué querría decir eso!- y en el frontón semiderruido y airoso cuando no llovía. A la chavalería, crecida ya, y a la población en general, no le debió parecer mala idea que su alcalde, aquel señor de gafas y trasero gruesos, pequeño pero mandón, tan importante que era capaz de traer al pueblo y a su casa a ministros del gobierno, a aquellos de blanca chaquetilla sobre camisa negra que se exhibían satisfechos en el balcón del primer piso de la Casa Consistorial, propusiera un día la erección de un frontón nuevo, mejor que el de Markina y el reciente de Durango, donde disfrutar la cesta-punta, ese deporte tan nuestro, tan festivo y tan universal. Les pareció normal que pidiera que los vecinos, en especial los comerciantes que se iban a beneficiar del movimiento que generaría en su derredor la actividad pelotazale, contribuyeran con la suscripción de acciones de mil pesetas cada una. Los del 8 y Enero pensaron que, por si acaso, era mejor colaborar, no fuera que... Puesto que ya había un frontón nuevo, precioso, el mejor, se podía prescindir del viejo y ruinoso, que se veía muy feo en pleno centro, y erigir una hermosa edificación en ese solar, la más alta del pueblo, fuera de norma, por algo éramos de los ganadores. A nadie le molestó el proyecto o, si lo hizo, calló. Entonces y todavía.

A la gente de mi pueblo no le molestaba tampoco que vivieran en los mejores reconstruidos domicilios y en algunos chalets milagrosamente salvados del incendio los que mandaban, médicos, boticarios, estanqueros, jueces, abogados, maestros y otras influyentes gentes, autóctonos unos, llegados con el nuevo tiempo y sus méritos otros. No le molestaba, o eso parecía, que en la Media Calle, que era en realidad arteria central y completa del nuevo orden, se hubieran instalado también aquellos importados Hermanos y la sede de la Falange con sus futbolines, billares y otros poco aprovechados encantos. También el Juzgado (de paz, incluso) y Correos y Teléfonos, e incluso un segundo pisito para los curas y sus afanes con la juventud. A los alumnos de los Hermanos en recreo les parecía normal que aquel señor del Ayuntamiento, tan poderoso y temible a decir de sus padres, cuyo cargo nunca entendieron pero que debió ser de por vida, algo así como interventor, se sentara en el alargado banco de piedra cercano a su despacho y a la perrera, acompañado siempre por el jefe del orden municipal, el que desfilaba con dudosa marcialidad en procesiones y otros actos solemnes junto al teniente de los verdes, del que se decía que no era capitán por no haber sido totalmente afecto, y las otras fuerzas vivas (¡Viva!). El hidalgo capitán llegaría más tarde, cuando aquellos ya no niños empezaron a tener respuestas y a responder con ira.

A los que fueron niños de mi pueblo les parecía normal que los alcaldes del pueblo fueran siempre dueños de empresas y se reunieran entre ellos en la terraza cubierta más visible del bar mejor ubicado y hablaran tan alto, porque nada tenían que ocultar y era bueno hacerse oír. Les parecía normal que decidieran todo, desde dónde y cómo construir y a quién conceder las licencias y luego la vivienda. Eran de la partida, de su partida, también los directores de las sucursales bancarias y las cajas y los directores de las sucursales energéticas, además de algún conservador-bibliotecario de la más histórica Casa del lugar. No se les veía juntos y en unión por la parroquia, tal vez porque algunos no fueran tan partidarios de la cosa como confesaban, pero nunca estaban ausentes cuando correspondía. Los nombres y méritos recordados, exaltados y esculpidos en su centenaria pared por su condición de mártires y caídos del lado bueno no les eran ajenos, como tampoco el principal de los presbíteros, de familia con resonancia españolísima por vascona. Lo que no sabían ni les afectaba a las gentes de mi pueblo es que dos de los curas de la parroquia decidieron una vez no callar y protestar en una carta enviada a Roma junto con otros 300 y pico, antes de quedarse ya callados o hablando en voz baja por el resto de sus vidas. En el pueblo, todos menos dos o tres llegados con el tren o por el tren cumplían con pascua florida, incluso cuando ya no era necesario el aval que lo certificara. En la parroquia de la maría santa cabían todos menos algún rojo que otro, vencedores y vencidos parecían en efecto allí plácidamente iguales.

Porque en mi pueblo había, vaya que si había, vencedores y vencidos, perdedores y ganadores con aquel incendio del que era mejor no hablar. De vez en cuando, llegaban al pueblo, además de americanos jubilados en busca de sobrinas que les calentaran la cama y los pies en sus últimos años, algunas parejas mayores de aspecto profesoral, dispuestos a callar a cambio de dejar los huesos en el lugar donde habían vivido sus mejores años. Eran algunos protagonistas de la historia en tiempo normal, pero las gentes de mi pueblo se habían acostumbrado a hacerse los despistados, no tenían curiosidad. Algunos de los que se fueron nunca regresaron, como aquel exalcalde pequeño y gordo que iba de cónsul para Lisboa y luego ya vería y murió de la emoción en el barco que le traía de Venezuela. Estaba ya todo el pueblo reconstruido, incluso Frantsez kale, cuando llegó un americano-americano preguntando por testigos del incendio, que no era tal, sino bombardeo puro, duro y salvaje. Gracias a las gestiones de un par de mujeres valerosas pudo reunirse con unos pocos que, con nombre ficticio y mucha discreción, dieron testimonio de la salvajada que habían vivido y sufrido en carne propia.

Luego, la gente de mi pueblo empezó a viajar, a salir, primero hasta Lourdes y luego más lejos, y tuvieron noticia de lo importante que eran en todo el mundo gracias a un cuadro extraño. De repente, aquellos niños, ya mayores y asomados al mundo, se dieron cuenta de que eran famosos, de que su pueblo era más conocido que su patria por el cuadro de un señor del que hasta entonces no habían oído hablar. Era un cuadro extraño, sin color, feo, pero llevaba el nombre de su pueblo. ¿Por qué sería? Empezaron las preguntas, las respuestas y la difusión clandestina de sus verdades, que hacían llegar al principio solo a los de confianza, de los suyos. Pero muchos de estos les hicieron saber que bastante habían sufrido y que les dejaran en paz, ahora que por fin ya habían recuperado la placidez y sus comercios. Sin embargo, los jóvenes estaban fuera de control, salieron a la calle y al comando, se dieron a militar como en ningún otro lugar, como si de recuperar tiempo y dignidad se tratara. Los que habían implantado el orden no sabían cómo responder, estaban sobrepasados, pero sobre todo extrañados, confundidos, ¿cómo puede estar sucediendo esto aquí? Pasaron unos años horrendos, como apestados, pero supieron adaptarse a la realidad de los nuevos tiempos, dejarlos pasar, tomarse unas vacaciones al sol mientras se iban convirtiendo en ancianos respetables de los que era imposible imaginar maldad alguna en el pasado. Ahora a nadie se le ocurriría hablar de incendio, provocado por los propios rojo-vecinos además, pero ahora, todavía, nadie habla de aquellas dos ocasiones en las que los representantes del municipio habían nombrado hijo predilecto (h.p.) al responsable mayor de aquel bombardeo, nadie quiere recordar malos tiempos, no es bueno avivar rescoldos, ahora que ya incluso muchos hijos y nietos de aquellos (h.p.) han dado muestras, a veces exageradas, de no seguir los caminos ni ideas de sus mayores.

NOTA: Hace unos días me topé con esto. “D. Enrique xxxx xxx, alcalde de la villa, certifico que de los antecedentes que obran en este Ayuntamiento resulta que a xxxx xxxx, que fue vecino de esta Villa, en el incendio ocurrido el 26 de abril de 1936, como consecuencia de la guerra y que destruyó el pueblo, se le destruyeron quemándose, todos los muebles y enseres que poseía”. Lleva fecha de 15 de mayo de 1942. Lo firma el alcalde de turno, con derecho a dar nombre a una calle en lugar privilegiado de la villa hoy. Reparé en ello hace unos días, revisando esos papeles íntimos de los padres que por pudor y dolor nos resistimos a revisar tras su fallecimiento. No creo que estuvieran ellos pensando, recién casados cuando les sobrevino el incendio desde del cielo, con estruendo y metralla, en que pudiera servir eso luego para sustentar verdad, justicia y reparación alguna. No callaron ellos cuando Egurtxiki, el americano, vino desde el norte de las américas a recoger testimonios. Eran personas dignas y con memoria.



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