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Paradojas europeas

Por José A. Diez Alday - Lunes, 27 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:12h

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"Europa es nuestro futuro común”, tales fueron las palabras con las que terminaba la declaración que conmemoraba el 60 aniversario de la firma del Tratado de Roma en 1957. Ambos textos, separados por seis décadas, fueron firmados en la misma sala del Capitolio (Campidoglio en italiano) situado en la plaza Capitolina, la ‘colina sagrada’ de la Antigua Roma donde se levantaba el gran templo de Júpiter y al que llegaba el desfile triunfal de las legiones romanas en agradecimiento al ‘padre de los dioses’ por sus victorias y conquistas a golpe de espada.

También ahora ha llegado el desfile triunfal de la Unión Europea, aunque poco haya que celebrar. Recordemos que el Tratado de Roma, constitutivo de la Comunidad Económica Europea (CEE), fue firmado por seis países y proyectaba, en una Europa con las heridas abiertas por la Segunda Guerra Mundial, un clima de esperanza, tal y como señalaba su preámbulo: “FIJANDO como fin esencial de sus esfuerzos la constante mejora de las condiciones de vida y de trabajo de sus pueblo…” y “RESUELTOS a consolidar, (…), la defensa de la paz y la libertad…”.

El pasado sábado, en medio de un formidable dispositivo de seguridad, se ponía énfasis al asegurar: “Nuestra Unión es indivisa e indivisible”. Una frase significativa a la vez que paradójica ya que la declaración fue firmada por 27 miembros de la UE, en ausencia de Gran Bretaña, autoexcluida por el Brexit. Una vez más, la Unión Europea decepciona en sus manifestaciones. La fecha era apropiada para una autocrítica por la gestión que han hecho de la crisis económica, incluyendo el empobrecimiento de muchas familias víctimas de un injusto e injustificado austericidio. O, cuando menos, cabía esperar un reconocimiento a quienes hace seis décadas pusieron en marcha el más ambicioso de los proyectos europeos.

Incapacidad EuropeaLa Unión Europea ha demostrado su incapacidad para hacer frente a las distintas crisis que han entrado en erupción en los últimos años (financiera, euro, Grecia, refugiados, terrorismo, etc.). Las autoridades europeas son expertas en escenificar la firma de Tratados con palabras grandilocuentes y vacías de contenido porque son incapaces de cumplir o defender lo que prometen, así como de mostrar un mínimo de sensibilidad o empatía para los millones de mujeres y hombres abandonados en la pobreza.

Así pues, permítanme señalar, aunque sea de una manera inevitablemente breve, que, en las 1.036 palabras de la declaración del pasado sábado, tan sólo hay una mención a la “paz, libertad, democracia y derechos humanos” que son los principios más preciados y más frágiles en los que se cimentó el Tratado de Roma hace 60 años. Dicen, eso sí, que “prometemos trabajar para conseguir…”.

“1. Una Europa segura y protegida (…) en la que todos los ciudadanos se sientan seguros y puedan circular libremente”. Pero lo hechos dicen otra cosa.

“2. Una Europa próspera y sostenible (…) y una moneda estable (…). Una Unión Europea que promueva el crecimiento sostenible (…) en la que las economías converjan”. Sin embargo, sigue en aumento la desigualdad y la fractura entre países ricos y acreedores y países pobres y deudores.

“3. Una Europa social (…) que luche contra el desempleo, la discriminación, la exclusión social y la pobreza”. Toda una declaración incompatible con la pobreza de millones de familias víctimas causada por la crisis.

Antes y después de la solemne declaración, calificada por algunos dirigentes como el ‘acta fundacional de la nueva Europa a 27’, los firmantes cargaron contra el nacionalismo eurofóbico, como si el mantenimiento y vigencia de la paz y la democracia no fuera responsabilidad de quienes no protestan cuando Angela Merkel acepta el dogma neoliberal como ley suprema al señalar en 2012 que la “democracia debe estar acorde con el mercado”. Tampoco se rasgan las vestiduras al permitir que quien aceptó como buena la falsificación de las cuentas públicas de Grecia (germen de la grave crisis helena), Mario Draghi, pase a presidir el Banco Central Europeo. E, incluso, el Parlamento Europeo nombró como presidente de la Comisión, Jean-C laude Juncker, a quien negoció con cientos de multinacionales para que se instalaran en un paraíso fiscal como Luxemburgo.

Esto también es Europa.


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