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La UE centrífuga

Por Valentí Popescu - Lunes, 17 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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mientras la Comisión comunitaria y la prensa occidental tratan aún de entender y asimilar el brexit, la opinión pública no se percata de que también los países periféricos de la Unión Europea están a un paso de abandonar la Unión, aunque no sea más que moralmente por ahora. Este fenómeno ha pasado inadvertido hasta ahora porque prensa y gobernantes de la Europa rica se han ido por las ramas de lo episódico en vez de afrontar el núcleo del problema de la esencia comunitaria. La prensa, evidentemente, porque es lo que viene haciendo desde hace decenios: brinda muchas más cosquillas histéricas que análisis profundos. Claro que estas imágenes e historias de los cadáveres de los fugitivos ahogados en el Mediterráneo -o tiritando en las campamentos griegos, macedonios y húngaros-, atraen muchos más lectores y telespectadores que una denuncia de la apatía política de la UE ante el drama de las migraciones masivas de tercermundistas hacia la Europa rica.

Pero si la prensa tiene la débil excusa de una mala praxis profesional, los dirigentes de la UE no tienen ninguna para su inoperancia. Y es que en este tema -como en tantos otros de la coexistencia comunitaria-, Bruselas se ve paralizada tanto por los intereses discrepantes de sus Estados miembro como por la propia incapacidad de imponer una política conjunta.

En realidad, lo último es consecuencia de lo primero. La UE nació en realidad a mediados del siglo pasado como un ente económico supranacional de naciones -seis no más- de cultura, economía y potencia industrial parejos: el Mercado Común Europeo. Sus objetivos eran crear por la vía de los intereses/beneficios comunes una coexistencia estable y pacífica. El éxito, sobre todo el económico, fue rápido y arrollador. Lo fue tanto que impuso casi antes de tiempo el paso siguiente: el de desplazar el motor del ente de la economía a la política hasta acabar haciendo del Mercado Común la Europa Común. Una Europa de los Urales al Atlántico -así el postulado inicial- sería garantía de paz y progreso en el Viejo Continente… y a la larga, en el mundo entero.

También en este caso las prisas y el éxito fácil fueron malos consejeros. La politización y ampliación del Mercado Común se hicieron a galope, en un alarde de voluntarismo y sin un análisis serio de su viabilidad. Se contemplaron las arcas rebosantes de Bruselas y las ansias de los marginales europeos por entrar en ese moderno Eldorado para creer que realmente se estaba llevando a cabo una unión europea. No se quiso ver -con la excepción del general de Gaulle, quien solo concebía una unión de las patrias- que las diferencias financieras se podían llegar a superar en un tiempo más o menos largo, pero que las culturales necesitaban un proceso muy, muy, largo y difícil para llegar a generar una mentalidad compartida en todo el Continente.

Y así, a la primera crisis demográfico-económica -la de los migrantes tercermundistas- la Europa Oriental sacrificó toda idea de comunidad y de solidaridad para anteponer sus inmediatos intereses nacionales. En Polonia, cuya historia es un rosario de desafíos de individualismo nacional, ni siquiera hizo falta la tensión demográfica. El Gobierno de Varsovia ha crispado al máximo la convivencia con la UE por discrepancias de valores políticos. Y en Gran Bretaña, las diferencias culturales y los hábitos políticos insulares se cerraron en banda frente a los continentales hasta provocar un brexit que puede resultar económicamente excesivamente caro, pero sentimentalmente muy satisfactorio…¡por muy inglés…!


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