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Con la venia

Lo que toca a cada cual

Por Pablo Muñoz - Domingo, 26 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Con frecuencia amigos y conocidos se sorprenden al comprobar que después de haberme jubilado sigo en activo, interesado por el acontecer de la política y atento a todo lo que se mueva para mejor interpretar cada momento. Y conste que esa curiosidad y esa dedicación tienen mucho más que ver con la resolución del medio siglo de violencia que hemos padecido en este país, que con el día a día de la información política partidaria o institucional. Por eso, a los que me preguntan por mi interés informativo a estas alturas de mi vida siempre les respondo que “yo quiero ver y saber cómo termina esto”.

En una precipitada reacción, creí que el 20 de octubre de 2011 era el final de una pesadilla con la que había convivido toda mi vida adulta. Pero no. Aunque para la inmensa mayoría de la sociedad vasca ETA comenzaba a ser mera historia, hubo quienes se empeñaron en que no fuera así. No bastaba con comunicar que renunciaba a la lucha armada. Ni siquiera que esa renuncia fuera real y constatada, que lo fue. A ETA le faltaba recorrer un camino lógico, el desarme y la disolución. Y ahí fue cuando enseñaron sus cartas los fulleros, los tahúres que iban a entorpecer por todos los medios eso que se ha dado en llamar “final ordenado”. Ni quisieron facilitar la entrega de las armas, ni designaron ningún interlocutor, ni modificaron su administración vengativa de la justicia, ni dieron ninguna señal de distensión en la política penitenciaria y respondieron con detenciones y presiones judiciales a cuantos pasos se dieron para avanzar en ese final ordenado.

Han pasado ya más de cinco años sin asesinatos, sin coacciones, sin ese permanente sobresalto al que nunca nos debimos acostumbrar. Y este es el momento en que lo que toca, lo que me toca, es creérmelo. Y me creo que tengo el deber de informar que esta es la buena, que desde esta columna dominical puedo asegurar que los pasos que se han dado y van a darse hasta el 8 de abril son firmes, sensatos y definitivos. El desarme de ETA está a punto de cumplirse y esa es una magnífica noticia. Me toca esperar, y ojalá sea inminente, el anuncio de su disolución.

Les toca a los artesanos de la paz una tarea mucho más efectiva y menos arriesgada que la que les llevó a ser detenidos en Luhuso. No se trata ya de recibir armas para inutilizarlas artesanalmente como símbolo de la voluntad de ETA de hacer efectivo su desarme. Les toca recibir de la organización -ellos sabrán cómo- la documentación que garantice la geolocalización exacta del armamento.

Les toca a los verificadores internacionales comprobar que esa documentación abarca la totalidad de las armas y explosivos hasta entonces en poder de ETA, de forma que se garantice el desarme total y definitivo, y que ese desarme sea unilateral. Confirmado ese extremo y para salvaguardar la total legalidad del acto, les toca a los verificadores hacer llegar la documentación a las autoridades francesas, probablemente al Ministerio de Justicia.

Les toca a las autoridades francesas recepcionar la geolocalización del armamento, por supuesto dentro de los cauces legales tal como ha reclamado el primer ministro galo, Bernard Cazeneuve: “hay que entregar las armas dentro del respeto de las reglas del Estado de Derecho, ir a la Justicia que lleva a cabo las investigaciones”. Que es de lo que se trata.

Le toca al Gobierno español, independientemente de las declaraciones altisonantes y las apelaciones a las víctimas -que lógicamente también le tocan al PP-, no entorpecer la vía de desarme adoptada ordenando detenciones ni presionando a las autoridades francesas para frustrar esta oportunidad.

Le toca al Gobierno Vasco armonizar los pasos para que todo transcurra de acuerdo a los cauces legales, hacer de puente entre todas las partes para que el desarme sea total y que los compromisos se cumplan. Le toca también, junto al Gobierno de Navarra y a los parlamentos de ambas comunidades, avalar la operación, siempre que se haga de acuerdo a los compromisos adquiridos.

Le toca al entorno de los artesanos de la paz cuidar los excesos de escenografía y de discurso el 8 de abril para no complicar ni patrimonializar el acto. Declaraciones como las de Arnaldo Otegi de definir este desarme como “un acto de desobediencia y de soberanía popular”, o salidas de tono como la de Alfonso Alonso acusando al lehendakari de ser “portavoz de ETA”, no facilitan el buen fin de un proceso delicado que hay que proteger con prudencia y mucho sentido común.

Le toca a ETA facilitar la geolocalización de todos y cada uno de sus depósitos de armas o explosivos y entregarla de forma unilateral, sin contrapartida alguna y de una sola vez. Por supuesto, este no es el final que hubiera soñado. No hay mucho que celebrar.


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