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Los indios Embera pasan de tener de todo a la nada

Los 117 indígenas han tenido que dejar su reserva en la selva colombiana

Ovidio Castro/Efe - Martes, 21 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 09:47h

Un niño indígena Embera en Quibdó (Colombia).

Un niño indígena Embera en Quibdó (Colombia). (efe)

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Un niño indígena Embera en Quibdó (Colombia).

Quibdó. Las tupidas selvas del departamento colombiano del Chocó, fronterizo con Panamá, eran el hogar de 117 indígenas Embera que tenían cultivos, abundante caza y pesca en el río Munguidó, que de fuente de sustento se convirtió en vía de escape para salvar sus vidas.

"Allá yo era el gobernador indígena, vivíamos felices, ninguno de nosotros pasaba hambre y los niños menos. Si uno quería pescado iba al río, si quería venado iba al monte y si lo que quería era tortuga, también se encontraba. Teníamos todo, hasta libertad", dice a Efe Hortencio Tanikamo.

Sin embargo, la violencia del conflicto armado colombiano obligó al líder embera y a su gente a salir de la selva y ahora ocupa una casa edificada sobre palafitos en una porción del barrio Bahía Solano, tal vez el más pobre de Quibdó, la capital de Chocó, departamento colombiano marcado por el atraso.

El indígena no recuerda con exactitud la fecha en que tomaron la decisión conjunta de salir del resguardo (reserva) pero lo que sí tiene muy presente es que fue "porque hombres armados llegaron y mataron a dos compañeros".

A bordo de pangas, pequeñas embarcaciones de madera, Hortencio y otras 116 personas se acomodaron como pudieron y remaron "todo el santísimo día" hasta que llegaron a Bahía Solano, en donde también habitan negros y mulatos que tienen en común el ser desplazados por la violencia que les ha llovido de todos lados.

Fue el único sitio en donde encontraron lugar para intentar comenzar una nueva vida pero no ha sido fácil porque ahora están reducidos a una pequeña porción de tierra en donde malviven en casas de madera sin servicios públicos y que, en varias oportunidades, han sido presa de las furiosas aguas del río Atrato que se lleva las gallinas que crían para tener una proteína en su pobre dieta alimenticia.

"Preferimos huir por el río. No sabemos quiénes mataron a los amigos pero el miedo a perder la vida nos hizo llegar a este sitio en donde no tenemos sino el día y la noche porque no tenemos tierra para cultivar y el pescado del río no es bueno", explica Hortencio mientras observa desde su casa a varias mujeres preparar en un fogón comunitario el arroz que será la comida del día.

Sus únicas fuentes de trabajo las componen aserraderos de la zona donde los contratan por 30.000 pesos diarios (unos diez dólares) para que carguen madera, o quitando malezas a punta de machete. "Del resto nada más", apostilla Ómar Ibamia, sobrino de Hortencio, que con vehemencia reclama que "ningún Gobierno" les ha ayudado en la situación que para ellos comenzó en 2003, año en que llegaron a Bahía Solano.

De todos modos, recuerda, que la ONU a través de Acnur sí les ayudó varios años con comida y medicinas lo que les permitió mejorar su precaria situación pero "hace algún tiempo la suspendieron".


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