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Tribuna abierta

La burocratización de los movimientos sociales

Por José Luis Orella Unzue - Viernes, 21 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Ejemplo paradigmático: “La dirección de la Asociación contra el cáncer en Gipuzkoa dimite por discrepancias severas con Madrid”. Este era el titular de prensa del 4 de marzo de este año. Pero, al leer más despacio, nos encontramos con que la junta directiva de dicha asociación ha presentado su dimisión en bloque por discrepancias severas con el modelo de gestión implementado desde la dirección nacional, dejando sin liderazgo a la entidad en uno de los territorios donde más socios cuenta de todo el Estado, unos 11.000. La razón aducida es la pérdida del espíritu de voluntariado que caracteriza al colectivo y el hecho de que esas personas voluntarias estén perdiendo capacidad de gestión en favor de profesionales. “Se está profesionalizando una asociación que debe su fuerza al voluntariado y a su trabajo”.

Es el último ejemplo de una larga lista de movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales que, nacidos por un espíritu de colaboración cívico, con el paso del tiempo y con la idea de una mayor efectividad, se están burocratizando.

Si existe un movimiento social es porque hay allí una base, formada con incontables personas llenas de anhelos y aptitudes, para contribuir a la transformación social. Las circunstancias de la actividad diaria no siempre permiten las asambleas generales continuadas, haciéndose necesaria, muchas veces, la delegación de poder. Sin embargo, quien delega debe controlar. La aplicación de esta norma conlleva como consecuencia la capacidad de la asamblea de sustituir las coordinaciones, direcciones y comités mal evaluados. Y esto difícilmente sucede.

Los voluntarios no olvidan que los objetivos de todo movimiento social son alcanzar los fines para los que se fundó y la creación entre los miembros del movimiento de nuevas relaciones sociales, solidarias e igualitarias en un proceso de concienciación creciente.

Las actividades de dirección jamás pueden ser vistas como especialización de funciones. Toda la base debe ser estimulada a asumir responsabilidades orgánicas, de preferencia rotativas, que generen una masa crítica de capacidad dirigente.

Sin embargo, uno de los peligros más comunes de todo movimiento social es la burocratización, es decir, la división del movimiento entre una base pasiva y una activa elite de los “más iguales que los demás”.

Asimismo, conlleva un efecto económico, como es el de reservar unas partidas sustanciales de su presupuesto al sostén de la propia burocracia, con la merma consiguiente de los fondos recibidos y de las aportaciones ciudadanas, lo que contribuye a crear un distanciamiento entre la masa social y el equipo dirigente. Más aún, como poder creado por encima de las bases de voluntarios, el burócrata teme que un proceso asambleario derrumbe su poder organizativo.

Existe un vínculo íntimo entre la burocratización, la deslegitimación de los horizontes corporativos y la conversión del aparato organizativo en el objetivo principal. El burócrata pierde la visión de la meta original y pasa a vivir, cada vez más, para defender su aparato organizativo.

Como consecuencia, se acentúa la desmoralización del voluntariado en el momento en el que la base se vuelve pasiva y los dirigentes se vuelven independientes de ella, se distancian del movimiento cotidiano de lo que dicen representar y se transforman en los nuevos jefes de las organizaciones que controlan.

Con la burocratización, los movimientos sociales se convierten en émulos de esos partidos políticos cuya orientación ya no obedece a decisiones tomadas por la base sino que se ve enteramente determinada por la dirección. Las bases ya no se reúnen en asambleas para discutir y decidir. Son convertidas en rebaño que oye las instrucciones de los dirigentes. Esos dirigentes, en vez de ser cuadros que favorecen el desarrollo de los intereses de los voluntarios, se convierten en dueños de estos intereses. Pretenden evitar las relaciones de solidaridad directa entre las bases de los movimientos, haciendo que las relaciones sean establecidas tan sólo entre “cuadros dirigentes”.

Uno de los criterios para evaluar si el movimiento se está burocratizando consiste en saber en qué medida las direcciones son controladas por la base, en qué medida la base consigue influir y determinar a las direcciones en sus necesidades y en su dinamismo. Otro criterio para medir la burocratización de un movimiento social consiste en averiguar si las direcciones se esfuerzan por promover la autonomía de la base y por incentivar las decisiones colectivas y las relaciones de solidaridad o si, por el contrario, procuran a cualquier costo reforzar su autoridad y dejar a la base sin voz y sin un campo de actuación directo.

De hecho, se instalan prácticas nocivas como son las listas de asistencia a las asambleas. Estas listas establecen una clasificación entre los militantes y voluntarios por lo que aquellos que tienen más asistencias tienen acceso supuestamente garantizado a las direcciones del movimiento social.

Como consecuencia, se produce el agotamiento de las asambleas y de los espacios formativos. Las bases se desmovilizan, son convocadas excepcionalmente y se reduce su papel a aprobar sin discusión planes y presupuesto presentados por la dirección.

Los nuevos cuadros de mando se preocuparán en mantener su poder internamente, buscando eliminar cualquier voz disonante e impidiendo la entrada de otros que podrían regenerar la asociación. Con este olvido de las bases, se genera el declive de las iniciativas propias del movimiento social al desaparecer la presión social y al crecer la organización burocrática que necesita justificar su razón de ser.

Se puede afirmar, por tanto, que con la burocratización se culminan las cuatro etapas de los movimientos sociales: emergencia, coalescencia, burocratización y declive.


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