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“Nos da pena hacer las maletas”

Las seis familias del asentamiento de Astigarraga cogerán el lunes un autobús con destino a Rumania. Agradecen “todo lo aprendido” y lamentan no haber podido encontrar un piso acorde a sus posibilidades económicas.

Un reportaje de Jorge Napal. Fotografía Iker Azurmendi - Jueves, 30 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:12h

Ramón Marcos, de la empresa Moyua, charla con Marcos Santiago, voluntario de Katubihotz.

Ramón Marcos, de la empresa Moyua, charla con Marcos Santiago, voluntario de Katubihotz.

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Ramón Marcos, de la empresa Moyua, charla con Marcos Santiago, voluntario de Katubihotz.Una de las maletas de viaje de las seis familias que todavía ocupan el asentamiento.

Se acabó. El campamento rumano del Urumea pasará a la historia a partir de la semana que viene, y los pocos habitantes que aún ocupan el asentamiento de Astigarraga ven pasar los días con cierta tristeza, conscientes de que su tiempo se ha agotado. “Nos marchamos a nuestro país con pena. Nos habían ofrecido la posibilidad de continuar viviendo en un piso, pero el precio es inasumible, y no nos queda otro remedio que marchar”, lamenta Adriana Stoica, madre de tres menores con los que cogerá el lunes un autobús con destino a Blaj. De esta ciudad provienen las seis familias de etnia gitana que todavía participaban del proyecto de intervención socioeducativo que se puso en marcha hace cinco años.

La gran barriada en la que se convirtió el asentamiento, donde llegaron a levantarse medio centenar de casetas, nada tiene que ver con la imagen actual, desangelada, donde pueden contarse más gatos que personas. “Aquí hubo mucha gente y hemos sido nosotros los últimos. La suerte de unos y otros ha sido muy distinta. Hay quienes se marcharon de aquí pero viven debajo de un puente, mientras que conocemos a otros que se han instalado en un piso”, explica Stoica.

La mujer, de 33 años, no quiere saber nada de fotos pero accede a relatar su experiencia. Toma asiento en el interior de su chabola donde crepita la leña ardiendo. Su hijo Ovidio, de siete años, está inmerso en sus juegos, ajeno al destino familiar. Hay otras dos hijas que en ese momento están en la ikastola. “Entre la fianza y la renta que nos pedían era imposible. El lunes nos marchamos, pero desde luego que no podemos hablar mal del Ayuntamiento. Durante estos cinco años nos han ayudado y nos han enseñado muchísimas cosas. Hemos tenido la oportunidad de aprender a dirigirnos a la gente y de ahorrar en la medida de las posibilidades. Todas hemos ido durante este tiempo a la Escuela Para Adultos”.

El problema de los gatos

Stoica es una de las veteranas de lo que ha sido hasta ahora este proyecto humanitario destinado al colectivo de rumanos de etnia gitana, que comenzó en 2012 de la mano de la asociación Romí Bidean, en colaboración con el Ayuntamiento de Hernani, la Diputación Foral de Gipuzkoa y el Gobierno Vasco. El plazo ha vencido, algo que ya sabían sus moradores desde hace tiempo. Ramón Marcos, de la empresa Moyua, se personó ayer en el lugar y explicó a este periódico que el trazado del TAV pasa justo por delante del asentamiento, por lo que se están ultimando todos los detalles para acometer la obra cuanto antes.

Una vez desalojado el campamento a partir de la semana que viene, el Ayuntamiento procederá al derribo de las últimas chabolas y en mes y medio la explanada será ocupada por la maquinaria. El encargado charlaba ayer con Jesús Vélez y Marcos Santiago Eguren, dos voluntarios de la Asociación Katubihotz, que trabaja por la defensa del bienestar de los gatos callejeros.

Más de 35 animales han sido abandonados a su suerte durante los últimos meses, en la medida que las familias han ido dejando el asentamiento. Los voluntarios de la asociación, que llevan tiempo visitando la zona, acordaron ayer con el responsable de la obra la manera de dar cobijo provisional a los animales. Pero en la lista de preocupaciones de los últimos moradores del asentamiento no figuran los gatos precisamente.

Un joven 30 años, de brazos tatuados, se mostraba ajeno a todo ello, enfadado por el trato que le han dispensado en más de una ocasión. “Simplemente somos pobres, pero no hacemos mal a nadie. ¿Cómo te sentirías tú si te llaman rata? Hemos conocido personas de buen corazón, hay quienes nos han traído ropa y madera, pero también hemos sido insultados”, decía apurando un cigarro.

El joven pertenece a una de las 51 familias que se establecieron en el asentamiento desde un principio, pero no ha tenido la suerte de llevar una vida normalizada.

Durante los últimos cinco años ha recibido formación laboral, pero nunca ha conocido otro trabajo que no sea la chatarra. Dice estar habituado a sobreponerse a los golpes de la vida, como cuando la crecida de las aguas se lo llevó todo y tuvo que coger martillos y tablones para levantar de nuevo el asentamiento. Recuerda cómo en aquella ocasión estuvieron alojados tres días en el frontón de Astigarraga, pero para el cuarto ya estaban de nuevo en el asentamiento reconstruyendo sus casas, una situación que desató la controversia entre la Agencia Vasca del Agua (URA) y el Ayuntamiento de Astigarraga, ante el riesgo que suponía la ubicación de las chabolas junto al río.

Ahora todo ello ha quedado atrás. El lunes cogerán el autobús que enlaza Donostia con Blaj. “Todo los papeles están en regla de manera que los pequeños puedan seguir con la escolarización en Rumania”, explica.

Allá, en Blaj, dice que el futuro es más que incierto. Se trabaja en el campo por 200 euros al mes. La chatarra y la mendicidad se habían convertido aquí en su modo de vida, llegando a duplicar los ingresos de su ciudad. “Por eso vamos y venimos constantemente. Amamos nuestra tierra, pero necesitamos dinero”.


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