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Colaboración

Posesión

Por Javier Otazu Ojer - Miércoles, 29 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 08:23h

¿qué poseemos? ¿Qué es lo que realmente tenemos? Hay cosas, personas o lugares que poseemos o que nos poseen. Bueno es ajustar el enfoque para saber el grado de dependencia que tenemos de algo;¿lo consideramos nuestro? ¿O es al revés?

Si bien en la vida actual tendemos a valorar la posesión en términos de riqueza o dinero (conocido es el dicho, no por ello real, “tanto tienes tanto vales”) la realidad es más bien la contraria.

Dado un nivel aceptable de ingresos lo único que tenemos es tiempo y dinero. La paradoja de Easterlin enseña que con las necesidades cubiertas la renta adicional no aumenta la felicidad de manera significativa. Incluso los estudios demuestran, de manera asombrosa, que preferimos ganar 2.500 euros si las personas que nos rodean ganan 2.000 a ganar 3.500 euros si las personas más cercanas a nosotros ganan 4.000 euros. Tiene lógica: entre humanos las comparaciones son inevitables.

Se habla mucho de la pobreza energética, y bien está que se tomen medidas en colaboración entre las empresas privadas y las administraciones públicas para evitar casos extremos. Al menos en ese camino se ha avanzado aunque por desgracia y como tantas otras veces haya sido debido a sucesos que han generado incluso la pérdida de vidas humanas.

Sin embargo, hay otra pobreza que tenemos olvidada: la temporal. Podemos tener mucho dinero pero si no tenemos tiempo para nosotros mismos, ¿qué tenemos? Existen ejecutivos de empresas que al final dedican tantas horas a la empresa que al final se olvidan de su familia y de sí mismos. ¿Es eso riqueza? Y mucho cuidado, que en la dedicación al trabajo no sólo hablamos de las horas en la empresa y los traslados a la misma, no. Muchas veces nos llevamos los problemas, en la mente o en papel, a casa. Y eso si no nos toca consultar correos electrónicos o material de trabajo fuera de horas;al menos ese asunto ha comenzado a tratarse con la importancia que merece. Por todo ello nuestro tiempo libre todavía tiene menos calidad. ¿No es una maravilla disfrutar del momento sin ningún coste mental adicional?

Tenía razón el Dalai Lama cuando decía que “no entiendo a los occidentales. Primero intercambian salud por dinero, y cuando pasan los años intercambian dinero por salud”

Tenía razón el Dalai Lama cuando decía que “no entiendo a los occidentales. Primero intercambian salud por dinero, y cuando pasan los años intercambian dinero por salud”. Esto nos lleva al siguiente aspecto importante: la energía.

En una primera escala, la energía es salud. Y cuando tenemos alguna enfermedad, sobre todo si es grave, todo lo demás es accesorio. Pero hay una escala superior: el entusiasmo. Si nos gusta lo que hacemos, si tenemos un propósito, si tenemos un plan, si cada día es un reto, hemos alcanzado el nivel adecuado. Nos lo recuerda John Milton: “Nada hay más contagioso que el entusiasmo”.

Vamos al poder. No es lo mismo decir “poseo el cargo de presidente del Consejo” que decir “soy el presidente del Consejo”. En el segundo caso, peligro. Persona igual a cargo. Este lenguaje alcanza un grado de despersonalización enorme: todos estos puestos los ocupan seres humanos. Y el problema no es que lo olviden ellos: lo olvidan los que les rodean. Por eso le recordaban siempre a Julio César que era humano.

Respecto del dinero, no está mal poseer un poco más. Pero no olvidemos lo que les ocurre a los que les toca la lotería (y no me refiero al Gordo de Navidad, ya que solo sirve para pagar la hipoteca;me refiero a aquellos a los que les caen millones de euros) ya que se arruinan en un 80%. Así, podemos determinar un criterio para valorar la felicidad de una persona a partir de una pregunta que siempre hemos propuesto en alguna cena: “Si te toca la lotería, ¿qué harías?”.

Los que seguirían con su vida habitual tomándose algún capricho particular o comprando y disfrutando de bienes y servicios de más calidad, son aquellos que son felices de verdad. Los que preferirían comprar productos muy caros o se dan a la buena vida terminan más pronto que tarde en la mala vida, debido a una palabra clave: el mantenimiento. Las grandes inversiones (casas o coches, por ejemplo) necesitan altos gastos de por vida.

Por último, no podemos dejar de olvidar los casos de corrupción que aparecen hoy, mañana pasado y al otro. Todas estas personas pierden algo que jamás se recupera: la reputación. Cuando alguien dice “les dará igual, con todo lo que tienen” sólo acierta en aquellos a los que no les importa intercambiar prestigio social por dinero.

Oscar Wilde decía: “Cuando era joven me dijeron que el dinero no era importante. Cuando me hice mayor comprendí que era lo único importante”. Es el momento de desmontar tal falsedad. Lo único que tenemos es tiempo, energía y la riqueza que dan las relaciones humanas y el desarrollo personal. En caso de duda, pregunten a algún millonario.


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