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Un oro ‘haciendo un bradbury’

PATINAJE | Hace quince años, Steven Bradbury aprovechó siete caídas de sus rivales para pasar de cuartos a liderar el podio olímpico

Jon Larrauri - Domingo, 26 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:13h

El patinador Steven Bradbury aprovechó siete caídas de sus rivales para pasar de cuartos a liderar el podio olímpico

El patinador Steven Bradbury aprovechó siete caídas de sus rivales para pasar de cuartos a liderar el podio olímpico (deia)

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El patinador Steven Bradbury aprovechó siete caídas de sus rivales para pasar de cuartos a liderar el podio olímpico

donostia- En agosto del año pasado, el Diccionario de la Lengua Australiana añadió 6.000 nuevas palabras y expresiones a su base de datos. “Hay que adecuarse a las nuevas formas de hablar de nuestra gente”, argumentaron sus responsables. Entre estos enunciados hay uno curioso: hacer un Bradbury. Para los aussies, hacer un Bradbury es alcanzar un éxito inesperado, lograr una victoria de manera accidentada, y debe su vigencia a Steven Bradbury, un patinador australiano que hace quince años, en febrero de 2012, en los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City, alcanzó el que es, probablemente, el oro más afortunado de la historia.

En ese momento, Bradbury era un patinador de velocidad de 28 años en el tramo final de su carrera. En su palmarés había un bronce olímpico (Lillehammer’94) y tres medallas mundialistas en la prueba de 5.000 relevos, pero lo cierto es que hasta entonces en su trayectoria había habido más desgracia que fortuna. En la Copa del Mundo de 1994, el patín de un rival cortó su muslo derecho y perdió cuatro litros de sangre -“mi ritmo cardiaco era próximo a las 200 pulsaciones y la sangre salía a chorros;llegué a pensar que si perdía el conocimiento iba a morir”, recordó años después-. El australiano necesitó 111 puntos de sutura y 18 meses para poder competir al más alto nivel.

Seis años después, en un entrenamiento, Bradbury impactó de cabeza contra las barreras al esquivar a un compañero y se rompió el cuello. Los médicos le invitaron a colgar los patines, pero él no estaba por la labor. Tenía como meta los Juegos de 2002. En los eventos de 1994 y 1998 varias caídas le apartaron del podio y quería cerrar su carrera compitiendo. Era consciente de que físicamente estaba lejos de la lucha por las medallas, pero lo que no sabía era que la fortuna le iba a devolver de golpe, y a lo grande, todo lo arrebatado hasta entonces.

Bradbury se centró en la prueba de 1.000 metros en pista corta y ganó con autoridad su serie. Su aventura estaba llamada a morir en cuartos, donde quedó encuadrado con Apolo Anton Ohno, favorito al oro, y Marc Gagnon, campeón mundial, con solo dos plazas de semifinalista en juego. El australiano, como marcaba la lógica, fue tercero y rumiaba ya su eliminación cuando los jueces anunciaron la descalificación de Gagnon. De rebote, pero estaba en semifinales. En esa ronda, Bradbury era consciente de su gran inferioridad respecto a sus tres rivales y decidió cambiar de estrategia: iba a quedarse a cola de carrera, esperando que alguno cometiera un error... y el fallo llegó. Sus tres rivales se fueron al hielo y el aussie acabó primero. Ya estaba en la final.

Lo mejor estaba por llegar. Bradbury apostó por repetir estrategia. Mientras sus cuatro rivales esprintaban, con constantes contactos y cambios de posición, él se mantuvo a unos quince metros hasta que llegó el milagro. En la última curva, a menos de 50 metros para el final, sus rivales se cayeron, arrastrándose los unos a los otros, y el australiano acabó primero. Ni siquiera tuvo tiempo de levantar los brazos mientras cruzaba la meta. “Durante unos segundos no sabía si celebrarlo o esconderme”, reconoció una vez que los jueces confirmaron su triunfo descartando repetir la carrera. La gloria era suya.

El primer oro olímpico en unos Juegos de invierno nacido en el hemisferio sur se convirtió en un personaje de culto en su país -le dedicaron incluso un sello-, aunque en Estados Unidos los medios rozaron la descalificación a la hora de hablar de su gesta. “Que múltiples accidentes permitan ganar a la persona equivocada es parte del negocio”, publicó el Boston Globe. El USA Today fue más allá al asegurar que “la primera medalla de oro de unos Juegos de Invierno en la historia de Australia cayó del cielo como un ganso empaquetado;parecía una tortuga detrás de cuatro liebres”. A Bradbury le importó poco. Se retiró del patinaje al concluir la cita olímpica y pasó a competir en pruebas automovilísticas. Él, que antes de Salt Lake City tuvo que pedir 1.000 dólares prestados a sus padres para arreglar su coche y poder así ir a entrenar, ha tenido la posibilidad de dedicarse a su otra gran pasión: el motor. Es lo que tiene haber hecho un Bradbury.

las claves

En Salt Lake City’02 cayó en cuartos, pero fue repescado por la descalificación de un rival y arrancó así su camino hacia una gloria impensable

En las semifinales y la final apostó por quedarse a cola de carrera y acertó, pues todos sus contrincantes acabaron por los suelos


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