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Tribuna abierta

Desde Bilbao a Santurce

Por Enrike Zuazua - Lunes, 27 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Bandera cubana

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Bandera cubana

La placita de Santurce estaba repleta. Un cuarteto de jóvenes músicos interpretaba un mix de sus composiciones y de piezas tradicionales de plena boricua, género musical que se remonta a la cultura de los esclavos y agricultores de Puerto Rico, la Isla de Borinquen, denominación heredada de los indios taínos que la habitaban antes de que los españoles llegaran en 1493.

Se trataba de un acto a plena calle, auspiciado por el Ayuntamiento de la ciudad de San Juan, la capital de la Isla-Estado. A pesar de ello, a los músicos no se les permitió utilizar equipos de sonido por la presión de los establecimientos del lugar, que hacen de la música caribeña en vivo dentro de sus locales uno de sus principales atractivos y no desean competencia callejera.

A pesar de que la plena es un género menos conocido y difundido, sobre todo fuera de la isla, que otras melodías caribeñas como la salsa, el público local, íntimamente identificado con esos ritmos y melodías de su cultura e idiosincrasia ancestral, optó por seguir en masa a los jóvenes músicos asistidos de tres panderos y un güiro.

Como buen foráneo, la escena atrajo mi atención, más bien pasivamente, incapaz de seguir unos ritmos para los se ha de estar genéticamente concebido.

La presencia de un niño de unos cinco años que se había sumado al cuarteto con su pequeña pandereta artesana, manteniendo una mínima distancia de seguridad para no ser confundido como integrante del grupo, llamó mi atención. No era difícil identificar a su padre metros más atrás por su atenta y amorosa mirada.

La piel del padre, mucho más blanca que la del niño, permitía deducir que la de su madre, ausente, debía ser de color café, en una mezcla de pigmentos habitual allí, donde la mixtura de razas, culturas y civilizaciones (los autóctonos indios taínos, los colonizadores españoles y los negros africanos esclavos, entre otros) ha producido un rico e inclasificable arcoíris de tinturas de piel.

El menudo niño manejaba con soltura la robusta pandereta de pesado armazón de madera y hierro, con una afición que le venía de casa, como delataba el silencioso pandero que su padre, muy pendiente de su hijo en todo momento, sujetaba sin usar por respeto a los músicos protagonistas.

La camiseta azul de manga corta del crío, con una imagen de Charlie Brown (Carlitos) empujando esforzadamente una gran montaña y en la que se podía leer I’ll move mountains someday (Un día moveré montañas), completaba la escena.

Con ese atuendo, suficiente para el invierno tropical, el niño personificaba muy bien el espíritu del joven personaje del cómic: fuerte para afrontar las desgracias de su vida con su inseparable mantita.

El lema de la camiseta -que recuerda al Mugi daitezen harriak! (¡Que se muevan las piedras!) a favor de los presos vascos-, manifestación de espíritu de rebeldía y de esperanza, complementaba bien el ambiente musical distintivo de una cultura local que se resiste a diluirse en el magma de la globalización.

Todo aquello ocurría en la placita de Santurce, pero no del nuestro, el de la célebre Desde Santurce a Bilbao, el de Bizkaia, sino del barrio de San Juan de Puerto de Rico del mismo nombre, heredado de Pablo Ubarri Capetillo, nacido en nuestro Santurce en 1824, y que emigró después a Puerto Rico como terrateniente y concesionario de una línea de ferrocarril. Al ser nombrado conde de San José de Santurce por la Corona Española en 1880, lo que entonces era el barrio de Cangrejos adoptó el nombre de Santurce, no sin controversia entre sus habitantes, ya descontentos desde 1862, fecha en que el pueblo de Cangrejos, fundado por bravos negros libertos en tierras ricas en crustáceos, playas y manglares, se integró como barrio a San Juan.

La hoy denominada placita es la Plaza del Mercado del dinámico y polifacético barrio de Santurce, en continua transformación desde finales del siglo XIX, acompañando las vicisitudes de la Isla del Encanto, que se separó del Reino de España en 1898 para caer bajo tutela estadounidense sin saborear la libertad.

En esa placita, en aquel evento musical, podía percibirse la síntesis de una historia rica y aún inacabada de un pueblo forjado en la multiculturalidad, siempre protagonista de avatares bélicos y víctima de la ambición cruzada de los más poderosos, atraídos por la ubicación estratégica, biodiversidad y belleza natural de su isla.

Hoy, desde los años 50, el país goza de un estatus autonómico de Estado Libre Asociado (ELA) de los Estados Unidos (EEUU). En la práctica, para los foráneos, Puerto Rico es un estado americano más en todo lo que respecta a inmigración, visados, divisa, etc. La cultura es, sin embargo, mayormente hispana y el uso del español le confiere un indiscutible carácter de país latinoamericano.

El estatus de ELA conduce a permanentes contradicciones visibles. Puerto Rico, que a veces aparenta ser un país soberano, no lo es al estar asociado y subordinado a los EEUU en lo que respecta, por ejemplo, a política internacional. Los isleños tienen derecho a opinar sobre su futuro, pero la última decisión pertenece al Congreso estadounidense. Tienen pues “Derecho a decir” pero no “Derecho a decidir”.

Durante más de seis décadas, la historia de Puerto Rico ha transitado en una dinámica política interna de alternancia en la gobernación entre los unionistas, que aspiran a que la isla se incorpore plena y definitivamente a los EEUU como un estado más, y los autonomistas, que desean mantener el estatus actual de asociación consensuada. Los independentistas, más presentes en la política local en los años 80, hoy son poco influyentes.

La crisis económica que se apoderó ferozmente de la isla hace ya diez años, con un déficit galopante, una deuda impagable, una emigración imparable, sobre todo hacia el mainland, el territorio continental estadounidense, y la insuficiente capacidad y rigor de gestión fiscal, financiera y económica cuestionan hoy incluso el propio estatus de ELA y los posicionamientos de los diversos agentes políticos con respecto al mismo. En efecto, quienes aspiran a la estatalidad plena ven alejarse la posibilidad de que el Congreso estadounidense la apruebe por la crítica situación económica de la isla. Por otra parte, quienes desean preservar el estatus de dependencia autonómica acordada hacia los EEUU tienen cada vez más dificultad en mantener la distancia con Washington, que exige cada vez mayor control de la economía de la isla. Mientras, los independentistas apenas consiguen ser escuchados, si bien sus argumentos siguen siendo los mismos: Puerto Rico nunca podrá forjar plenamente su potencial y su propio futuro sujeto al estatus de subordinación de ELA. Pero su débil economía hace que la independencia sea cada vez más una utopía.

Como es frecuente en América Latina, los vascos, y no solo el de Santurce, hemos contribuido desde finales del siglo XV a la rica y turbulenta historia de la isla recorriendo el camino de Bilbao a Santurce, en sentido inverso al de las sardineras de nuestro Santurce, Santurtzi.

Pedro Albizu Campos fue, por ejemplo, uno de los nacionalistas boricuas arrestados en el Congreso estadounidense en la protesta de 1954 que denunciaba la subordinación del ELA, acto heredero de la célebre insurrección del Grito de Lares de 1868 que inició el camino de la independencia de España, consumada en 1898.

Son tiempos difíciles para los borinqueños. Tal vez por eso, el niño de la placita se ejercita desde tan pequeño en uno de los elementos musicales más distintivos de su cultura, consciente, en su inocencia, de que solo preservando cuidadosamente y haciendo crecer el tesoro de la cultura propia un día podrá empujar y, tal vez, mover la gran montaña.


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