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Y tiro porque me toca

Dimes y diretes

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 23 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:13h

es una falta de respeto a la ciudadanía considerar que la corrupción sistemática que alcanza de lleno al partido en el poder son “dimes y diretes”;pero nada nuevo. La arrogancia y la prepotencia viene de lejos. Lo eran cuando en el 2009 comenzaron a destaparse, uno detrás de otro, casos de corrupción mayúscula, que daban de lleno a políticos en ejercicio o a personas socialmente relevantes, como el yerno del rey, por no hablar de la caja B del Partido Popular, la destrucción de pruebas y un etcétera difícil de inventariar en una página. Dimes y diretes. Mala fe o desfachatez de clase por parte del ministro portavoz del Gobierno cuando son varios cientos de personas los imputados, procesados o condenados.

Resulta gravísimo que un fiscal jefe anticorrupción intente usar su autoridad jerárquica para obstaculizar una investigación de corrupción con media docena de delitos asociados -organización criminal, malversación de fondos públicos, fraude en la contratación, prevaricación, falsedad documental y blanqueo de capitales- y que no dimita cuando eso sale a la luz y que el Gobierno, encima, le cubra (porque equivale a cubrirse a sí mismo). Asombroso.

No es de recibo que el Gobierno actual y el anterior, que es el mismo, cuyo presidente está citado como testigo en un caso de corrupción que a él apunta, no supiera nada de lo que va saliendo a la luz de manera imparable. Hay policía, hay servicios secretos, hay funcionarios no venales, las operaciones de saqueo no son del todo opacas, ha habido denuncias sistemáticas por parte de periodistas de investigación y de políticos, no solo de la corrupción económica y política, sino de encubrimiento. La corrupción en España no es un salpicón de casos aislados sino una trama de Estado.

No es posible distraer 23,2 millones de euros sin que nadie se entere, y esto es solo el principio o una más. Nadie sabe lo que hay detrás, lo que hay de verdad detrás y debajo. Salen nombres y más nombres de gente que ha medrado a la sombra del poder desde el franquismo, como el exministro franquista Villar Mir, cuyo yerno, el bochornoso compiyogui de la reina, viene siendo zarandeado judicialmente con protección policial. No pasa nada, no importa. Los intocables, hay una casta de intocables que no solo pueden pagarse una justicia a su medida, sino que se sienten poco menos que impunes hasta cuando se enteran, por filtraciones gubernamentales, que están siendo investigados. Hasta ahora. No sabemos en qué parará todo esto.

¿Cuántos lectores ha perdido La Razón después de que su director y presidente del consejo de administración hayan sido imputados por amenazas y su consejero delegado encarcelado? Pocos, me temo, porque ese periódico, beneficiario del desgobierno del Canal Isabel II, suministra a sus lectores lo que estos quieren leer: infamias.

Conviene no olvidar que los hoy acusados de delitos relacionados con la corrupción, han formado parte relevante de un entramado político de gobierno y ejercido cargos públicos relevantes, electos o de designación directa, en varios gobiernos;que es obvio que ha habido una complicidad política por encubrimiento doloso y culposo, dentro y fuera de las instituciones;que profesionales de la comunicación orientada a la intoxicación informativa y a la descarada propaganda política gubernamental, han silenciado y desacreditado las denuncias de corrupción sistemática por parte de periodistas y políticos de la oposición;que, a sabiendas de lo que sucedía, una casta ha sacado réditos políticos del fervoroso apoyo de quienes han hecho de lo público un negocio privado, como el expoliador ahora detenido, cuyo nombre unido a la dirección del Partido Popular desde antiguo será olvidado en pocos años.

No es un partido político el que está tocado, por mucho que ostente el poder y gobierne de hecho con toda la prepotencia de la que es capaz, sino un sistema de gobierno, un sistema a secas, social, educacional, económico, judicial... Es difícil encontrar una institución del Estado que no esté tocada de una manera u otra.

Y tras haber escrito mucho sobre este repugnante asunto (y leído mucho ustedes) conviene reconocer también que en este país no hay gota que colme el vaso, que al ruido de hoy le sucederá el silencio o la bulla renovada de mañana, que parece que estamos domesticados y que lo aguantamos todo, y que, una vez más, demostramos que a pacíficos no nos ganan ni los suizos.


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