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La sombra de Sánchez intimida

La idea de un PSOE banderizado tras las primarias estremece mucho más a Rajoy y al PP que la humillación de su derrota ante la estiba monopolista

Juan Mari Gastaca - Martes, 21 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:12h

mariano Rajoy pudo haberse ahorrado que le partieran la cara a su Gobierno en su pelea por liberalizar como pide Bruselas el monopolio -¿solo monopolio?- de la estiba. Hubiera bastado con esconder la cabeza debajo del ala y que la Unión Europea proceda a sustanciar esta populista rebelión gremial de marcado acento chantajista que se sabe fuerte porque le asiste su determinante incidencia en la economía internacional. Incluso, el Partido Popular habría derrotado a la izquierda si el camaleónico Ciudadanos se hubiera vestido esta vez de liberal en lugar de ponerse el anterior traje socialdemócrata que abandonó en su reciente congreso.

Desoyendo algunas recomendaciones, el presidente tentó a tal extremo su suerte que fue revolcado estrepitosamente: desde hace casi 40 años un decreto-ley aprobado en Consejo de Ministros jamás era derogado en el Congreso.

Pero más allá de esta fotografía de inmediata interpretación política, el problema lacerante sigue ahí, protegido por el silencio cómplice e incapaz cuando se trata de buscar una solución acorde con el mercado económico del siglo XXI. No es fácil imaginarse que Ciudadanos tenga su caladero de votos entre los estibadores españoles, pero Albert Rivera quería cobrarse esta humillación de

Rajoy como precio a los incesantes incumplimientos de su acuerdo con el PP.

Otra cosa es el interés de Susana Díaz. El progresivo pavor de la presidenta andaluza a tropezar en la piedra de las primarias no deja de crecer. La sombra de los mítines masivos de Pedro Sánchez se hace cada vez más alargada.

Tanto, que empieza a intimidar. Por ello, era imposible que el PSOE desoyera las privilegiadas exigencias de los estibadores y no se soltara de la mano de Podemos para preservar la tranquilidad de la lideresa en los puertos andaluces. Bien saben los socialistas que la reprimenda europea sobre esta antigualla que creó el falangista Girón de Velasco supone una cuestión de Estado, pero en tiempos de zozobra entienden en Ferraz que no se debe hacer mudanza.

Por ahí se inocula el miedo político en el cuerpo de Rajoy. El presidente -y junto a él una legión- sospecha que en junio se puede encontrar con un PSOE destrozado, banderizado por los efectos de esa descarnada guerra sucia que se empieza a intuir en las futuras primarias. Ahora mismo ya nadie asegura el triunfo de Susana Díaz entre la afiliación socialista, ni siquiera entre sus devotos de Andalucía.

El efecto Sánchez causa pavor en el sistema y tampoco la ambiciosa imagen proyectada por la presidenta de Andalucía le favorece. Frente a semejante panorama, el Gobierno sabe de su soledad y de su reducida capacidad de maniobra en el Parlamento, donde suspira por disponer un día del hombro de ese PSOE comprometido con el diálogo en la búsqueda de los grandes pactos pendientes, incluso para hablar del futuro en paz de Euskadi tras el desarme de ETA del próximo día 8 de abril. Pero quizá no llegue nunca el momento y es ahí cuando se puede abrir la caja de los truenos.

Aunque finalmente gane Susana Díaz, el boquete que Sánchez abrirá en la estructura interna del PSOE tendrá sus propios efectos colaterales que a buen seguro condicionarán el comportamiento del partido en relación con el Gobierno popular. Y si Sánchez recupera el trono en medio del pavor del establishment, que nadie descarte entonces las elecciones generales en noviembre porque se abriría un período de permanente hostigamiento sobre Rajoy que a este le resultaría insoportable de aguantar.

Hasta entonces, el presidente puede tomar oxígeno con la aprobación de los presupuestos, que empieza a coger cuerpo. Como se esperaba en el desenlace de la trama, el canario Pedro Quevedo ha entrado en escena ofreciéndose sin recato a Cristóbal Montoro por una persona interpuesta para así acelerar el proceso negociador que ya había abierto el PNV.

Parecía lógico que tras el botín que Rajoy le viene concediendo a Coalición Canarias por su apoyo inquebrantable desde la investidura, Quevedo estaba obligado a mover su pieza para evitar esa imagen poco edificante de no arrancar ningún rédito para su tierra.

Así las cosas, la virtualidad del acuerdo en los presupuestos coge cuerpo en los pasillos de un Congreso de los diputados cada día más tenso, entregado a la rentabilidad inmediata del gesto y envuelto en el permanente antagonismo al que no es ajeno, sin duda, la difícil convivencia interna de los dos grandes partidos de izquierda.

Las relaciones entre errejonistas y pablistas dentro de la aguerrida bancada de Podemos son igual de inexistentes como las que se evidencian entre los bandos de oficialistas y sanchistas en el PSOE. Y todavía no ha llegado la traca final.


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