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Tribuna abierta

J. Schumpeter sigue vivo

Por Mari Carmen Gallastegui - Jueves, 30 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:12h

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Fue John Alois Schumpeter quien nos proporcionó la definición de innovación más utilizada. El gran economista austríaco consideraba que la innovación abarca aquellos casos en los que se produce una introducción en el mercado de un nuevo bien o servicio con el que los consumidores no están familiarizados, un nuevo método de producción o una nueva metodología organizativa;innovación es también, en su opinión, la creación de una nueva fuente de suministro de materia prima, la apertura de un nuevo mercado en un país y la implantación de una nueva estructura en un mercado.

El empresario como agente Schumpeter consideró al empresario como el agente principal que provoca el cambio, lo que él denominaba el “desequilibrio” en una economía competitiva, la persona causante del desarrollo económico y, como tal, una figura clave. Para entender correctamente a este autor puede ser útil recordar que entendía el “desarrollo” como un proceso “dinámico”, una alteración del “status quo económico” y la base para la reinterpretación de un proceso vital que no aparece en la corriente principal del análisis económico durante años.

Como otros muchos economistas, John Alois Schumpeter utilizó la función de producción para definir el concepto de innovación. Si la Función de Producción describe la manera en que varía la cantidad del output (producto) cuando varían las cantidades de factores productivos utilizados -capital, trabajo, tierra...- podemos preguntarnos qué ocurrirá si lo que varía es la forma de la función que une producción y factores de producción. Pues bien, cuando es la función la que cambia, diremos que estamos en presencia de una “innovación” o de “un progreso tecnológico”.

Al margen de estas cuestiones más o menos formales, Schumpeter nos enseñó que la innovación con éxito requiere un acto de la voluntad, no solo del intelecto;en otros términos, que la innovación depende no solo de la inteligencia sino del liderazgo y no debe ser confundida con la invención. Y esto es así porque la aplicación de cualquier mejora al proceso productivo es una tarea distinta a la de su invención y requiere aptitudes diferentes. Por otro lado, la mayoría de los autores que trabajan en este campo admiten que si los nuevos productos, procesos o servicios no son aceptados por los mercados, la innovación no existe.

En aportaciones posteriores encontramos autores para los que las empresas que en el presente generan valor son normalmente las que se comportan como seres vivos: nacen, crecen, se reproducen y, si es preciso, mueren. Crear una nueva compañía con los valores ya aprendidos y con las mejoras dispuestas para poder ser introducidas resulta ser una decisión mejor que insistir en algo que ya no logra los éxitos pasados.

En los años 30 del pasado siglo, la innovación se clasificaba en tres grupos: innovaciones que servían para ahorrar mano de obra, innovaciones que ahorraban capital o aquella innovación calificada como neutral. Después de la Segunda Guerra Mundial, este tipo de discusión fue muy relevante y la pregunta básica que nuestros antepasados se hacían -y que hoy continúa viva- no es ni más ni menos que la de ¿sustituirán las máquinas al capital humano? ¿Será el progreso técnico generador de empleo?

Hasta el presente, el progreso tecnológico ha sido capaz, en muchos casos, de producir mayores niveles de empleo aunque no tengo del todo claro que lo ocurrido en esos momentos tenga por qué reproducirse ahora. Corremos algún riesgo. Y, hablando de riesgo, no podemos olvidar el que hay que aceptar cuando se trata de determinar cuál es el momento correcto para impulsar la innovación. El día a día de las instituciones y de las empresas se ve afectado y siempre habrá quien considere que la innovación es más una complicación que una estrategia competitiva del negocio.

Las organizaciones decididas a innovar tienen que crear una cultura de la innovación, conscientes de que, en ocasiones, se generará resistencia. Si, además, se teme que el retorno que puede obtenerse innovando no tendrá lugar en el corto plazo, la probabilidad de que las innovaciones se vayan posponiendo aumenta.

La aversión al riesgo y la resistencia al cambio son sentimientos humanos contra los que no queda más remedio que adoptar una actitud que exige estar dispuestos a asumir los riesgos del fracaso e incluso de la crítica. Por eso es tan importante que, a través de la cultura y del comportamiento institucional, “la aversión al riesgo” y la “resistencia al cambio” se consideren enemigas de la innovación.

Una reflexión útil Termino con una reflexión que me pareció útil. Los seres humanos podemos dedicarnos al pensamiento creativo o a la gestión y resolución de los problemas del día a día. Muchos tendremos la experiencia de haber vivido situaciones en las que nuestra mente está ocupada con problema s del medio y largo plazo y no puede responder con eficacia a los problemas más inmediatos o viceversa. Para ser innovador, se recomienda vivir en un contexto en el que las tareas diarias se resuelven con gran agilidad. Esto hace que sea más factible abordar la tarea de innovar.

Quizá sea una excusa pero, cuando pierdo mis gafas, tardo en buscar un documento en el ordenador o no consigo encontrar el número de teléfono que preciso en ese instante, recuerdo que necesito tener mis tareas y necesidades del día a día mucho mas sistematizadas. Cuando consigo algún avance en este asunto, sigo sin ser innovadora pero, por lo menos, no extravío tantas gafas.


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