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Sáhara ocidental

Por Igor Barrenetxea Marañón - Sábado, 25 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 07:41h

En este mundo nuestro, se suceden los conflictos irresueltos que, al cabo del tiempo, aparentemente silenciados, reverberan. Se produce una chispa y, entonces, la tranquilidad desaparece engullida por una vorágine de furor y violencia. Tristemente, son los civiles inocentes los que pagan los platos rotos de estas realidades. Pues bien, aunque vivimos una infinidad de focos activos de conflictos, unos más graves que otros, como volcanes que entran en erupción y que parecían, falsamente, inertes, vuelven a la actividad, anunciándose con sus primeras humaredas.

Es el caso del Sáhara Occidental. No hay duda de que es un paraje muy distinto a Palestina. Aquí solo hay, mayormente, desierto. Un territorio que padeció la descolonización precipitada española y que, todavía, no ha resuelto su estatus, abandonado a su suerte por el país colonizador y por la ONU. Los intentos de llevar a cabo un referéndum en la región han chocado de bruces contra el muro de la negativa marroquí. Su intención es no soltar la presa, fiando a que el tiempo, obviamente, acabará, de no remediarlo, dándoles la razón. Solo tienen que transferir parte de su población, ya que demográficamente Marruecos es más potente, y acabar por disolver como un azucarillo la identidad saharaui, algo a lo que se resiste el Frente Polisario. El lento proceso está dándose en las principales ciudades, haciendo que los saharauis vivan como ciudadanos de segunda. Tras los incidentes de El Aaiún parece que nadie se ha preocupado por ellos y se ha arrinconado el problema.

Sabemos que Rabat no va a ceder. El año pasado, en la visita que hizo el entonces secretario general de la ONU Ban Ki-moon a los campos de refugiados, junto a la ciudad argelina de Tinduf, se refirió a la situación del Sáhara como de “ocupación”. Un término que no gustó al monarca Mohamed VI, lo que derivó en la expulsión automática de la delegación de la ONU (Minurso) destinada a vigilar y controlar que se den las condiciones adecuadas para impulsar el citado referéndum. De los 73 funcionarios han vuelto 20 desde entonces. Rabat, en ese sentido, es inflexible, aunque es difícil explicar que, si la situación no es de ocupación, haya en Argelia operativos varios campamentos de refugiados.

El mismo concepto de refugiado alude a una situación delicada y de conflictividad en el Sáhara, por mucho que Marruecos la rechace. Pero, ahora, el monarca alauí ha pedido la intervención del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, porque se han producido en el sur del territorio, en la región de Guerguerat, incursiones del Frente Polisario, lo que ha provocado la retirada de las tropas marroquíes. Según el rey, esto ponía en peligro el alto el fuego y la estabilidad de la región. No voy a ser yo el que defienda ni mucho menos justifique el uso de la violencia. Ojalá los conflictos se pudieran resolver de otra manera. Pero no cabe la menor duda de que es bastante hipócrita por parte de Marruecos solicitar la ayuda de la ONU cuando ha hecho oídos sordos y se ha negado a aceptar y asumir la celebración de una consulta, poniendo todas las trabas posibles para que se produzca. Repito, no justifico las acciones del Frente Polisario, pero ante la incapacidad de la ONU por presionar a Rabat y la indiferencia de Marruecos por intentar, por lo menos, impulsar un estatus especial para el Sáhara (lo prometió, pero no se ha hecho nada), no ha de extrañarnos que las amenazas del Frente Polisario de volver a retomar las armas vayan a pasar de las palabras a los hechos.

Vivimos en un tiempo convulso. Es difícil, de momento, saber qué llevaría al Frente a una decisión así, porque implicaría una nueva espiral de violencia que el pueblo saharaui ni quiere ni necesita. Pero es cierto que Marruecos no ha impulsado ninguna política que haya permitido rebajar la tensión y el amargor de los saharauis, que viven como extraños en su propia tierra. Aunque sea un territorio pequeño, mayormente desértico, y cuya población oriunda no alcance más de unos pocos cientos de miles de habitantes, las diferencias entre los saharauis y los marroquíes son marcadas.

En Europa, no notamos la diferencia. Marruecos, además, es visto como un país estable y fiable, con una monarquía sólida cuyo régimen islámico moderado interesa garantizar y apoyar. Ha luchado contra el radicalismo y ha modernizado una parte importante del país (no todo), lo que le ha convertido en un buen y sólido aliado Occidental.

España y Francia sostienen, por lo demás, unas fluidas relaciones comerciales. Pero también se observa un menoscabo de los derechos humanos, un elemento que se tiene rara vez en cuenta a la hora de llamar “hermano” al monarca alauí. Los intentos por parte de parlamentarios o de la prensa española crítica con el tema por informar sobre el terreno y desvelar la faz más amarga de la ocupación marroquí del territorio han derivado, generalmente, en su expulsión, sin que los gobiernos españoles de turno hayan adoptado ninguna postura ni política oficiales a este respecto.

Para España, el Sáhara es una memoria esquiva, una realidad en la que mejor no pensar porque salió de la antigua colonia a la carrera dejando el bochorno de haberla abandonado a su suerte, aunque, en la actualidad, el Estado sea un lugar de recepción y acogida de muchos saharauis. Hoy, más que nunca, para que la violencia no vaya a mayores es necesario no solo la intervención del secretario general de la ONU sino de la Unión Europea para que Marruecos ceda a la presión internacional y convoque el referéndum.

Claro que una parte de la población es ya de origen marroquí y otra parte del pueblo saharaui vive en Argelia, en los campos de refugiados. Marruecos se niega a que estos últimos voten mientras si podrían hacerlo los ciudadanos marroquíes allí establecidos para distorsionar los resultados. Confiemos en que se haga justicia con los saharauis.


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