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Donostia

El agua que fluye en Txanpoene

El caserío de Aiete es testigo mudo de una historia que tiene mucho que ver con el agua y con su uso. En sus terrenos se esconden un lavadero y una fuente, elemento este que los vecinos quieren que se mantenga sin modificaciones ni traslados y que el Ayuntamiento propone cambiar de lugar.

Un reportaje de Arantxa Lopetegi. Fotografía Iker Azurmendi - Viernes, 14 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:13h

Fuente de Txanpoene, que los vecinos proponen se quede donde está.

Fuente de Txanpoene, que los vecinos proponen se quede donde está.

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Fuente de Txanpoene, que los vecinos proponen se quede donde está.

Al caserío Txanpoene de Aiete le queda poco tiempo de vida. Iñigo Etxabe lo dice con pena, porque allí ha vivido su familia por muchas generaciones. Su lugar lo ocuparán viviendas de lujo y del caserío solo quedarán recuerdos y algunos elementos arquitectónicos que servirán como testimonio de siglos de existencia.

En la parte exterior de Txanpoene se encuentra un dintel en el que se lee La nueva Barceloneta. 1773. No se sabe por qué está allí, quién lo colocó, ni cuál es su significado, pero sí se sabe que está previsto conservarlo de alguna manera e integrarlo en el parque de Arbaizenea, quizá en el arco de entrada al mismo, al igual que la cruz que corona el caserío.

Etxabe habla de historias que le han llegado de su familia y de los mayores del lugar. Cuenta que hay quien dice que en Txanpoene repostaban los caballos de camino a Donostia, mientras otros aseguran que era el sitio en el que frailes y monjas, siempre por separado, pasaban la cuarentena antes de entrar a una ciudad en la que las enfermedades infecciosas proliferaban y estaba asolada por la peste. De ahí la cruz, ¿o no?, porque también hay quien defiende que su existencia puede ir ligada a la fisionomía tradicional de los caseríos de costa.

Historias que permanecerán en la memoria de quienes las vayan transmitiendo pero cuyo testigo mudo desaparecerá, aunque no hay todavía fecha para el derribo. Pero tanto Iñigo como otros vecinos quieren que el recuerdo deje huella en forma de una fuente y dos lavaderos existentes en la zona y que consideran que deben de integrarse en el parque sin alterar su ubicación y sentido. La pista para encontrar todos estos elementos es clara: seguir el riachuelo que discurre por terrenos de Txanpoene y que entra hasta Arbaizenea. Todavía lleva agua, que en otros tiempos se usó para lavar y para que las personas y el ganado bebieran. En definitiva, para dar vida a la zona.

La ladera de Txanpoene baja hacia la fuente del mismo nombre, que permaneció semi tapada por la maleza hasta que los vecinos se decidieron a iniciar el desbroce, un trabajo arduo que no pudieron rematar hasta que recibieron la ayuda que les llegó vía Donostia 2016. Entonces sí consiguieron las herramientas necesarias para que quedara a la vista, con la ayuda y consejo de un arqueólogo.

Y allí sigue la fuente, donde quieren que se mantenga, ya que el proyecto del parque contempla moverla pieza a pieza y reconstruirla siete metros más arriba. No lo entienden, ni comparten el argumento de que de este modo mejoraría su accesibilidad, ya que en su momento fue un elemento catalogado que, según Iñigo, se “descatalogó” para responder a los intereses de la obra sin otro criterio que lo explicara que el del “dinero”.

Más abajo se encuentra lo que Etxabe recuerda que se utilizó como pequeña piscina, y en cuyo subsuelo “cree” que se encuentra un lavadero que quieren que pueda asomar y en el que queda mucho trabajo por hacer. No saben lo que esconde la maleza y qué elementos quedan del lavadero.

Siempre siguiendo la línea del agua y en terrenos de lo que será el parque, cruzando un pequeño bosquecillo, y superando un vallado que separa los terrenos de Txanpoene de los de Arbaizenea, se llega al lavadero que lleva el nombre de la finca, una estructura “más elegante” . Este lavadero esconde un secreto: hay una fecha inscrita en la pared de piedra aunque el número que indica el siglo está borrado. Lo investigó Aranzadi pero nada se pudo saber.

A unos metros, junto al agua, siguen firmes las piedras planas en las que se frotaba la ropa, y a un lado, un casetón en ruinas cuya función no se conoce.

Lo que piden los vecinos de la zona es que estos elementos se pongan en valor, que se coloquen carteles que expliquen su función para que los donostiarras sepan lo que allí hubo o, por lo menos, que las instituciones competentes, en este caso el Ayuntamiento, investigue lo que hay.

Cerca, muy cerca de donde se halla Txanpoene, cuentan que en 1604 había decenas de fuentes que mandaban agua a Donostia a través de un acueducto ubicado en Morlans. Esta es una historia que ilustra en cierta manera la relación estrecha de este ámbito con el agua, un vínculo del que son testigos mudos la fuente, aunque es de épocas posteriores probablemente del XIX, y los dos lavaderos, cuya fecha de construcción se desconoce.

Etxabe sabe, aunque no los conoce, que también en la zona de Morlans quedan algún casetón y un lavadero que permanecen asimismo como recuerdo de tiempos en los que el agua era un bien tan preciado que era arma de guerra, tanto es así que los acueductos eran objetivo prioritario: sin agua la situación de la ciudad se hacía insostenible.

Todo esos restos “son parte de la historia de la ciudad que podemos legar. Vivimos en un mundo al revés”, lamenta Iñigo Etxabe, cuya familia llegó a Txanpoene allá por 1880.


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