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¿Cuándo se deja de ser inmigrante?

un antropólogo estudia las claves identitarias de quienes vinieron a la cav en los años 50 y 60 y sus descendientes

Un reportaje de Mikel Mujika. Fotografía Ruben Plaza - Lunes, 6 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Juan Ramón Alberdi posa ante un mural fotográfico de Azkoitia hace medio siglo y otra imagen de uno de los iconos del pueblo, Atano III.

Juan Ramón Alberdi posa ante un mural fotográfico de Azkoitia hace medio siglo y otra imagen de uno de los iconos del pueblo, Atano III.

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Juan Ramón Alberdi posa ante un mural fotográfico de Azkoitia hace medio siglo y otra imagen de uno de los iconos del pueblo, Atano III.

Txalon Erreka es una barriada de unas 200 personas oculta tras una loma, aunque muy cercana al centro de Azkoitia. Durante años fue un claro exponente de la inmigración que muchas personas llevaron a cabo desde el resto del Estado español a Euskadi. Desde 1950 hasta 1970, este municipio experimentó un aumento de su población del 72%, pasando de 7.700 a 10.278 habitantes. La mayoría de los recién llegados eran extremeños, 928 en total;y otros muchos, 523, de Castilla. Hoy, muchos se han mudado a otras zonas, han tenido hijos, nietos y llevan más de medio siglo en Gipuzkoa, mientras sus antiguas viviendas las ocupan inmigrantes extranjeros llegados en el siglo XXI. ¿Han dejado de ser inmigrantes aquellos que llegaron en los años 50 y 60? ¿Y sus hijos, lo son? ¿Cuándo se deja de ser inmigrante?

El antropólogo Juan Ramón Alberdi (Azkoitia, 1960) ha entrevistado a 36 personas, la mayoría inmigrantes españoles de primera generación;pero también ha recogido los sentimientos y las impresiones de sus hijos y nietos, muchos de los cuales actualmente se han educado en euskera. La pregunta es: ¿Cuándo se deja de ser inmigrante? Alberdi da las claves obtenidas en su máster.

La curiosidad de este antropólogo azkoitiarra, nieto de abuelas de Azpeitia y Elgoibar, surge de las ruinas del castro amurallado de 2.500 años de antigüedad que fue descubierto en Munoaundi, Azkoitia. ¿Qué es lo que nos hace de un sitio?, se preguntó. Además del interés “personal, científico-antropológico y social” de este trabajo, Alberdi valora que con su máster “se le da voz a un colectivo que no la ha tenido y ha estado callado durante años”.

En sus conclusiones, asegura que “hay diferencias en las tres generaciones, aunque todas tienen un sentimiento local muy desarrollado”, resume. “Los de la primera generación se sienten locales, pero azkoitiarras y de su pueblo, nada más. Ese sentimiento vasco, euskaldun, en general, no lo tienen. Sin embargo, en la segunda generación, los hijos, ya cambia algo, y ese sentimiento vasco lo tienen, pero la identificación nacional global está influenciada por el origen de sus padres. Y a los de la tercera generación ya se les hace extraña esa identificación española y le restan importancia”, admite Alberdi.

El antropólogo recuerda que “en poco tiempo vino mucha gente y no había viviendas para todos. Y en muchas vivían dos o tres familias, en cuartos y con derecho a cocina;y de ahí tienen muy malos recuerdos, sobre todo las mujeres, porque tenían que cocinar por turnos y eran habituales las riñas entre niños. Su primer objetivo fue tener su vivienda propia y así se crearon barriadas, no solo en Txalon Erreka, sino otras, como Santa Klara -también en Azkoitia-, muy vinculadas al castellano”, asegura Alberdi.

El autor añade que estas primeras personas, sin embargo, no tuvieron problemas con el idioma. “Decían, háblame castellano que no te entiendo, por favor, y no tenían problemas, porque además el euskera estaba vilipendiado y predominaba el castellano. No hubo barreras étnicas con el euskera, pero sí hubo una diferenciación vasco-castellano;los que vinieron de fuera, todos, se tienen por castellanos, aunque la mayoría eran de Badajoz”, afirma.

“Luego, en la segunda generación, esa barrera étnica era más evidente, porque empezó la ikastola, y hubo un cambio, el euskera cobró importancia y se abrió la brecha entre vascohablantes y castellanohablantes, que se organizaban en diferentes cuadrillas. Y luego en la tercera generación, los nietos, ya no se notaba nada y se puede decir que los apellidos son el único signo distintivo ahora”, apunta Alberdi.

el euskera“Los de la primera generación tienen una actitud y visión muy positiva del euskera y ven con orgullo que sus hijos y sus nietos lo hablen y dicen que esos sí son de aquí, son vascos. En segunda generación, sin embargo, sí hubo una confrontación con el euskera. Muchos han hecho intentos por aprender. Unos lo han logrado y otros no. Lo negativo es que no se les valora la dificultad de aprender el euskera, que es un idioma difícil, y luego con el euskalki de Azkoitia”, apunta Alberdi. En su opinión, todos “son constructores de pueblo y nación y el mejor indicador de su adaptación es que ahora son también sociedad de acogida ante la nueva inmigración del siglo XXI”.


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