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Un juez condena a una turista que descansaba en otsagabia porque su perro atemorizó a un rebaño del que murieron 12 ovejas y desaparecieron 27

Por Xabier Iraola - Domingo, 23 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:14h

Xabier Iraola

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Ala vuelta de unos días de descanso con motivo de la Semana Santa y con un país plagado de turistas, ¡menos mal que seguimos en crisis!, la alegría me ha llegado a través de los medios de comunicación al conocer que un juzgado ha condenado a una turista, catalana para más señas, cuyo perro, suelto, atemorizó a un nutrido rebaño de ovejas en Otsagabia y provocó la consiguiente estampida que se saldó con 12 ovejas muertas, 27 desaparecidas y 141 abortos. La sentencia, por lo reflejado en la prensa, destaca la actitud de su propietaria, que además de mostrar un desinterés por los daños ocasionados y desprecio por el enfado del pastor, incluso llegó a manifestar que Navarra, como comunidad que quiere vivir del turismo, debiera asumir como algo normal el incidente ocurrido.

Pues bien, toda persona que haya caminado o estado al lado de un rebaño sabrá que las ovejas son muy miedosas, huidizas, gregarias y tan alocadas que apoderadas por el miedo son capaces de cualquier cosa, incluso, de tirarse por un barranco o a un río y ahogarse, por lo que no nos debe extrañar nada el lamentable resultado del incidente perruno.

No es ni el primero ni el último perro que suelto hace una avería en la hacienda ganadera más cercana, ni es el primer ni último turista, paseante, montañero, cazador, etc. que, con perro o sin él, como Pedro por su casa, dejando abiertas las vallas o cierres que el ganadero tenía cerradas, muestra una actitud de sorpresa, cuando no desprecio hacia el borono de pantalón mahón y camisa de cuadros con txapela, por el enfado que el propietario de los terrenos le muestra por el simple hecho, por la tontería de andar con el perro suelto, dejarse la valla abierta tras su paso o alimentarse (además de llevarse unas cuantas para casa) con una sabrosas manzanas. “¡Fíjate cómo se ha puesto por una chorrada!”, es la exclamación más habitual en boca del paseante al considerar que él está en posesión de todos sus derechos puesto que se encuentra en el monte que, según sus coordinadas mentales, es de todos.

Por ello, creo que esta sentencia es doblemente positiva para el sector primario ya que recoge lo perceptible (muertes, desaparecidos, desprecio del turista, etc.), pero también lo imperceptible, y en muchos casos difícil de demostrar, como son los 141 abortos en el ganado. En definitiva, una sentencia ejemplarizante para muchos paseantes en territorio ajeno y muy a tener en cuenta por el sector ganadero.

Territorio ajeno no, pero sí alejado de mis ocupaciones habituales, como el Simposio al que acudí a Valencia titulado Diálogos sobre nutrición y sistemas alimentarios sostenibles organizado, entre otros, por la Universitat Politécnica de Valencia (con el liderazgo del catedrático y amigo José María García Álvarez-Coque) y el auspicio de la FAO y del Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán (MUFPP) y en el que colaboré como moderador de un panel sobre Gobernanza de los sistemas alimentarios.

Al acercarme a este territorio, cuando menos, desconocido, mi actitud quiso ser, primeramente, de respeto y de curiosidad por conocer el motivo por el que un centenar largo de ciudades y urbes deciden reflexionar sobre el hecho de la alimentación en sus ciudades y tras la firma del MUFPP, se comprometen a “trabajar para desarrollar sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados, para asegurar comida sana y accesible a todos en un marco de acción basado en los derechos, con el fin de reducir los desperdicios de alimentos y preservar la biodiversidad y, al mismo tiempo, mitigar y adaptarse a los efectos de los cambios climáticos”. ¡Ahí es nada!

En los Diálogos recién acabados se ha debatido sobre los desafíos y las oportunidades de una alimentación sostenible para los territorios. Un simposio cuyas conclusiones y propuestas se aportarán a la Cumbre anual y Encuentro de Alcaldes de las Ciudades signatarias del Pacto de Milán que tendrá lugar del 19 al 21 de octubre de este mismo año, también en la capital valenciana que fue declarada por la FAO como Capital Mundial de la Alimentación en este año 2017 y a la que estarán invitados, entre otros muchos, los alcaldes de Bilbao y Vitoria-Gasteiz, signatarios del Pacto de Milán.

Ciudades como las mencionadas y otras cuantas urbes como Nueva York, Nairobi, Chicago, México DF, Pekín, Kioto, etc. me merecen el máximo de los respetos por haber situado la alimentación, no solo como definición abstracta, sino como una de las materias principales de su agenda política a nivel municipal, y es por ello que observo con sumo interés los numeroso planes, estrategias y compromisos que estas y otras ciudades (no quisiera acabar sin mencionar los esfuerzos de Donostia con su clúster Guztiona) están adquiriendo en pro de una alimentación sostenible para su población.

Por lo que a mí respecta, el panel que yo moderaba en dicho simposio era sobre la gobernanza de los sistemas alimentarios y si bien las numerosas visiones destacaban, lógico por otra parte, la participación como elemento aglutinador de los diferentes agentes de la ciudad y la colaboración entre agencias y departamentos diversos de los ayuntamientos. Creo constatar que aún son muchos los municipios en los que no hay una verdadera asunción del compromiso, que brilla por su ausencia un enfoque transversal de la cuestión alimentaria y por extensión, un consiguiente reconocimiento y visibilización de dichas responsabilidades políticas a través de la creación de un consejo alimentario y de su proyección externa en la persona de un responsable político de rango superior.

Quizá sea pedir demasiado, como dice el dicho, “contra el vicio de pedir está la virtud de no dar”, o quizá sea por desconocimiento. Yo por mi parte, les anticipo mi interés por aprender y colaborar.


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