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Con la venia

Un lugar en la memoria

Por Pablo. Muñoz - Domingo, 23 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:14h

el presidente de Confebask, Roberto Larrañaga, ha lanzado la idea de reivindicar un “acto de memoria” al empresariado vasco por los padecimientos sufridos durante la etapa de actividad de ETA. Cree necesario recordar públicamente el papel, en su mayoría silencioso, de aquellos empresarios que “resistieron y apostaron por su tierra” y de los que “empujados por el miedo” tuvieron que marcharse.

Esta propuesta del presidente de los empresarios vascos ha sido acogida, en general, sin apenas eco, sin ser secundada hasta el momento ni por instituciones públicas, ni por asociaciones de víctimas, ni más apoyos que el del secretario de CCOO de Euskadi, Unai Sordo, que interpelado en una entrevista calificó de “correcta” la iniciativa. Claro que cuando Larrañaga lo propuso, los medios y los empeños se ocupaban de la resaca del Aberri Eguna y la refriega del PSOE. Bueno, al menos no se ha escuchado ninguna salida de tono de quienes sienten que el cuerpo les pide negar ese reconocimiento público, viniendo de quien viene. Aún quedan fanáticos de “a la Patronal, ni agua”.

También es verdad que el presidente de Confebask se ha quedado corto reivindicando un reconocimiento público “a los empresarios vascos” como objetivo de la extorsión de ETA. La maldita carta, esa cuartilla con sello de hacha y serpiente en la que se exigía una elevada cantidad de dinero como contribución a la revolución vasca, fue remitida también a profesionales, deportistas, artistas, cocineros y hasta modestos comerciantes. Gentes del pueblo, que padecieron también en su patrimonio, en su integridad física y en su equilibrio emocional tras recibir la amenaza.

Para hacerse una idea de lo que supuso aquella sobrecogedora práctica es conveniente leer el trabajo recientemente publicado por el Centro de Ética Aplicada (CEA) de la Universidad de Deusto con el título Misivas del terror. Análisis ético-político de la extorsión y la violencia de ETA contra el mundo empresarial. En él no solamente se detalla el daño a las personas, sino el daño a la economía vasca que provocó la extorsión, a la que no todos los receptores resistieron.

El que esto firma conoció de cerca la tragedia personal de quienes recibían aquellas misivas del terror. Tan de cerca que por intentar liberar de esa angustia a algunos de los amenazados y protegerles en su patrimonio y en su integridad física, hubo de pasar por los calabozos de la Audiencia Nacional. Aquella siniestra carta, con su carga de zozobra, de desesperación, de pánico, de incertidumbre y de silencio, afectó de manera implacable a un sector social vasco que en muchos casos ni de lejos coincidía con la figura tópica del empresario insaciable, insolidario y codicioso. Eran cartas, a veces, aleatorias y hasta equivocadas. Eran cartas, lamentablemente, consecuencia de datos aportados por empleados, o compañeros, o vecinos, de los amenazados. Eran cartas que expandieron el terror y por las que unos pagaron, otros denunciaron, otros huyeron y todos sufrieron. Eran cartas a las que, en los casos extremos, siguieron el secuestro y hasta el asesinato de quienes no cedieron al chantaje. Y, paradojas de este pueblo, hubo quienes ante estas barbaridades miraron para otro lado o, en el colmo de la crueldad, las jaleaban con la atrocidad “¡Aldaya, paga y calla!” berreada contra los manifestantes de apoyo al empresario secuestrado.

Por supuesto, no solamente los empresarios sino todos los extorsionados tienen derecho al homenaje y al recuerdo. Imagino que no será fácil porque en aquellas circunstancias primaba la discreción, y en la discreción han permanecido, pero quienes se vieron afectados por aquellas misivas del terror deberían constar en los listados de víctimas que algunos manejan con más o menos merecimientos, y ser tenidos en cuenta con la misma consideración.

Bienvenida sea la reivindicación propuesta por el presidente de Confebask, pero los círculos concéntricos afectados por aquellos torpedos implacables llegaron a empresarios, profesionales, deportistas, comerciantes y, también, a sus familias. Todos ellos tienen derecho al homenaje, al recuerdo y a su lugar en el Relato.


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