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Gerardo Bujanda Gudari en la Guerra Civil, militante en la cladestinidad durante la dictadura franquista y dirigente del PNV en la transición

“Siempre hay que luchar por algo”

Gudari en la Guerra Civil, militante en la cladestinidad durante la dictadura franquista y dirigente del PNV en la transición, Gerardo Bujanda repasa su intensa trayectoria vital, próximo a cumplir los 98 años

E. Iribarren Ruben Plaza - Domingo, 16 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:12h

Garardo Bujanda

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Garardo Bujanda

donostia- Este año se cumplen 80 años del final de la guerra en Euskadi. Es un aniversario triste, por la derrota y porque dio paso a una larga y cruel dictadura que no dejó ver la luz hasta la muerte de Franco, casi 40 años después. Luego llegó la transición, la restauración democrática y la aprobación del Estatuto de Gernika, eso sí, no sin sobresaltos como el golpe de Estado de 1981 o la contumaz actividad violenta de ETA. Gerardo Bujanda es un testigo privilegiado de esta parte de la historia, tan dramática como apasionante. Su testimonio es el de un hombre que lo ha visto casi todo desde la primera línea del frente: como gudari en el campo de batalla, como militante clandestino durante la dictadura o como dirigente político en la transición. En verano, cumplirá 98 años, lo que le convierte en uno de los últimos combatientes vivos de la Guerra Civil. Pocas fechas tan apropiadas como el Aberri Eguna para destapar el tarro de las vivencias de nuestro protagonista. Una vida plena de acción y compromiso abertzale por la libertad y por Euskadi.


Con 17 años al frente


A Gerardo Bujanda la Guerra Civil le pilló muy joven. No tenía los 17 años cumplidos cuando se produjo el golpe franquista. En casa eran seis hermanos, tres hombres y tres mujeres, huérfanos de padre y madre. Al enterarse del levantamiento, los dos mayores abandonaron la familia para incorporarse a los primeros grupos que se organizaron en la defensa de Gipuzkoa. Bujanda no esperó mucho más para seguir los pasos de sus hermanos.

Bujanda nació en el barrio del Antiguo de Donostia, donde sigue residiendo. El Antiguo actual no tiene nada que ver con el que descubrían sus ojos adolescentes a principios de los años 30. Pese a que hoy es una próspera zona residencial, entonces era un barrio principalmente obrero, donde trabajaban cientos y cientos de personas en factorías como Lizarriturry, Jabones Lagarto, o Cervezas El León. “Me llamaba la atención cuando asomaba esa marea azul de trabajadores con aquellas caras tristes. Tocaban la sirena y todos los obreros salían a la vez. Creo que aquello forjó un espíritu rebelde en mí”.

Eran tiempos agitados, de fuerte tensión política y sociedad muy polarizada. Eran tiempos para comprometerse, como hizo Bujanda. Antes de que estallara la guerra repartía propaganda en favor del Estatuto, hacía prácticas de tiro en Igeldo con grupos de acción del ba-tzoki, o vigilaba pequeños arsenales de pistolas a resguardo de la parroquía. Por eso, cuando sus dos hermanos partieron hacia el frente, él tomó el mismo camino.

Se incorporó al cuartel de San Bartolomé como el más joven de los voluntarios. “Tuve que barrer mucho”, recuerda. Luego, “con mucha vergüenza”, realizó patrullas de vigilancia por las calles de Donostia armados con fusiles que “no había forma de cargarlos”, y prontó se encontró cara a cara con los requetés en el frente de Oiartzun. Era agosto de 1936 y acababa de cumplir 17 años. No había vuelta atrás.

Enrolado en el Batallón Saseta del Eusko Gudarostea, desde el frente de Oiartzun hasta el final de la contienda en Santoña, fueron trece meses de una guerra en la que se luchó “sin convencimiento de que podíamos ganarla. Es lo que pienso ahora”, afirma con la perspectiva que proporciona el tiempo. En esos intensos trece meses Bujanda sintió el peligro “muchas veces, pero no me solía dar cuenta hasta que pasaba”. Y por supuesto, pasó miedo. “Claro que sí, se pasa mucho miedo aunque yo creo que tuve el arresto y el valor de vencerlo. Sobre todo sentía miedo después de cada acción, en frío, cuando te parabas a analizar lo ocurrido”.

Para Bujanda, la guerra también acabó en Santoña. Fue recluido en el campo de concentración de Laredo, donde contrajo el tifus. De aquel episodio guarda un sentido recuerdo vinculado a la memoria de su hermano mayor a través de la medalla de San Ignacio de Loiola que conservó después de darle sepultura en el cementerio de Derio. Esa medalla le identificó como gudari ante la directora del sanatorio antituberculosos de Pontejos, donde se recuperaba de la enfermedad. Hija de un coronel franquista por el que intercedieron un grupo de gudaris con la guerra ya perdida, agradecida por este gesto protegió a Bujanda “como si fuera mi madrina”.

Al recordar aquellos años, reconoce que en ocasiones los revive como “si fueran un sueño”. Las consecuencias, sin embargo, fueron trágicamente reales. El saldo personal fue terrible. Derrota, trabajos forzados, la pérdida en el frente de batalla de su hermano mayor y de un primo, encarcelamiento de su otro hermano, Inoxen, al que nunca más volvíó a ver, y el exilio en Francia de sus hermanas.

Al igual que para otros muchos combatientes, el final de guerra en Euskadi no puso fin a las penalidades. Una vez que recibió el alta le esperaban los trabajos forzados. Cuatro años en batallones de trabajadores cavando trincheras y construyendo carreteras en lugares como Badajoz, Toledo, Guadalajara o Madrid. “Ni me acuerdo de la cantidad de sitios por los que nos movieron”. Los batallones estaban formados por cinco trabajadores y si alguno escapaba “se fusilaba al resto”. Mal nutridos y apalizados, recibían un chusco de pan “que untábamos en anís”. Fue una época dura “pero se trataba de pasar el día y todo dependía del ánimo personal”.

A los trabajos forzados le siguió el servicio militar. Cuatro años con destino en Marruecos, en Tzelatza de Anyera. “Con todo lo que había pasado, en la mili me resarcí. Pasé un servicio militar escandalosamente bueno”. Recuerda sus buenas relaciones con la población local, “me llamaban el maestro”, y el negocio del estraperlo, que le permitió enviar dinero a sus hermanas recién llegadas del exilio en Francia. “Intercambiábamos azúcar por huevos y carne de jabalí, que ellos no comían”.


La clandestinidad


En el intervalo de cuatro meses entre el final de los trabajos forzados y su incorporación al servicio militar, Bujanda cumplió su primera misión clandestina trabajando para la Red Comète, que le confió la misión de acompañar a un piloto inglés desde Gipuzkoa hasta Bilbao. Solo dos días después de acabar la mili, “los comandantes Salegi y Plazaola me ofrecieron colaborar”. Bujanda no lo dudó. “Después de lo que he vivido creo que la vida de un hombre es la clandestinidad. Eso es vivir, ahí sientes momentos de euforia y momentos de depresión compensados por nuevos momentos de euforia. Esos altibajos fortalecen el espíritu”.

Su paso por la clandestinidad no le salió gratis. Fue detenido media docena de veces. Y en una de esas ocasiones, salvajemente torturado por la Guardia Civil. “La verdad es que he tenido mucha suerte. Durante los arrestos casi siempre he tenido padrinos que intercedieron por mí, que presionaron para que me liberaran”. No ocurrió lo mismo cuando cayó en manos de la Guardia Civil, que lo encerró en los calabozos de la comandancia de la avenida Zumalakarregi, en su barrio del Antiguo. No olvida los nombres del “sargento López y el agente Losada”, que le causaron heridas que le dejaron convaleciente durante quince días.“Yo he comprometido a mucha gente”, admite Bujanda, “pero nadie ha ido a la cárcel por mí. Yo sí he ido por otros”.

Durante la dictadura conoció a muchas personalidades del PNV, pero guarda un recuerdo especial de Juan Ajuriaguerra. “Con él estuve más de treinta años en la cladestinidad. Era un mandón, pero muy capaz y muy valiente, lo que se diga de él es poco”. Para Bujanda, Ajuriaguerra fue “como mi padre” y junto a su lecho permaneció en la localidad navarra de Ayegi la víspera de morir. “El gerente del hotel quería quitarse el cadáver de encima, pero le dije que el hotel se iba a hacer famoso precisamente por la muerte de ese hombre, y que le pusiera en el mejor sitio del hotel. Y así lo hizo”.

Otra episodio de su agitada vida conecta a Bujanda con el exilio. Durante casi una década fue Jon de Igeldo, el seudónimo bajo el que escribía las crónicas de lo que ocurría en Euskadi en la dictadura para su lectura en Radio Euzkadi, la emisora rebelde que instaló la resistencia vasca en la selva venezolana. La policía del régimen “nunca sospechó que era yo el autor de aquellas crónicas”.


La hora de la política


Con el fin de la dictadura, se acabó el trabajo en la sombra. Había que regresar a la luz, levantar el PNV, recuperar las libertades y reconstruir el autogobierno. Era la hora de la política. Y también en esta faceta se implicó Bujanda. Fue diputado en las Cortes españolas y presidente del Gipuzko Buru Batzar.

Estando en el Congreso fue testigo desde su escaño del golpe de Estado que protagonizó el teniente de la Guardia Civil Tejero. “Desde el principio les dije a mis compañeros que aquello era una charlotada. Nunca creí que pudiera triunfar. Solo guardias civiles, además gordos, de no haber salido nunca del cuartel. ¿Dónde está el ejército?, me preguntaba. Salí el último del Congreso. Allí vi mucho miedo”.

Otra experiencia más dramática si cabe fue cuando acompañó a Xabier Arzalluz y Luis María Retolaza a una reunión con los dirigentes de ETA(pm) Pertur y Erreka con la misión de que soltaran con vida a Ángel Berazadi, empresario guipuzcoano de la emblemática Sigma de Elgoibar y secuestrado días antes por los Berezis, los comandos especiales de los polimilis. Las gestiones no sirvieron de nada. A los días apareció muerto en una cuneta.

Bujanda exige a ETA una autocrítica. “No hacerlo es una cobardía”. Y no olvida aquellas concentraciones a las que acudía con el lazo azul en la solapa y en las que los concentrados de la izquierda abertzale gritaban “ETA mátalos”. “Eso no lo he olvidado. Me parecía tan horrible, que chicos de mi barrio que sabían de mi historia que me estuvieran gritando eso... ¿Qué demencia es esa? Yo no acepto que vengan a saludarme sin decirme Gerardo me he equivocado. Les falta asumir el pasado y tendrán que pasar varias generaciones para cerrar esa herida”.

La edad no es un obstáculo para seguir enganchado a la actualidad. Todo lo contrario. Bujanda está atento a las novedades informativas y a los principales asuntos que analiza semanalmente junto a veteranos militantes del PNV de la zona de Donostia en comidas que organizan en los batzokis del Antiguo y la Parte Vieja.

Todos estos años de militancia y acción no han rebajado un ápice su aspiración “independentista”. “Soy independentista sabiendo a ciencia cierta que no vamos a conseguir la libertad pero hay que luchar por algo y hay que tener las ideas claras. Quizás sea muy fácil hablar desde mi posición sin tener autoridad ni información, pero sinceramente creo que somos demasiado equilibristas. Y no, somos un partido político que luchamos por algo y hay que ver que se lucha”.


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