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Ícaro vuelve a volar

CAMPEÓN MUNDIAL JUNIOR DE SALTO DE ESQUÍ, EL ESLOVENO | Primoz Roglic confirma su progresión después de vencer la semana pasada en la Vuelta al Algarve

César Ortuzar - Viernes, 24 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:12h

Roglic, al término de la última etapa en el Algarve.

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Roglic, al término de la última etapa en el Algarve.

Donostia- A Ícaro se le quemaron las alas de cera. El sol le derritió el vuelo. El mito del hombre pájaro, el sueño del hombre volador, atrapado en el campo de los mitos y las leyendas. El ser humano, tozudo y curioso, siempre dispuesto a conquistar territorios inexplorados, a atravesar fronteras, a perseguir imposibles y dibujar utopías, nunca renunció al volar. Voló en aviones y alcanzó la Luna en un cohete, pero esa forma de volar es demasiado compleja. Primoz Roglic (Trbovlije, 29-X-1989), quiso volar como lo hacen los niños, con la imaginación, el mecanismo de la libertad. Rodeado de montañas, enmarcado por el techo blanquecino de la nieve, Roglic miró a las alturas en Kisovec, Eslovenia. Sus pies, como los del pueblo, eran negros, de polvo, el alma oscura de las minas de carbón, la industria que calentaba la región, llenaba las neveras y bombeaba vida a una pequeña localidad de apenas 1.700 habitantes incrustada entre moles rocosas.

Los eslovenos adoran las montañas y los deportes de invierno. Es la suya una relación natural. Roglic, como tantos otros jóvenes, tiró al monte, al encuentro con el árbol genealógico del país, los saltos de esquí, una de las especialidades favoritas del país. Tenía 13 años Roglic cuando le atrapó la magia del vuelo sobre dos esquíes que le sacaban varias cabezas. El salto de esquí posee el encanto de los juegos de niños: deslizarse por un tobogán a toda velocidad y que el impulso te empuje por el aire. Un gran columpio. El aterrizaje es otra cosa, pero el momento del vuelo es hipnótico, ideal para el pensamiento de un niño. No tardó en destacar Roglic, en volar alto. Integrante de la selección eslovena de saltos de esquí, con 16 años se colgó la medalla de bronce en los mundiales junior de 2006. Un año después, en los trampolines eslovenos, Roglic y los suyos alcanzaron el oro.

grave accidente en planicaEntonces asomó el sol. Despiadado. Salvaje. Le quemó las alas. Ocurrió en Planica. Roglic descendió del trampolín todo lo rápido que pudo, pero en el vuelo, se torció, perdió el equilibro e impactó en la nieve con la cabeza en una secuencia espeluznante que presagiaba lo peor, la imagen de la fatalidad. Inconsciente por el tremendo impacto sobre el hielo, Roglic tuvo que ser evacuado en helicóptero al hospital. Milagrosamente, no sufrió importantes fracturas, pero su cuerpo era un puzzle de hematomas. El tiempo borró el dolor de su piel y regresó a su sueño. Continuó compitiendo, aunque supo que no llegaría a ser uno de los mejores y decidió apagar su ambición con 21 años. Colgó los esquíes.

Inquieto, alma de deportista la suya, Roglic se subió a la bicicleta. Quería volar sobre pedales. Como Elliot. “Cuando competía en saltos de esquí no estaba permitido andar en bici porque afectaba a mi musculatura. Para ser saltador de esquí tienes que tener una musculatura explosiva, y en el ciclismo repites constantemente un movimiento durante mucho tiempo y ralentiza el músculo”. Roglic se compró su primera bici de competición y descubrió que se le daba “realmente bien”. El esloveno se enroló en duatlones y triatlones hasta que se alistó en un equipo aficionado en 2012. Al curso siguiente, Roglic agarró el manillar con más fuerza y clavó el imperdible de su dorsal en el Adria Mobil, un equipo Continental.

Roglic compitió en distintos frentes. Dubái, Eslovaquia, Italia o Austria enmarcaron sus primeros recuerdos. Una campaña en el pupitre, con los ojos abiertos. Tomando apuntes. Aprendiendo. En 2014 obtuvo sus primeros triunfos. Una etapa en el Tour de Azerbayán y la victoria en la clásica Croacia-Eslovenia. Aleteó su ciclismo y voló. Vencedor del Tour de Azerbayán y ganador del Tour de Eslovenia. “Vimos que Roglic tenía algo especial”, explicó Bogdan Fink, su mánager en el Adria Mobil. El salto de Roglic no pasó inadvertido para los buscadores de pepitas de oro. Los ojeadores del LottoNL decidieron ficharlo. Roglic, camino de la cima. Fuerte y resistente, el esloveno se mostró en el escaparate del Algarve el pasado curso tras recuperarse de una caída en el Down Under.

Quinto en la general de la carrera portuguesa, cerca de un podio formado por Geraint Thomas, Ion Izagirre y Alberto Contador, en el LottoNL entendieron que el esloveno sería una formidable muleta para Kruijswijk en el Giro. Roglic marcó el segundo mejor registro en la crono que abrió la carrera, en Apeldoorn, Holanda. La antesala de su triunfo en la contrarreloj larga del Giro. En un día de perros, a través de la región de Chianti, una de las barricas de Italia, Roglic bebió champán. Victoria y burbujas. De vuelta al Algarve, Roclig enlazó su capacidad en las manecillas y su respingo en las montañas para clavar su bandera en la azotea de Malhao, remate de la carrera. Acabó Roglic sonriente en las alturas. De nuevo alado. Hombre pájaro en bicicleta. Ícaro vuelve a volar.


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