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El beaterio

Toca seguir esperando

Por Iñaki de Mujika - Miércoles, 5 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:13h

Filipe Luis dispara ante la oposición de Odriozola, en el único gol del partido de ayer en el Calderón.

Filipe Luis dispara ante la oposición de Odriozola, en el único gol del partido de ayer en el Calderón. (Foto: Efe)

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Filipe Luis dispara ante la oposición de Odriozola, en el único gol del partido de ayer en el Calderón.El beaterio - IDM

Conocí a una señora a la que el fútbol no le gustaba nada. Sin embargo, se le caía la baba cada vez que alguien le hablaba del Atlético de Madrid o le recordaban asuntos que se relacionaban con el conjunto colchonero. ITV (irunesa de toda la vida), se enamoró de un capitán que un día aterrizó en el cuartel de Ventas y que en los ratos de ocio bajaba al centro a dar una vuelta, tomarse una cerveza y encontrar personas con las que poder conversar.

Salvo que le tocara guardia o le pillaran maniobras, todos los días a las seis de la tarde se refugiaba y entretenía en un bar con sabor añejo, mezcla de antigüedad y modernismo. En una mesa redonda se sentaban cinco o seis señoras que pugnaban por tomar la palabra, mientras de las tazas salía un café con leche humeante, descafeinado, con leche desnatada. Les gustaba ir arregladas, con polvos de arroz en las mejillas. No faltaba un colorete, ni un rojo ni en los labios, ni una guerra de perfumes, ni un chequeo a todo el que franquease la puerta.

La primera vez que entró el capitán, la mesa quedó conturbada. Era madrileño, alto, pelo castaño claro, ojos grises. Según avanzó, topó de frente con las damas, que estiraron el cuello, sonrieron encantadísimas y alegraron la vista. Especialmente la señora a la que no le gustaba el fútbol. Pasados los días, las semanas y los meses, la charla diaria amplió el número de contertulios al mismo tiempo que el capitán se dejaba querer. Sólo eso.

Ellas eran muy respetuosas y respetables. De misa de siete. De novenas y procesión, mantilla negra y peineta. Devotas de no sé cuántas vírgenes y santos, cuyos escapularios llevaban colgados del cuello, por debajo de los collares de dos vueltas con perlas cultivadas. La mayoría, solteras. El capitán era rojiblanco y colchonero. Vivía en Guzmán el Bueno y bajaba andando al viejo Metropolitano. Les hablaba de Madrid, de su Atleti, de la rivalidad con el otro equipo de la capital. Lo mismo que del ala infernal. Joaquín Peiró lanzaba un balón en profundidad a un espacio al que llegaba volando Enrique Collar. Siempre dejaba atrás al lateral para centrar, dar el pase de la muerte o pegar un zurdazo. Locura.

Se apasionaba tanto al contarlo que cautivaba a la concurrencia. Compartía emociones y esperaba al domingo para escuchar el carrusel o recoger el papel impreso de la goleada que entonces se repartía en los bares con los resultados de la jornada. Soledad, que así se llamaba la señora, quedaba ensimismada con su presencia. Le sacaba veinte años, pero se sentía a gusto junto a él. Nada más.

El capitán dejó un día de aparecer por el local. Incertidumbre. Nunca más se supo nada de él. Le cambiaron de destino. De hoy para mañana, como tantas otras veces. No pudo despedirse como quizás hubiera sido su deseo. Desde entonces, Soledad guardó el recuerdo, las historias futbolísticas de aquel equipo del que desconocía casi todo, pero que le recordaba una y mil veces al capitán del que estaba enamorada, pero nunca se atrevió ni a decírselo ni a insinuarlo. Por encima de todo, la honra.

Ya os he dicho que eran otros tiempos. Desapareció la goleada, casi el carrusel, y la pasión. Ahora todo es marketing, televisión, dinero, redes sociales, tiendas. No quedan tertulias de café que se animen a valorar el ala infernal del actual conjunto. Hablan francés y se entienden como si llevaran juntos toda la vida. Gameiro y Griezmann, la doble G, que tanto aportan al juego de ataque del conjunto de Simeone. El primero, lesionado, no jugó, pero sí Fernando Torres, un estilista al que le gusta el mambo e inventar jugadas con las que resolver y divertirse.

Debíamos anoche estar atentos a sus evoluciones, lo mismo que a la defensa de las acciones de balón parado. Nunca fue fácil plantarles cara, atacarles, buscar los puntos débiles. Es un equipo trabajado. Físicamente, terrible;tácticamente, rocoso. Era una prueba de fuego para los realistas, a la par que exigente. Una oportunidad de reencontrar el camino o de ampliar el horizonte de dudas.

Eusebio no modificó el plan en el que cree, pero sí los gestores del mismo en relación con el equipo que igualó con el Leganés. Igor Zubeldia ocupó el ancla con Granero y Xabi Prieto, más alma que cuerpo para el juego de disputas que gusta a los rojiblancos. Sentó de salida a Zurutuza y Oyarzabal y esperó acontecimientos. Después de unos minutos aseados, el Atleti dio un paso y el lateral Filipe Luis, dos. Marcó el gol que decidió el partido y fue el jugador que más veces remató a puerta y quizás el que más veces pisó el área del rival.

Quedaban muchos minutos desde el momento en el que el marcador movió ficha. Los rojiblancos dispusieron de oportunidades para sentenciar, pero fallaron más que las escopetas de feria, bien porque los remates fueron horrorosos o porque Rulli, cuando se entonó, evitó que el tanteador dictara sentencia antes del final.

Mientras hay vida hay esperanza, pero la Real de hoy puede disponer el balón, moverlo de izquierda a derecha, pero no asustar ni al gato del vecino. Es más que probable que, si a esta hora el partido se siguiera disputando, Oblak mantendría el status de espectador de lujo. No queda otra que esperar, recuperar el son y ganar partidos.


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