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Tribuna abierta

El futuro del presente: textos y pretextos

Por Ander Gurrutxaga - Martes, 28 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Se asiste a un cambio de planes. Se vive bajo las condiciones que crea la tendencia generalizada de pedir al futuro que aclare el presente, como si el pasado estuviese “pasado de moda”. Podría pensarse que el hecho es una anomalía, porque si hay algo indeterminado, confuso, sujeto a la fuerza de las contingencias o al poder del azar, son las definiciones de futuro;pero, aunque parezca una paradoja, funciona como categoría de la especulación humana si trata de prever el presente. La idea que defiendo es que la referencia al futuro crea la noción del presente, como si este se ocupase de lo que va a acontecer o como si tuviese a su disposición una autopista con carriles de ida y vuelta que señalasen cómo y de qué manera puede ser la transición. Se viste el futuro para que el presente tenga valor, de tal suerte que la relevancia que se quiera tener hoy está definida por el valor del mañana.

Otra respuesta de este catálogo es la de Raffaele Simone en El hada democrática (2015). Señala los peligros que se perciben en las formas de democracia. Cita a la democracia volátil como el probable perfil que pueden adoptar estos regímenes: “La aspereza de la lucha política, el deseo de poder, la fragmentación de los partidos y, en particular, la proliferación de partidos personales, la corrupción y la escasa vigilancia por parte de los ciudadanos de los medios y de las instituciones pueden hacer ardua la formación de alianzas estables y obligar a una continua búsqueda de mayorías. El esfuerzo por construir mayorías acrecienta el riesgo de corrupción. El resultado es una inestabilidad política crónica: las reglas parecen ser todavía las del mercado electoral (libres elecciones, derechos...), pero ello es verdad solo formalmente”.

Klaus Schwab, en La cuarta revolución industrial(2016), escribe, por su parte, lo siguiente: “Los grandes beneficiarios de la cuarta revolución industrial son los proveedores de capital intelectual o físico (los innovadores, los inversionistas y los accionistas), lo cual explica la creciente brecha de riqueza entre las personas que dependen de su trabajo y los que poseen el capital. Esto también explica la desilusión entre tantos trabajadores, convencidos de que sus ingresos reales podrían no aumentar durante su vida y de que sus hijos podrían no tener una vida mejor que la suya”.

Y otro hecho lo proporciona Parag Khanna en Conectografía (2016). Escribe que la conectividad, las infraestructuras y las cadenas de suministro son las razones del progreso del futuro, es decir, si quieres ser tienes que estar y para ello los pasos a dar son conectarse, generar las infraestructuras que lo permiten y entrar a jugar un papel relevante en la cadena de suministros. Estas son las claves para estar en el futuro y ser en el presente. “Las cadenas de suministros -dice- son el ecosistema integral de productores, distribuidores y vendedores que transforman las materias primas (recursos naturales o ideas) en bienes y servicios que se distribuyen a las personas en cualquier lugar del planeta. Lo que podemos ver es cómo esas microinteracciones provocan grandes transformaciones globales. Las cadenas de suministros y la conectividad son los principios organizativos de la humanidad en el siglo XXI y no la soberanía ni las fronteras. Hemos de preguntarnos si representan en el mundo una fuerza organizativa más profunda que los propios Estados”.

Pero, por otra parte, la incidencia del futuro es una incógnita. Apunta a tendencias establecidas pero también a su carácter paradójico. Por un lado, el empleo y la desigualdad se exponen a procesos que pueden desarticular las sociedades y crear formas de colapso en los criterios de movilidad social ascendente. El crecimiento de la desigualdad en las sociedades occidentales no es la entelequia ni el mal sueño de una noche de verano, sino la consecuencia -paradójica- del éxito de la sociedad del conocimiento. Por otro lado, los interrogantes sobre las democracias liberales y las dificultades de los Estados para gestar formas de innovación política auguran un futuro complejo. La digitalización y el poder de las formas tecnológicas de vida hablan de ciclos en los que la interconexión de todos los planos crea una estructura de comunicación radicalmente nueva, atada por ciclos tecnológicos y descubrimientos científicos. La ciencia descubre y pone en manos de industrias, instituciones y personas conocimiento concreto, pero lo que no puede resolver es cómo organizar, desde dónde y cómo, las estructuras de la vida, que quedan abiertas y pendientes.

Se mira, por ejemplo -emite cierta fascinación entre muchos intelectuales, agentes de desarrollo económicos y captadores de novedades- hacia Asia oriental. Este caso demuestra que el axioma occidental de que la modernización traería la democracia no se ha cumplido y es posible que, al menos a corto y a medio plazo, no lo haga, aunque el futuro no esté escrito. Pero, por otra parte, promueve que el crecimiento económico se produce al margen del paradigma político occidental y del ejercicio de la autoridad democrática elegida. Siguiendo otros parámetros, encauza las energías laborales y creativas de toda la sociedad. Algunos países asiáticos dicen que los resultados que alcanzan con su modelo de desarrollo económico funciona sin recurrir a las formas democráticas de organización del poder. Esta es la enseñanza más relevante y una de las amenazas de los valores asiáticos. A la postre, lo que escribe Thrift es que el desarrollo económico y el ejercicio de la seguridad no tienen por qué ir agarrados de la mano con el paradigma de la libertad formal, ni con la organización democrática de la sociedad.

No es extraño pensar que en esta actitud de búsqueda que emprende el mundo occidental algunos países asiáticos: Singapur, Corea del Sur, Taiwán, China, etc., pueden ser -para algunos- referentes, de tal suerte que para sostener tasas de crecimiento económico, calidad de vida y cohesión social no tiene por qué buscarse entre los anales prescritos por la democracia liberal, ni por los modelos occidentales. Se gira la cabeza y se mira hacia Asia oriental para encontrar alternativas fiables al universo occidental. Si esto fuese, habría que desprenderse de una parte sustancial de lo que somos. La contestación a esta cuestión me haría entrar en los canales abiertos por la ciencia ficción, pero no olvidemos que la política está plagada de ficciones y no precisamente científicas.

Adecuar las sociedades a las múltiples paradojas que señala el futuro, es una ardua tarea, desconcertante en muchos aspectos, difícil de seguir y hacer, pero denota el cambio sustancial en la agenda de problemas. El pasado cada vez pesa menos y las definiciones y aspiraciones del presente están condicionadas por el carácter que damos al futuro. Paradójicamente, la clave del presente -lo que hoy queremos ser- se desplaza hacia la definición que hacemos del futuro. De tal suerte que todo lo que se piensa y se hace hoy emerge condicionado por lo que creemos, pensamos y hacemos para diseñar el futuro. Hay un cambio significativo, el pasado pierde peso, se hace más y más volátil y ahora lo que hay que seguir, lo que marca la dinámica del presente, es la definición del futuro.


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