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¿Quo Vadis America?

ES ALARMANTE LA INTOLERANCIA RADICAL, CASI VISCERAL, DESENCADENADA POR EL TRIUNFO ELECTORAL DE | Donald Trump

Domingo, 26 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:12h

Donald Trump

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Donald Trump

la repulsa pasional y multitudinaria que ha provocado la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos es tan evidente como discutible. Tan discutible, que uno se ve tentado a pensar que el actual drama político del país se puede imputar tanto a Trump como a la mitad de los ciudadanos norteamericanos, los que le repudian.

Basta con mirar las acciones y reacciones de los últimos días, para ver que a Trump-presidente se le rechaza ante todo por su repelente personalidad y esto le ocurrió incluso antes de tomar posesión del cargo. Cierto es que ganó con menos votos que su rival Hillary Clinton, pero esto ha ocurrido repetidamente en la historia electoral del país y no se debe a fraudes de escrutinio sino al modelo electoral fijado por la Constitución.

Las “élites”, contra las que se rebeló la mitad del país que puso a Trump en la Casa Blanca, siguen creyendo que tienen en su mano una forma de frenar y hasta anular o dar totalmente la vuelta a las acciones de su nuevo mandatario. Esta semana, por ejemplo, uno de los programas matutinos de más audiencia comentaba que Trump quiere decir a la gente ccómo pensar, pero “ésta es precisamente nuestra misión”.

Ante nosotros tenemos detalles casi anecdóticos en la historia del país, pero lo que sí es alarmante es la intolerancia radical, casi visceral, desencadenada por el triunfo de Trump, porque la consecuencia más grave de los comicios del pasado noviembre es que una nación democrática, que lidera el pensamiento y quehacer del mundo industrial, sucumbe a maximalismos pasionales en cuanto se ve confrontada a un dilema moral.

A estas alturas de la Historia, lo menos que se puede esperar de un pueblo civilizado que ha hecho - o pretende haber hecho- de la libertad y la justifica su razón es de ser, es un mínimo de serenidad y tolerancia.

Pero esos atributos no brillan ni en uno ni en otro bando: mientras los demócratas dentro de la burocracia gubernamental tratan de socavar el terreno a su nuevo jefe, el gobierno de Trump amenaza con poner en práctica las amenazas más fulminantes de su campaña electoral con respecto a los inmigrantes ilegales.

La última normativa amenaza con echar sin miramientos a millones de indocumentados que llevan lustros o décadas en el país trabajando y que han formado aquí familias: aunque insiste en que “la prioridad” es sacar del país a los delincuentes peligrosos, las normas recién divulgadas hacen temer que simplemente vivir sin permiso de residencia o estar aquí ilegalmente constituya ya un “delito peligroso” del que hay que proteger al amenazado pueblo norteamericano.

Las protestas han comenzado ya y probablemente se ampliarán, no solamente por parte de quienes representan a los grupos afectados, sino con el apoyo de la oposición política, que tratará también aquí de recrudecer los desencuentros, como está ya ocurriendo en diversos distritos electorales, donde los legisladores republicanos encuentran grupos que se infiltran en las reuniones con sus votantes para desbaratarlas con protestas.

A muchos norteamericanos les disgusta la personalidad de Trump y es legítimo y políticamente sano que así lo manifiesten. Lo que ya resulta menos aceptable en una nación civilizada es que una minoría se ponga el Derecho por montera y pretenda substituir las reglas de convivencia por su voluntad: esto es lo que caracteriza las dictaduras y los conatos malogrados de estados fundamentalistas.

Y si a principios del siglo XXI la Humanidad está en un tris de confundir por similares a EE.UU. y el Estado Islámico, es que se encamina a galope hacia el suicidio colectivo. El riesgo de tal suicidio empieza en que una nación como Estados Unidos, creada justamente por quienes habían emigrado de una Europa desgarrada por el fundamentalismo religioso y el absolutismo monárquico, va camino de entronizar el fundamentalismo, ya sea por la vía religiosa (el 25% de los norteamericanos son hoy en día fundamentalistas) y la intolerancia, sea cuál sea su horizonte político.


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