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Editorial

Memoria, de Gernika a Sanjurjo

En vísperas del octogésimo aniversario del bombardeo de la villa foral, hechos como la inhumación del golpista Sanjurjo muestran que España tiene aún una deuda con la verdad y la justicia

Domingo, 23 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:13h

A pocos días de que se celebre, el próximo miércoles 26 de abril, el octogésimo aniversario del bombardeo de Gernika sobre la población civil por parte de la Legión Cóndor nazi bajo las órdenes del general golpista Francisco Franco, aún es obligado realizar un ejercicio de memoria colectiva no solo para que aquellos ignominiosos hechos, sus trágicas consecuencias y las mentiras que sobre ello se vertieron no se olviden, sino como reconocimiento a las víctimas y a la verdad, como exigencia de reconocimiento y justicia y con la esperanza de que el recuerdo sirva al menos como antídoto para que jamás pueda repetirse. Al igual que Gernika, símbolo universal de la barbarie fascista, más de 80 municipios vascos sufrieron durante la guerra que siguió al golpe militar de Franco continuos bombardeos contra la población civil, con un balance de miles de víctimas. Entre ellos, la villa de Eibar, que quedó arrasada y donde fallecieron casi un centenar de personas. La reciente visita del lehendakari, Iñigo Urkullu, al campo de concentración nazi de Auschwitz supone, en este sentido, no solo un hermanamiento entre quienes han sufrido la barbarie -Euskadi fue a la postre un campo de pruebas de Hitler-, sino también un llamamiento al recuerdo y una exigencia de paz. En este contexto de conmemoración del 80º aniversario de estos crímenes contra la humanidad, ha causado estupor la ceremonia de inhumación de los restos mortales del general golpista José Sanjurjo -que fueron exhumados en noviembre, junto a los de Emilio Mola, de la cripta situada en Iruñea-, militar que lideró los pronunciamientos de 1932 y 1936 contra la legalidad democrática de la República, y la participación en estas exequias de miembros del Ejército español, como el comandante general de Melilla, Fernando Gutiérrez, y el presidente de la ciudad autónoma y senador del PP Juan José Imbroda. La explicación posterior de que “no se le rindieron honores militares” y de que la ceremonia fue “íntima y privada” es absolutamente improcedente en un país democrático. En coincidencia con estos hechos, ayer falleció Utrera Molina, ministro de Franco y acusado en la querella por crímenes del franquismo, sin responder ante la justicia y las víctimas. Fue despedido en un acto de inconfundible aroma franquista. El Estado español sigue teniendo una deuda que pagar con la memoria, la verdad y la justicia, desde Gernika a Sanjurjo.


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