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Ese mundo nuestro

El ego y la razón de estado

Por Valentí Popescu - Lunes, 13 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Aparentemente nada une a Erdogan y Trump…a no ser un rencor ególatra contra los que se oponen y se opusieron a sus respectivas políticas e, indirectamente, a sus triunfos en los quehaceres de Estado.

Claro que si salta a la vista el paralelismo del rencor con que el presidente norteamericano arremete contra una Prensa que - con poquísimas excepciones - le ha combatido siempre y la saña con que el máximo mandatario turco persigue a los que no se someten a sus directrices, en cambio resulta bastante menos evidente el fundamento objetivo de sus respectivas conductas políticas.

Los motivos de Erdogan son psicológica y políticamente coherentes. Desde la revolución laicista de Atatürk a primeros del siglo XX y, sobre todo, desde finales de la II Guerra Mundial, Ankara ha intentado empecinadamente incorporarse al mundo occidental. Lo ha intentado tanto económica como militarmente, pero sin renunciar por ello a su esencia asiática y religiosa. Y todos estos esfuerzos no obtuvieron más que desplantes y humillaciones.

Porque se la aceptó (y financió) enseguida en la OTAN para atender un frente potencial contra la URSS, pero también se le dejó ver con toda claridad - como en las tensiones con Grecia a cuenta de Chipre - que no se la quería para nada más.

Y en ek terreno económico el repudio fue mucho más cruel. No se le dijo nunca con claridad con claridad, pero no se la quiso en la Unión Europea por mercantilmente peligrosa - su entrada rápida habría revolucionado todo el mercado agrario de la UE - y también se la rechazó por riesgos laborales : la eventual libertad de contratación de una masa de trabajadores muy baratos, muy laboriosos y con una mentalidad difícilmente integrable podía desestabilizar la sociedad comunitaria. Bruselas, Paris, Roma y hasta Berlín prefirieron marearle la perdiz a Ankara, evocando deficiencias democráticas (reales, pero superables) turcas antes de buscar realmente vías para integrar una nación pobre de 80 millones de habitantes, aunque de enormes posibilidades de desarrollo.

Consecuentemente, Erdogan ha aprovechado los últimos lustros de gran desarrollo económico de Turquía tanto para reorientar la política internacional del país como para “desquitarse” ahora con una U.E. que necesita la ayuda de Ankara para acotar el flujo de migrantes. La Turquía de Erdogan ha abandonado los sueños europeístas y occidentalistas para buscarse un lugar preeminente entre las naciones del Oriente Medio.

Las motivaciones objetivas de la conducta de Trump no saltan tanto a la vista como las de Erdogan - en gran parte, por ls personalidad exasperantemente provocadora del primero -, pero también existen. La primera de todas es quizá le evidencia de que ninguna de las opciones políticas y económicas que tienen hoy en día los EEUU asegura un éxito, pero solamente a él le ha negado la prensa todo crédito, tanto antes como después de ganar las elecciones. Y también se duele Trump de que ante la evidencia de que con la fórmula del Partido Demócrata el país piafaba económicamente, la prensa detractora no quiere ver en el liberalismo rabioso que él propugna ninguna esperanza de mejora. Ni siquiera ahora, cuando en el par de meses de su presidencia, la Bolsa neoyorkina se ha disparado como en pretéritas eras de bonanza.


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