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Elena Setién y Ane Leux Compositoras y cantantes

“El barómetro de la música es la emoción”

Las compositoras y cantantes donostiarras Elena Setién (1977) y Ane Leux (1983) han regresado a su ciudad tras vivir lejos de ella 19 y 15 años, respectivamente

Juan G. Andrés Iker Azurmendi - Domingo, 26 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Elena Setién y Ane Leux

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Elena Setién y Ane Leux

“Dinamarca y su estética musical me han abierto los ojos a un ámbito sonoro diferente” “Trabajar con músicos de Colombia ha dado a las canciones un sentido rítmico distinto al mío”

Donostia- Creadora de un personalísimo pop de ensueño, Setién llegó hace año y medio a Donostia tras casi dos décadas afincada en Londres y Dinamarca. Leux abandonó Bogotá hace unos meses con la “excusa” de haber sido seleccionada por el circuito Kutxa Kultur, que le ha dado visibilidad y le ha permitido mostrar su rock eléctrico con una pizca de “saborcito”. Ambas han tenido el buen ojo de rodearse de los mejores músicos de la escena local para empezar casi de cero en su ciudad, donde nunca habían actuado y sus respectivos discos Dreaming of Earthly Things(2016) y Sense(2017) han tenido una increíble acogida. No se conocían pero antes de encender la grabadora, la química entre ambas es más que evidente.

Comencemos por el principio. ¿Cómo fue su primer contacto con la música?

-Elena Setién. Muy natural porque mi padre tocaba el piano y mi madre es profesora de guitarra. Elegí el violín y el piano, y con 18 años me fui a estudiar música a Londres. Dejé la clásica y, ya en Dinamarca, me metí con la improvisación hasta llegar a lo que me gusta: escribir canciones con una apertura sonora. Mi curiosidad musical es un poco híbrida y ecléctica.

-Ane Leux. En mi casa no había músicos pero mi madre era muy melómana, se pasaba todo el día cantando y yo estaba obsesionada por las voces femeninas: Ella Fitzgerald, Billie Holiday... Empecé a tocar la guitarra por mi cuenta y luego estudié Periodismo en Madrid. Allí estuve seis años y tras pasar 16 meses en Dinamarca y Venezuela, a donde fui con una beca, llegué a Colombia. A los 25 años comencé a cantar en coros de Bogotá, piezas de Bach, Haendel y demás... Hasta que me metí en un ensamble de exploración vocal: hacíamos obras de Palestrina, Meredith Monk, John Cage… Cosas muy locas.

-E.S. ¡Me encanta! ¿Por qué no hacemos algo parecido aquí con el Coro Easo? Doy clases de canto moderno allí y están muy interesados en la experimentación. Nosotras podríamos hacer de instructoras...

-A.L. (Risas) Bueno, yo querría participar como integrante, pero todo es estudiarlo...

-E.S. Sí, sí, ya hablaremos. Por cierto, ¿a qué altura está Bogotá?

-A.L. A 1.800 metros sobre el nivel del mar. En casa tenía hojas de coca, que venían muy bien para el malestar que provoca la altitud y también para otros dolores… La ciudad me encantó. No hay estaciones, hay música por todas partes, estuve bailando salsa como loca muchos años... Colombia es un país muy interesante.

-E.S. Me vienen a la cabeza los chamanes...

-A.L. En Colombia al chamán se le llama taita, que me recuerda a aita. También suele haber mujeres de países como México que dan charlas relacionadas con la espiritualidad. Decían una cosa muy curiosa, que los aplausos dispersan la energía, que no es bueno aplaudir. Ellos dicen “ajó” como signo de aprobación o hacer ver que algo les ha gustado.

-E.S. ¿Y lo dicen todos a la vez? ¡Ajó! (Risas)

-A.L. O si uno se pone muy contento lo dice él solo. (Risas)

-E.S. Hay compositores y músicos que piden no aplaudir hasta el final del concierto porque se rompe la energía.

No parece algo muy compatible con un concierto de pop o de rock...

-E.S. O igual sí. Depende de la canción, a veces te quedas como en trance, hay un equilibro en el aire, una tensión que quizá sí invita al silencio…

Volvamos a Copenhague y Bogotá...

-E.S. Yo formé un dúo, Little Red Suitcase, y saqué un disco con una compañera del Conservatorio de Música Moderna de la ciudad, que era una tienda de juguetes para músicos jóvenes y curiosos. Teníamos una big band dadaísta, hacíamos locuras por las que hay que pasar. En las escuelas de arte y de música de aquí deberían ser más lanzados y empujarnos más a experimentar. Está todo demasiado encasillado y a veces el conservatorio puede ser un destrozamúsicos. Tengo amigos que hacían solfeo o armonía cuatro años y no sabían qué escribían, jamás lo habían escuchado: eran todo reglas matemáticas, no música.

¿Había un ambiente favorable para la creación?

-E.S. Era como estar recibiendo golosinas todo el rato. Había respaldo económico por parte del Gobierno para grabar, los programadores te apoyaban... Durante años viví como en una especie de burbuja en la que podía desarrollar mi arte con total libertad y sin preocuparme tanto por salir adelante. Era como un paraíso que te hacía estar fuera de la realidad del mundo. Eso contrasta con lo que encontré al llegar aquí, una jungla en la que tienes que luchar mucho para conseguir un concierto: los músicos están dejados de la mano de dios.

-A.L. Bogotá no se parece al universo protegido de Dinamarca pero es una ciudad con un montón de espacios y convocatorias para tocar: es la diversidad absoluta y moverse por allí no es tan difícil porque hay redes. Yo empecé con el ensamble, hice mis pinitos con un amigo cantante y me moví en un entorno de fusión: ritmos colombianos mezclados con rock, jazz, electrónica… Con ellos empecé a dar forma a mi proyecto actual y durante una temporada, también jugué a ser Billie Holiday en un bar todos los jueves por la noche. Cantaba standards, cosas de Elvis Presley, Amy Winehouse... Era el típico bar de noche, luz tenue y copas...

-E.S. El ambiente nocturno es siempre bueno para el músico.

-A.L. Y me enseñó algo sobre el aplauso y el ego del artista: si no te aplauden, no te vengas abajo. Había noches en las que era la estrella, y otras veces, hacía lo mismo pero pasaba más desapercibida. Yo he sido más de bar, noche y copa en mano que de formación musical convencional.

Lo contrario que Elena, que viene de la academia aunque luego abrazó la experimentación...

-E.S. Es que si vienes de ahí y no te sales de la academia, algo estás perdiendo.

-A.L. Pues yo vivo obsesionada por aprender más, tener una cierta disciplina de las tonalidades, el ritmo y demás... De todos modos, las canciones de Senseme salieron muy espontáneamente, cuando no estaba tan preocupada como ahora por esas cuestiones... Igual hay gente de la academia a la que le sucede lo contrario.

-E.S. Sí, igual analizan demasiado lo que hacen…

-A.L. ¿A ti te costó hacer el tránsito?

-E.S. Yo tengo mucha suerte porque el ejemplo de mi madre me inspira: su pasión, más que ser músico, es disfrutar de la música emocionalmente. Siempre mide la música por la emoción, algo que yo nunca he olvidado pese a proceder de la academia. Coincido con Terry Riley, músico de la escuela minimalista y experimental (Philip Glass, La Monte Young, John Cage...), que dice que su barómetro de la obra final es si le emociona o no: en una composición tiras 85 ideas y al final te quedan dos, que son las que te emocionan.

-A.L. Te quedas con las ideas que permanecen o que vuelven constantemente a ti. Eso quiere decir que se te han metido dentro...

Sus trabajos han sido muy bien recibidos por el público y la prensa de la música independiente.

-A.L. Sí, a nosotras nos meten en el saco del indie, que es difícil de definir... Tú música, Elena, me sugiere un bosque de hadas, y yo ni siquiera sé qué hago exactamente: en Colombia decían que era rock y aquí igual no lo parece tanto.

-E.S. Yo creo que sí haces rock, quizá más melódico e intimista, un estilo que aquí existe pero no tiene mucha cabida.

-A.L. A nivel de industria (discográficas, programadores...), todo lo que es personal está en tierra de nadie.

-E.S. Sí, parece que provoca un poco de alergia. Por eso me alegro de que estés aquí, porque traes un sonido diferente. Nos falta trabajar para lograr la receptividad a sonidos distintos, abrir un poco los ojos a una sensibilidad del sonido como materia prima. En gastronomía somos superentendidos: igual deberíamos compararlo con que estamos todo el día comiendo tranchetes procesados. Vamos a pararnos y pensar: ¿cuál es la materia prima de la música? El sonido y la vibración. Vamos a ir ahí y que cada uno cocine a su manera: creemos un gusto por la música bien hecha, no un producto terminado que nos da una industria.

-A.L. ¡Ajó! (Risas) A la gente le gusta escuchar lo que ya conoce… ¿A qué vamos a los conciertos? ¿A quemar energía? ¿Es una cuestión rítmica, algo tribal?

-E.S. Puede ser por eso o también por una cosa emocional o cerebral.

-A.L. La gente busca mucho lo físico, lo tribal, el ruido, la catarsis… Por eso es difícil cuando llegas con algo distinto...

¿Qué han aportado Bogotá y Dinamarca a su música? Si se hubieran quedado aquí, ¿sería muy distinta?

-E.S. Estar en Dinamarca y empaparme de su estética musical me ha abierto los ojos a un ámbito sonoro diferente. La experimentación, la indagación para llegar a un sonido personal, es algo que allí está a la orden del día. Crear atmósferas, capas en la música, encontrar una sensación tridimensional: eso allí se lleva cultivando hace muchos años y a mí me inspira.

-A.L. Mi disco está escrito y grabado en Colombia y, por ejemplo, yo iba con un ritmo cuadrado y los músicos lo pensaban con síncopa. De repente, un tema como Dance with Me cobra una sabrosura que sin ellos no habría tenido. En las canciones suenan muchas cosas rítmicas del Caribe, un sentido rítmico distinto al mío, una especie de saborcito como el de Sin rumbo, que es un bolero, algo extraño en mí, que siempre he sido muy angloen mis gustos.

Salvo ese bolero, el resto de sus canciones son en inglés. ¿Se plantean pasarse al castellano o al euskera?

-E.S. Sí, pero aún no ha surgido una canción en otro idioma. Prefiero la sonoridad del euskera a la del castellano y si me quedo aquí muchos años la exploraré. De todos modos, el inglés para mí es un remanso de inspiración, un idioma muy voluptuoso y bonito.

-A.L. Es verdad, con él puedes describir imágenes sin sonar excesivamente explícito o incluso cursi…

-E.S. Es más evocador que el castellano... Cada artista se tiene que encontrar libre en el idioma que elija, y buscar una forma personal de cantar en su propia lengua o en otra. No hay nada peor que imitar un estilo o elegir un idioma porque te parece guay y quieres hacer eso mismo.

-A.L. En mi caso está muy conectado con el inconsciente. A mí la canción me suele venir ya con algunas palabras, cuando ya existe la melodía, y esas palabras poseen una sonoridad más inglesa.

¿Donostia les ha inspirado ya algunas canciones?

-A.L. Algunas canciones de mi disco nacieron en Dinamarca y otras están hechas ya aquí. Un periodista me preguntó si me consideraba parte del sonido donostiarra y le dije que llevo tantos años fuera que no sé cuál es ese sonido, pero sí veo que incluso en una banda tan mainstreamcomo La Oreja de Van Gogh las letras tienen un lado poético. La geografía y la naturaleza excepcional de esta ciudad -el monte, el río, el mar, la lluvia, la humedad...- te invitan a la introspección.

-A.L. No recuerdo si era Chillida u Oteiza pero uno de los dos hablaba de nuestra luz oscura frente a la del Mediterráneo, que es más luminoso;la música de allí tiene un punto más refrescante. Yo me siento más identificada con esta cierta oscuridad de un mar desconocido que te envuelve...

¿Han echado en falta el mar.?

-E.S. Sí, un montón. Yo acabo de escribir una canción sobre el mar, que aquí es más denso, profundo y cambiante, tiene un olor y un movimiento especiales: hay un montón de emotividad en el mar.

¿Volverán a soltar amarras o ya han echado el ancla en Donostia?

-E.S. Yo he echado el ancla. Tengo aquí a mi marido, danés, y a mis hijos, y una familia que me arropa. Viajo con una tranquilidad impresionante porque sé que mis hijos están seguros, algo importante para una madre artista.

-E.S. Yo soy una loca al lado de Elena… (Risas) Tengo menos ataduras y creo que me quedaré un tiempo más, pero debo apañar muchas cosas en mi vida, así que no lo sé.

-E.S. Lo que sí tengo claro es que para seguir indagando en el mundo musical que al salir se ha abierto como un caja de Pandora, no hay que quedarse aquí y cerrar los ojos. Hay que seguir con una apertura a otros países y estéticas musicales porque siempre es enriquecedor.

-A.L. Eso es. Con Colombia sigo muy conectada y me gustaría seguir haciendo música con la gente que conocí allí.

Elena Setién

‘Dreaming of Earthly Things’ (2016). Está producido por el pianista Mikel Azpiroz, que toca junto a músicos como Karlos Aranzegi (batería). La prensa ha alabado este disco que para el periodista de la revista Rockdelux Ricardo Aldarondo destaca “por la frescura de sus planteamientos, por el magnetismo de su voz, por la riqueza de melodías en un pop sofisticado e inocente al mismo tiempo”.

Ane Leux

‘Sense’ (2017). Álvaro Fierro, de la revista Mondo Sonoro, destaca de este álbum grabado en Colombia con músicos de aquel país los “influjos de cadencia nocturna, arpegios sugerentes y una hipnótica voz que utiliza la sordina para gritar muy fuerte”. Su banda actual en Donostia la completan Urko (Pet Fennec) a la guitarra, Mikel (John Berkhout) al bajo y Adrián (Luma) a la batería.


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