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El final de los puntos suspensivos

El bando franquista expulsó a Margarite Albizu y Agate Sodupe junto a sus familias cuando apenas tenían unos meses. Casi 80 años después recuerdan aquella huida hacia el exilio y el posterior regreso a sus casas

Un reportaje de Jurdan Arretxe - Jueves, 30 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:13h

Varias mujeres escapan junto a sus hijas por la carretera entre Ondarroa y Lekeitio en 1937.

Varias mujeres escapan junto a sus hijas por la carretera entre Ondarroa y Lekeitio en 1937. (Foto: N.G.)

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Varias mujeres escapan junto a sus hijas por la carretera entre Ondarroa y Lekeitio en 1937.

"Los mandan matar y míralos, aquí están...". Hay frases que a Margarite Albizu (Zumaia, 1933) no se le olvidan ni 70 años después. En plena posguerra y cartillas de racionamiento en mano, solía ir a la Alhóndiga. Algo de patatas, pan, un poco de aceite, algo del leche en polvo "Íbamos un hermano mío o yo, porque mi madre no se atrevía a salir. Allí nos encontrábamos con gente buena, ¿eh?, pero también gente malvada. Muy malvada".

La familia de Albizu volvió a Zumaia al poco de terminar la Guerra Civil, apenas tres años después de ser expulsados de su casa cuando las tropas franquistas entraran en la localidad. Era el 21 de septiembre de 1936. “Nuestro aita, que era presidente del batzoki, tuvo que huir antes, porque tenía libros y papeles que le daban miedo andar con ellos”.

Mecánico en Balenciaga, donde en 1928 participó en la construcción del Julito, el primer barco de chapa que se botó, Nicolás Albizu tuvo que tomar una decisión que también adoptaron otros centenares de guipuzcoanos y que, como ocurrió en la casa azkoitiarra de los Sodupe, se convirtió en el criterio principal que utilizaron las tropas sublevadas para desahuciar a las mujeres y los niños de sus casas.

“En casa tuvimos que dejar a nuestra abuela con 82 años y medio ciega;no podía venir con nosotros”. Margarite Albizu, zumaiarra expulsada de su casa

“Yo nací en agosto y la guerra entró en Azkoitia en octubre”, rememora Agate Sodupe (Azkoitia, 1936) el relato que le contó su madre, Mari. Su padre, Pedro, “era ertzaina, del lehendakari José Antonio Aguirre”, y se tuvo que marchar. Ellas dos, como cerca de 750 guipuzcoanas, fueron expulsadas de sus casas a comienzos de 1937. “Cuando llamados por el Gobierno Vasco los maridos se marcharon, luego nos mandaron a las madres y los niños”. Entre el 8 y el 13 de febrero, 317 personas fueron desahuciadas en Zumaia y Azkoitia, además de otras 400 entre Donostia, Zarautz, Getaria, Beasain, Lazkao, Mendaro, Azpeitia, Zestoa, Mutriku, Deba y Elgoibar.

“Nos metieron en una camioneta”, recuerda también Albizu el relato de Maria, su madre. “En casa tuvimos que dejar a nuestra abuela con 82 años y medio ciega. No podía venir con nosotros porque no tenía edad y estaba como estaba. La tuvimos que dejar como la dejamos y mi madre siempre decía “Jesús, ¡qué no le harán!”.

Unos 20 kilómetros al sur las escenas que describe Agate Sodupe recuerdan a las de Zumaia, a las de cualquier otra guerra como la siria o, con destino diferente, a las de la liquidación del gueto de Varsovia que recuperó la Lista de Schindler. De nuevo las prisas (“metimos las cosas en un trapo como el que llevan hoy los manteros y salimos de casa”), de nuevo una camioneta y el mismo rumbo: el frente de guerra con las batallas de Intxorta, donde resistieron codo con codo gudaris y milicianos incluso ante la mirada del propio Francisco Franco, como epicentro hasta el 24 de abril.

“Había una mujer de Azkoitia que vivía en Bilbao y que, cuando yo tenía 13-14 años y venía, nos recordaba cómo cruzamos el frente con mi pañal en la punta del paraguas, pidiendo paz”, recupera Sodupe. Un grupo sobre todo de mujeres con bebés intentaban cruzar al aún bando republicano. Bilbao no había caído y tras estar en Ea, llegaron a la calle Correo de la capital vizcaina. No era la última estación.

“Metimos las cosas en un trapo como el que llevan hoy los manteros y salimos de casa”. Agate Sodupe, azkoitiarra expulsada de su casa

“¿Cómo iban a venir?”

“Desde entonces he estado tres veces en Burdeos y llegué a preguntar a ver si localizaba la casa en la que estuvimos. En aquella época pasamos mucha hambre. Nuestra ama explicó que un día se le acercó una mujer elegante y le dio unos francos de papel”, evoca Sodupe la salida de Santander al exilio junto a sus padres. “La ama nos contaba cosas de estas, pero luego le daba miedo seguir contándolas”.

Los Albizu también tuvieron que cruzar la muga. Con el aita Nicolás desaparecido y la abuela en Zumaia, la madre salió con Margarite y sus dos hermanos mayores hacia Forua (“a un convento en el que había alguna monja que nos ayudaba, pero el resto las teníamos en contra”) y a Bilbao como escala hacia Donibane Lohitzune y Arudy. En la capital vizcaina lograron un piso de aquella manera.

“Un amigo abogado de nuestro padre tenía un piso en Uribitarte. Él no se atrevía a acompañarnos, pero nos dijo dónde estaba el piso y nos invitó a entrar. Allí vivía una criada y las que nos hacía… No nos quería dar ni de comer ni nada, su jefe no aparecía…”, describe Albizu 80 años después. A su regreso a Zumaia, con la opresión franquista en pleno apogeo de la posguerra, la complicidad también fue silenciosa e invisible a los ojos públicos. Igual que años antes en el piso del amigo abogado. “Así estuvimos, pasando hambre sin que nadie nos diera de comer. ¿Cómo iban a venir con el miedo que tenían?”.

Mientras el frente de guerra avanzaba hacia el oeste, el bombardeo de Gernika del 26 de abril del 37 pilló a María y sus tres hijos en la capital vizcaina. Del aita Nicolás no se sabía nada. “Veíamos cómo venían los escuadrones aéreos alemanes, uno por delante. Entonces sonaban las sirenas y corríamos al túnel que había frente a la Rambla de Uribitarte”.

“¡Tiraban las bombas y menos mal que ninguna nos cayó encima!”, recuerda Albizu, que con poco más de tres años, se perdió durante uno de los bombardeos. “Al sonar la sirena todos echábamos a correr y yo también. Mi madre no sabía dónde estaba, preguntaba apurada dónde está mi hija, dónde está mi hija, y nadie le decía nada. Yo allí estaba, en el túnel, quieta entre la gente. No se veía nada. Cuando terminó todo y empezamos a salir, me vio y me preguntó a ver a dónde había ido. A ninguna parte, ama, aquí estaba esperando”.

Al avanzar la guerra había que salir de Bilbao. Los Albizu -que se reencontraron con su padre al otro lado de la muga- y los Sodupe vivieron al norte del Bidasoa. Trabajaron en lo que pudieron antes de regresar a casa. A las suyas.

“Mi madre se casó en casa de mi padre, donde vivían también dos tías solteras, que fueron las que se quedaron allí y con la huerta. De vez en cuando, la que llamaban junta de guerra pasaba a cobrar su multa, que no sé si sería algún impuesto, pero le llamaban multa”, explica Sodupe el regreso a Azkoitia, donde al poco tiempo nació su hermano.


“Esa no es nuestra fiesta”

“La época fue muy dura para nuestros padres, nosotras éramos unas crías. Más que duros para nosotros eran años en los que, no sé si despreciar, pero sí nos soltaban indirectas de vosotros, nacionalistas... y cosas así en el cole”, recupera sus vivencias Sodupe. Ya era una edad en la que se daba cuenta de la realidad que le rodeaba. Más cuando durante la posguerra su Pedro Sodupe fue encarcelado en Burgos. Y condenado a pena de muerte. “Le íbamos a visitar durante los tres años que lo tuvieron en el penal. Al final se libró y volvió a casa un día de San Pedro. ¡En nuestra casa ese día celebraban las dos cosas!”.

Lo que estaba prohibido celebrar en la casa de los Albizu en Zumaia, en cambio, era el 21 de septiembre, el día que los franquistas “liberaron” el municipio. Si se atienden las crónicas de aquel 1936, como la que publicó El Diario Vasco, las celebraciones posteriores por la entrada del general Latorre en Zumaia no eran para menos: “Las gentes se agolpaban a su paso y el de su columna, dando gritos ensordecedores de ¡viva España! y ¡viva el Ejército salvador!. Los aplausos eran cerrados y las campanas de la iglesia parroquial se echaron al vuelo en señal de júbilo, pudiéndose decir que este día de la entrada de las tropas ha sido de gran fiesta popular”.

“Esa no es nuestra fiesta”, recordaba el padre de los Albizu cada 21 de septiembre a sus hijos, que veían a personas del entorno sumarse a las conmemoraciones por un hecho que, como a otros 250 zumaiarras les echó de sus casas.

Su vuelta a Zumaia, con la incógnita de si viviría aquella amona de 82 años medio ciega que no pudo huir, fue clandestina. “Nos llevaron a escondidas al que llamaban viejo hospital, por la zona de Arritokieta”, recuerda Margarite Albizu, quien reconoce la ayuda que les prestó don José, uno de los médicos, aunque como el abogado de Bilbao, su complicidad fue indirecta: “Él no se atrevió, pero envió a otro para que nos ayudara. Todo se hizo al anochecer, cuando el pueblo dormía”.

“Vivíamos en Kale Nagusia y entramos por la calle de atrás, la que llamaban calle de los Secretarios, donde está el palacio viejo, que cuidamos nosotros desde la época de nuestros aitonas. Estuvimos metidos en la bodega para que no nos viera nadie no sé cuánto tiempo, pero sí unos dos años. ¿A dónde podíamos ir?”. Los Albizu querían volver a su casa. Y al final pudieron hacerlo. “La casa quedó vacía, estaba saqueada, pero era nuestra y entramos a gusto”.

Como el domicilio, Zumaia era otra, Con héroes, silenciosos, y con villanos, ruidosos. “Hubo gente que se llevó una alegría tremenda al volver a vernos, pero tampoco se atrevían a demostrarlo en público, porque si no se los llevaban preso”.

Como otras tantas familias de la posguerra, les tocaba volver a vivir. Como fuera. Pese a otros ataques como el que sufrió el aita Nicolás cuando volvió a Balenciaga. “Había gente que al verles que estaban trabajando, le prendieron fuego al taller. Todos tuvieron que salir de allí corriendo, algunos tirándose al agua”. Y pese a los desprecios de la Alhóndiga. “Oyendo esas cosas que nos decían algunos, ¿qué íbamos a hacer? Pues llorar. Así íbamos adonde la ama”.

A por una explicación que ella les daba y que Albizu aún reproduce: “Dicen que nos habían mandado matar. No se esperaban que volviéramos vivos. Se pensaban que habían ganado la guerra y que lo habían ganado todo, y al final, estábamos todos igual: ellos con hambre;y nosotros, que perdimos, también”.

El retorno del exilio tuvo más alegrías también, como la de reencontrarse con la abuela que se quedó en Zumaia. No fue por mucho tiempo, porque si los padres con los tres hijos llegaron “a finales de marzo o abril”, ella falleció las siguientes navidades. Tras casi tres años alejada a la fuerza de su hija y su familia. “Nuestra ama ya decía, las que tuvo que pasar la pobre...”.

Como Margari o su hermano al acudir a la Alhóndiga (“los mandan matar y míralos, aquí están...”), a aquella amona también le preguntaban para qué quería ese piso, “si los han matado a todos en Francia...”. Aquellos puntos suspensivos de frases que los franquistas no terminaron y que ni a Albizu, ni a Sodupe ni a otras tantas mujeres que se exiliaron se les olvidan. Para eso regresaron. Para vivir, contarlo y 80 años después, ajusticiar esos puntos suspensivos con sus testimonios.


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