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El beaterio

La pastilla de chocolate amargo

Por Iñaki de Mujika - Domingo, 16 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:12h

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Oyarzabal, Illarramendi y Zurutuza celebran el gol que se marca Umtiti en propia portería, a disparo de Iñigo Martínez.

Veysonnaz es una localidad suiza en la que se disputa una de las pruebas de la Copa del Mundo de snowboard. Además de la buena organización, el paisaje níveo, la altura del lugar y el enorme valle que asoma a sus pies, una de las características de la competición es que al ganador le regalan un queso Gruyère del tamaño de una rueda de coche, o casi. Lucas Eguibar competía allí y había prometido que si lograba el triunfo repartía el queso.

La prueba iba formidable. Pasó todas las eliminatorias y llegó a la final. En el descenso hacia la meta llegó un italiano por detrás y lo mandó al suelo de un empellón cuando iba directo al triunfo. Pese a que quiso rehacerse y ganar, ya era imposible. Total que, además del disgusto de no conseguir la victoria, medio territorio se quedó sin catar el queso. Una pena porque iban llegando los aromas a velocidad de vértigo.

Como es un chico tan bueno, tuvo el detalle de regalarme una tableta de chocolate, del de allí, denominación de origen. Los suizos hacen obras de arte con el cacao y los complementos con los que consiguen productos formidables. Como esas tabletas no las encuentras aquí, la guardé con celo y la traté con cuidado. Envuelta en papel azul, con letras doradas. Doce onzas, separadas en dos columnas de seis. En otras circunstancias caería a pares, pero esta vez iba de nones. Una a una.

El pasado martes, después de cenar, decidí llevar al sofá una de ellas como postre. Justo cuando comenzaba la Juve a competir con el Barça. Iban las cosas de aquella manera y estaba el chocolate tan formidable que en el descanso volví a la cocina y partí otra onza con la que disfrutar durante el segundo tiempo. No sé qué guarda el chocolate en el interior pero, lejos de dormir como otras veces, fui despertando más y más hasta el punto de no poder conciliar el sueño.

Entré en la cama con la esperanza de doblar la oreja sobre la almohada. Ni para atrás. Comencé a dar vueltas a la cabeza y a pensar en el partido de ayer. No sabía muy bien si la contundente derrota de Turín era un buen resultado para nosotros, o no. Si seguían por el camino del encuentro de La Rosaleda y el de Italia, a lo mejor contábamos con opciones de éxito. En cambio, si rejoneados por las dos derrotas y los palos que les han dado desde dentro y fuera, se venían arriba, las opciones de éxito menguaban. Sentía una corazonada favorable a otra degustación y creo sinceramente que el equipo mereció más que perder por la mínima. El segundo tiempo fue un ejercicio de disfrute.

En todos los casos, la Real debería jugar bien, olfatear a su alrededor para saber cómo estaba realmente el contrincante y tratar de conseguir la heroica en una campo en el que no se gana desde que el cielo es azul. O casi. Hemos dicho muchas veces que los partidos los deciden los futbolistas. Nadie más. Si están convencidos, si las fuerzas no flaquean y si la suerte te acompaña, puedes pegar un campanazo en toda regla.

En ese insomnio del que te hablaba, hice preguntas sin respuesta. ¿Tiro la Liga y voy a por la Champions? ¿Aparco la competición continental y peleo por la doméstica? ¿Ganar la Copa es suficiente? ¿Luis Enrique reservaría tropa pensando en la vuelta europea? Podría seguir hasta concluir el artículo devanando los sesos sobre la idoneidad de la decisión. Una realidad sobrevuela el Camp Nou (lo sigue haciendo). El técnico asturiano puede cerrar su ciclo triunfante con un ejercicio exitoso o un fiasco en toda regla.

El partido contó además con la victoria del Real Madrid en El Molinón, aunque rozó la sorpresa. El punto de partida con una victoria gijonesa hubiera supuesto un aliciente para los locales y un punto superior de motivación. Como no está el horno para bollos, el Barça salió con todo menos Iniesta, incluido Jordi Alba en el lateral izquierdo. Y con Messi. Siempre él, capaz de aprovechar cualquier desajuste en la zaga enemiga. Dos goles, pero esta vez, la Real, lejos de hundirse, siguió a lo suyo y dio vidilla al partido antes del descanso.

Después llegó el ejercicio de superación. Las estadísticas confirmaban que la posesión del balón era txuri-urdin más que de su oponente. ¡En su feudo! Esto no sucede casi nunca. Como decía, las cosas se quedaron como estaban, pero no hay muchos peros que ponerle al equipo.

Si desde aquí hasta el final del campeonato mantiene la fe y no se lesiona la gente importante, se alcanzará el objetivo. El equipo ofreció un gran nivel y el dulce chocolate que esperaba se tornó amargo, pero seguro que llegará el momento de disfrutarlo dulce.


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